viernes, 27 de febrero de 2009

La Niña Fugaz

Las piernas ya le dolían, y comenzó a pensar que no se trataba del normal y entendible cansancio que significaban las 6 horas parado en esa esquina polvorienta. Trató de hacer lo que hacía siempre y solía funcionar: negar el dolor, pensar en otra cosa. En algo banal o mejor aún, enfocarse en algo de ese retorcido mundo que lo rodeaba. Pero ya no era tan efectivo como antes. La edad pesaba tanto como pesaba ese vil remedo de armadura del medioevo que portaba por horas, solo para dar la ilusión de dureza e invencibilidad frente a unos peatones parecían dar la impresión de no poder esperar la ida de el y los suyos. Una ida que se alejaba, o como decía la voz grave del frontman de la banda con la que solía deleitar a los novatos que comenzaban a llenar los rangos, Un Dia que Nunca Llega.
 Se dedicó a mirar detenidamente a los autos que pasaban por la avenida. Una mezcolanza de mecánicas japonesas, chinas, coreanas y rusas. Quizás algo fabricado por la zona también. Sus compañeros se dividían entre los que lo ayudaban y los que miraban hacia otras partes del perímetro, buscando cualquier cosa que pudiera parecer “anormal”. Desde la primera vez en la que estuvo en un lugar como ese, no pudo quitarse la idea de que tanto el como sus hombres eran algo así como astronautas en un planeta olvidado y cubierto de polvo cósmico. Lo chocante y avanzado de su indumentaria, mas allá de la utilidad de ésta, alimentaba ese parecer. Un grupo de tipos cubiertos de pequeños cuadrados digitales negros y marrones, moviendose pesadamente por la carga de sus chalecos y arneses, no podían hacer mas que resaltar frente a la asi llamada normalidad del lugar. Una normalidad que lo agotaba, más que el dolor de las piernas o el peso del chaleco, las bromas repetidas y la lascivia onmnipresente de sus compañeros de desgracia, tan ajenos a ese planeta como el.
Se deslizó por detrás de un vetusto Corolla que en algún momento fue blanco. Al principio la vió por el rabillo del ojo, justo en ese espacio incómodo donde molesta el marco de los anteojos. Era grácil, como si la túnica marrón la llevase por el viento, efecto que parecían aumentar los delgados brazos y piernas que sobresalian de las extremidades de la túnica. Durante menos de un segundo pensó en llevar la culata del rifle al hombro y seguir la visión, retículo holográfico de por medio…pero la experiencia le hizo desistir de ello.
Se quedó observando, mientras lentamente ponía entre el y la calle el enorme capot del Humvee. El pequeño fantasma marrón sacó una lata de aerosol y comenzó a pasearla por la pared de ladrillos. Un haz verde comenzó a quedarse fijado en el muro…primero una linea, luego un círculo, luego otra línea. Mientras le dedicaba su atención, miró por un segundo a los suyos, parados cansinamente alrededor del vehículo, vigilando la nada hacia todas partes. No parecía haber nada fuera de lo “normal”. Así que siguió con la niña. Ella proseguía con la obra…ya habían mas líneas de otros colores y varios aerosoles estaban en el piso…En uno de esos movimientos El notó un bolso que colgaba de sus hombros. De allí salían las latas. Prestó atención al dibujo….no parecía tener sentido. Una conjunción de líneas, soles, lunas, símbolos y flores aparecían en la pared. La habilidad del fantasma marrón era admirable. Súbitamente se sintió transportado a otra parte, a otro momento perdido de su vida. El pesado calor del Tigris en verano había desaparecido, junto al dolor en sus piernas y la pesadez del blindaje. Lo había reemplazado una fría tarde frente a uno de los miles de riachos de Amsterdam, y una pared con varios pintores urbanos frente a la via de agua… Una de ellas parecía ser un calco del fantasma del desierto. Parada sobre un pequeño banco dando pinceladas. No podía comparar ni la contextura ni la vestimenta, pero si la habilidad, los movimientos rápidos, delicados y a la vez desafiantes. Las líneas que convergían en un punto y luego volvían a separarse, junto con los símbolos y algo parecido a flores de colores fosforescentes…Otra vida. Otra persona.
- Parece que tenemos una artista - . dijo una voz con acento arrastrado del Sur, perdida entre los puentes holandeses. El sacudió la cabeza y miró hacia el techo del vehículo. El Cabo también miraba a la pintora. En su interior agradeció que solo la mirara, y no siguiera con ese instinto adquirido que era el apuntar la enorme ametralladora del techo hacia donde estaba la niña.
 Un estampido lejano lo terminó de sacar de su ensoñación. Los hombres se acercaron quedándose alrededor del Humvee. Segundos después la radio comenzó a crepitar con voces bramando órdenes atravesando la estática. Mientras subían al vehículo, algunos maldecían y otros solo se mantenían en silencio. El era de estos últimos. El Humvee arrancó en una nube de polvo. Pudo oir el seco ruido del cerrojo de la ametralladora en el techo, preparándose.
Miró por el vidrio blindado de la ventanilla esperando hallar a la niña. Pero la escena había desaparecido al doblar la esquina. Y mientras se alejaba, solo pensó en el frío y en Amsterdam.

martes, 14 de octubre de 2008

Y no.

Y no. No podía ser de otra manera, pensó.
Era inevitable la Caída. Porque necesitaba darle tal nombre a ese tipo de cosas. O uno parecido.

Su idea quedó congelada, tan quieta como la mirada de ella cuando lo observaba.
En su fuero interno el se jactaba de tener ojos en la espalda. Porque sus teorías sobre ella resultaban invariablemente ciertas.
Tan ciertas como ella alejándose de su vida.
Con el tiempo había aprendido a esperar. A ser paciente. Lo que no es lo mismo que solo esperar. Porque la paciencia tiene un propósito. Un fin.
Pero con el tiempo también sus fantasmas se hacían mas cercanos, como esos amigos que invitan a ir por el mal camino, aunque para ellos hayan otros senderos al final, más seguros quizás.
Eran esas voces, que siempre creyó dominadas, las que volvían a asaltarlo. No era ella, la de los grandes ojos grises y mirada oscura la que lo estaba juzgando. Era sólo el.
¿Podía llegar a esperar algo que aún no se había ido?, ¿a esperar el retorno de algo que todavía estaba?.
Si. Llegó a esa conclusión. Era un experto en sentarse y esperar...pero aún mas en moverse y ver como los resultados comenzaban a tomar forma...
El la quería de vuelta.

Ella se levantó de la silla y apagó la televisión. El tono azulado de su ropa se volvió casi negro, tanto como su cabello siempre lacio y siempre sugerente. La delgadez de su cuerpo también desapareció junto con la luz plateada que emitía del aparato.
El sintió el contacto de la mano de ella en uno de sus hombros, despidiéndose por la noche.
No pudo contener sentirse irremediablemente solo. Más alla de sus cálculos, sus manipulaciones, sus medias verdades y totales mentiras.
Podía escudarse en su propia vida. Pero no le resultaría una excusa valedera...

Perdió la mirada en la luna gris que iluminaba el mar a lo lejos...y llegó a la conclusión de que aun podía hacer algo. Ahí y ahora.
La vida estaba plagada de pequeños actos de cobardía y heroísmo. Y con el pecho ardiéndole en preguntas que hallaban respuesta casi instantáneamente, cortó el silencio...
-Te quiero.-
-Y yo también.-
Y no tuvo más nada para decir.

viernes, 19 de septiembre de 2008

La Puerta Blanca

Caminaba sin prestar atención más que a sus propios pensamientos. Una manera de carecer de precauciones muy acorde a su personalidad.
Sólo se lamentaba de no haber suspendido los vasos de cerveza que no paraban de surgir de esa heladera, de las redondas y oxidadas que todo estudiante debe poseer para ser considerado tal.
Las baldosas flojas eran su unica preocupación, mas que nada para evitar sumar otra mancha más a sus ya alcoholizados pantalones.La distancia siempre le era de utilidad para evitar terminar la noche de una manera peor. Conforme la caminaba, esa noche se fue haciendo mas pesada.
La niebla iba colándose entre los árboles y los autos que poco a poco se iban distanciando mas entre sí. Señal de que ese barrio, a la luz del sol muy transitado, ahora dormía.
La borrachera iba amainando a medida que el se incomodándose más y más por la niebla que parecia ir recubriendo, poco a poco, a la calle.Era una niebla espesa que derrotaba fácilmente a la luz que a duras penas brindaban los faroles de la vereda, dejando solo un incierto fulgor cada tantos metros.La escena no le agradaba, y su mente, embotada aún, comenzò a generar imágenes que bien podrían haber salido de esas viejas películas de los 30´ que solía devorar en junto a su mejor ex novia-amiga-confesora-inquisidora, en el cineclub barato al que les gustaba concurrir.
Sin mas compañera que su soledad momentánea, siguió caminando. Luchando por olvidar esas creaciones oscuras y siniestras, perdidas en el tiempo.Y casi había logrado su objetivo. Tan sólo reemplazando a Tod Browning y sus castillos lúgubres de utilería hollywoodense, por los más risueños recuerdos de su último raid de camping a las sierras de Tandil en compañía de viejos amigos, cuando una inscripción llamó su atención.

“En esta casa vivieron y estudiaron Marcos, Fernando, Laura y Marcela
Desaparecidos el 12/7/1977.
No los olvidamos
Juan y Mercedes”

Sus pensamientos se volvieron hacia la puerta blanca en la que estaban escritas con marcador esas palabras. A ese recordatorio, a la vez denuncia y clamor enclavado en la madera gastada de esa puerta de calle. Como recordando un tiempo ido, pero presente.
Luego aceleró el paso intentando llegar a la avenida, para enfilar con mas vehemencia a su monoambiente.
Sentía que la noche se volvía más pesada y extraña luego de su fugaz encuentro con ese mensaje del pasado. Solo faltaba una calle cuando oyó ese ruido que se acercaba, al principio difuminado entre el viento y los autos de la avenida; pero luego haciendose más claro, más inconfundible. Esos 6 cilindros no se olvidaban fácil. Menos aún si uno estaba acostumbrado a ver a varios de sus amigos renegar con esos motores de 2.21 o Sprint en el garage.
Un sudor frío corrió por su espalda, a pesar del buzo y la campera de polar.
Siguió mirando hacia adelante, con el falso convencimiento de aquellos que creen que no mirar, basta para no ver. Para negar la existencia de eso que puede amenazar o no...
Pero se sintió extrañamente reconfortado al escuchar, como escapando del interior del auto, los discordantes sonidos de una cumbia escatológica y los siempre festivos (y a esa altura de la noche asqueantes) ruidos del entrechocar de botellas de cerveza.
El desvencijado automóvil pasó a su lado sin que sus ocupantes se diesen cuenta de él ni de la tensión que lo invadía por dentro.
Suspiró aliviado y enseguida llegó a las luces de la avenida, mientras la niebla parecía disiparse en la inmensidad de los cuatro carriles que parecían infinitos.
Minutos después llegó a su departamento con un vacío en el estómago y la sorpresiva sensación de que su borrachera se había disipado casi al unísono con la niebla...y no pudo conciliar el sueño.
Días después intentó buscar esa casa, y volver a ver esa puerta a la luz del día. Pero no pudo encontrarla.
Sentado en el despintado banco de una plaza, intentó razonar sobre esa noche. Pero las copas de más no fueron para el explicación suficiente.
Alguna vez escuchó decir que esa era la Ciudad de las Utopías Perdidas...y esa persona bien pudo tener razón.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Walcott

La lista era escupida por la achacosa impresora. Un aparato amarillento, viejo recuerdo de una época en la que el presupuesto de la oficina presagiaba un futuro brillante.
Con un dejo de furia reprimida, Charlton tomó la hoja y comprobó nuevamente que sus dedos regordetes se habían manchado de tinta.
Pero aún asi no renunció al delicioso café expresso que sostenía con la izquierda al ver la cara de frustración de los dos hombres que se acercaban a su escritorio con vista al Parlamento y al rio.
El primero se sentó en uno de los sillones del otro lado del cansado jefe, casi sin pedir permiso. El segundo, más joven pero aún asi conocedor de los códigos tácitos esperó unos segundos para hacer lo mismo.
Charlton esperó que la secretaria cerrara la puerta para hablar. Siempre había sido un pesimista.
-¿Y bien? –
Ferris se encogió de hombros. No necesitaba al bien actuado jugador de poker que tantas otras veces habia encarnado para salvar su puesto. Al menos le debía a Charlton ese puesto.
- De la lista de cuentas que le enviamos mientras veníamos en camino, no sacamos mucho. - dijo.
El hombre del escritorio acomodó su pesada humanidad sobre su sillón y puso sus ojos en la hoja que a duras penas acababa de imprimir.
-Nada…-
El novato quiso hacer valer su presencia en esa oficina y decidió hablar.
-Es solo lo que pudimos encontrar en un principio. Creo que hay algunas líneas que podemos seguir y que podrian darnos...-
La mirada de hastío de Ferris encontró ojos cómplices en el jefe.
- Hijo, después de todo lo que buscamos, de todo lo que revolvimos…y solo sacamos en limpio esa puta lista de cuentas…- dijo Ferris, casi bostezando.
Charlton giró con la silla y dirigió la vista al enorme edificio gótico al otro lado del río.
- Sábíamos que esto iba a suceder. Que podía suceder. Nos hemos vuelto viejos, Jock.-
Se paró y le dio un último sorbo al café cubano que tenía en la mano izquierda. Los ojos grises no despedían emoción alguna. Solo parecían aceptar lo que en un pasado pudo ser evitable.
-Hay que reconocer que el bastardo supo manejarse.-
-Hubo algo que me llamó la atención, señor- dijo el novato.
- No me sorprendería que un papel colgado del techo le llamara la atención, Bellow.-
El larguirucho pelirrojo intentó hacer caso omiso del concepto que su jefe tenía de el. Pero en su fuero interno se resignó a no dejar de ser lo que había sido destinado desde la Universidad.
-Fíjese en la tercera cuenta de la lista, señor. Está a nombre de una tal Alicia Soulcrest. La rastreamos y vive en el East End. Fui a verla hoy a mediodía.-
- ¿De casualidad Walcott no estaba ahí tomando té?- inquirió el jefe. La sorna se le había vuelto carne desde hacía tiempo.
-Es una chica, me hace acordar a mi prima. Vive en un duplex. Un poco caro para lo que puede ganar en la escuela en la que da clases de música.-
Tomó de su gastado portafolio verde un par de fotos recién impresas y las puso sobre la mesa de roble. Algo movidas y mal iluminadas, era evidente que el fotógrafo estaba haciendo sus primeras armas en la observación subrepticia. Aún así dejaban ver a Alicia Soulcrest caminando de la puerta de la casa a su pequeño automóvil, con un niño en brazos.
La impericia de quien manejaba la cámara no pudo borrar los rasgos de la joven.
Ferris aprovechó la forzada confianza con Charlton y lanzó uno de sus famosos comentarios lascivos. Los otros dos ocupantes de la oficina fingieron no escucharlo. Uno por decoro y el otro visiblemente ofendido.
-¿Le dijo algo?-
- Estaba saliendo para el trabajo cuando crucé. El puesto de vigilancia está enfrente, en un tercer piso, casi sobre la esquina; parece ser un buen lugar, porque podemos ver el fondo. Hay solo un tendero de ropa y un par de juegos para el niño.
-¿Asi que nuestro Edward es el padre?-
Era evidente que Bellow quería ganar puntos aún cuando el castillo se desplomaba.
-No lo creo, señor. A menos que fuese negro. El tiene los rasgos y ojos de su madre pero una tonalidad de piel oscura. Ella me dijo que el padre vive en Holanda y es pintor. Lo chequeamos. Hace meses que no se ven. Al menos no hay registro de salidas.-
-¿Y el dinero?-
Ferris se afirmó en en sillon y se apresuró a hablar.
-Rastreamos un par de transferencias hechas desde una cuenta del Northern Rock a la que este caramelito tiene en el Barclays. Hubo movimientos de 2000 libras mensuales desde julio pasado.-
-Es nada, considerando lo que Eddie se llevó en efectivo.-
-Pero desde que desapareció encontramos dos cuentas, una numerada en Suiza y otra a nombre de la hermana de Soulcrest en Liechtenstein. La primera es de alrededor de 400.000 libras y la ultima aun no tenemos el monto. Hannah Soulcrest se mató en un accidente de ruta hace 10 años, asi que Alicia debe ser la beneficiaria.- siguió Ferris, mientras masajeaba su pierna derecha, victima de la cruel humedad.
-Está bien. Es lo que sabemos por el momento. ¿O hay algo mas?- dijo Charlton.
Siempre se trata de lo que sabemos, de apropiarte del trabajo de los demas. Ferris había aprendido a callar. Pero su mente no.
-No por ahora. Pero vamos a seguir con la pequeña Annie. Es la única conexión real que tenemos con Walcott.-
El jefe miró sus manos manchadas de tinta. Y levantó los ojos para buscar a Bellow.
-Muy bien, señor Bellow, por favor dejenos solos. Está haciendo un buen trabajo.-
El más joven de los tres se levantó del sillón y sin decir palabra abandonó la habitación.
-¿Sigue sin aparecer el cuerpo?-
-Los de la hostería dijeron que salió a navegar en el río y no apareció. Encontraron el bote varias horas después. A la deriva; faltaba un remo. Lo hallaron varias horas después. Lo raro es que llevaba una mochila, y estaba en el bote.-
-Y no parecía faltar nada…-
-Nada que cuya falta pudiese servirnos, señor.- dijo Ferris, negando con la cabeza.
Charlton suspiró, dando la muestra de debilidad que muchos subalternos temen ver en sus líderes.
-Nos tiene. A nosotros, al dinero, la lista, y el lugar. Y nosotros no tenemos nada.-
Ferris esperó un momento en silencio. Esperando la imperceptible señal de su jefe que le permitiera dejar la opresión de esa oficina en donde todo ese fracaso se habia gestado.

John Ferris bajó por el ascensor, salió por el amplio vestíbulo del imponente edificio hacia una tarde soleada. Con frecuencia sus superiores dependían de el y de su inventiva para tomar medidas rápidas en situaciones que lo requirieran. Pero en este caso no había nada que hacer, salvo esperar. Y eso, a sus casi cinco décadas, lo angustiaba terriblemente.
Edward Walcott se había ido. Había desaparecido. Y no lo había hecho como solían hacer con esa gente allá en el Sur del mundo, donde le habían volado parte de su rodilla y de su vida hacía una vida ya.. El lo había hecho por motu propio. El viejo Eddie…uno de los muchachos…¿Un ataque de conciencia quizás?. La venganza parecía fuera de lugar…porque Eddie no le había hecho ningún mal a nadie antes.

Charlton esperó un rato e hizo lo mismo, encontrando que el sol comenzaba a bajar rápidamente. Miró sus manos manchadas de tinta e insultó por lo bajo, de una manera que en tiempos pasados hubiese resultado impropia para alguien de su clase.
Interiormente no se engañaba y sabía bien a qué estaba insultando. No se trataba de a quien.
El exceso de celo causaba esas situaciones. Uno las lamentaba después.
Sin pensarlo, el viejo jefe miró a su alrededor, tratando de encontrar lo que no debía verse, pero que podía estar allí.
Su teléfono celular vibró en ese momento…y dejó de hacerlo justo cuando pudo abrirlo.
Nerviosamente recorrió con la vista toda la calle.
Creyó ver al otrora confiable Walcott en un ómnibus rojo que pasaba, bajando al metro de espaldas con su arrugado abrigo gris de funcionario y sentado frente al río.
Siempre viendo, siempre juzgando. Siempre sabiendo.

Si el silencio era una cualidad en la profesión que había elegido, Chris Bellow habia aprendido a manejarla con gran rapidez. Mientras subía los escalones del subterráneo hacia el pequeño anexo al lado de la casa de sus padres, pensó en el desaparecido Walcott y la joven beneficiaria del dinero sustraido. Pero también en el enfermizo Ferris y en su jefe.
La llamada del Control de Fronteras de en un puerto de la costa que había recibido esa misma tarde, sobre una coincidencia en el sistema de reconocimiento de rostros, se perdería en la maraña burocrática.
Hizo unos pases de futbol con varios de los chicos del vecindario y pasó por el pequeño callejón al cual siempre le dedicaba una mirada.
Aquel viejo graffiti punk en aerosol negro seguía incólume desde hacía varias décadas, lo que para el equivalía a toda la vida.
No Hay Futuro. Solo eso decía…

jueves, 6 de diciembre de 2007

Piensa....

Nadie nace siendo sabio, pensé.
Quizás todos tengamos un poco de conocimiento con el que venimos al mundo para luego tomar mucho de lo que nos rodea y así formar nuestra personalidad. Nuestra manera de ver al mundo.

Y yo lo veía esa noche. Sentado en un banco, frente al Mar.
Muchos se quedan ahí, observándolo, tan gris y vasto. Algunos pensando en el, y otros simplemente en sus vidas. Quien escribe, un poco de ambas...
Yo le temo, a la vez que lo respeto y amo. Es a donde escapo cuando peor me siento, cuando estoy bien, o si simplemente necesito reflexionar.
Aunque no vaya a arreglar nada, que es lo que normalmente sucede cuando se piensan demasiado las cosas.

Nunca me fue fácil pensar estructuradamente. Simplemente tomo ideas y las encajo como si fueran parte de un rompecabezas para ciegos. A veces enlazo un pensamiento con otro y sin mediar explicaciones digo algo que aparentemente no termina teniendo nada que ver con lo que trataba de explicar. Y mi interlocutor se queda perplejo....o pensando ¿qué mierda dice este???.

Hacía bastante frío y corría un poco de viento. Por la luz de la luna llena podía ver como las olas rompían teniendo la espuma ese color blanco grisáceo.
Algún ruido ocasional me llamaba la atención, por ahí el rugido del motor de alguna moto o el paso de un auto por la maltratada costanera.
Me molestaba la idea de que algún policía estúpido pensara que estaba ahí por algo impropio y detuviera su chirriante, malparada Toyota para pedirme documentos y cortar ese tranquilo momento de comunión con el lugar.
Los vi pasar dos veces, y si no los miré, no me miraron.
No es el lugar más seguro para estar ahora. Sentado solo en un banco frente al mar, a cierta hora de la noche, cuando casi todo el pueblo está durmiendo o viendo algo por la televisión.
Pero ese era mi momentito a solas con el lugar, como si el fuera a escuchar y hurgar en mis propios pensamientos. Quizás encontrando una respuesta que no me pude dar antes.
¿Tendrá el mar licencia de psicólogo?. Por su Historia (con esa H) calculo que sí.

Pensaba en lo que había escuchado de la boca de un amigo hacía varios días. La simple historia de cómo había conocido a la mujer a la que más había amado. Por cursi que parezca la frase, así de importante era para el.
Para una persona analítica y lo suficientemente “desidealizada” como me considero, mi razonamiento hubiera sido decirle que a los veintipico todavía queda mucho por vivir como para sostener que no habría otra “alguien” como ella.
Pero a la vez también se que no soy lo suficientemente maduro como para afirmarlo.

Pensando en ello, volvió a mi mente una idea que de momentos me gusta tener en la mente, y en otras ocasiones simplemente deploro. Esa noche era una de las que quería hacer esa idea realidad.
Soy de los que creen que el final de una película es más fácil de recordar que el comienzo. Simplemente porque el final siempre queda en nuestra mente como el resultado de todo lo que sucedió antes. Nos es difícil el disfrutar una escena de amor sabiendo que después el pobre infeliz que está besando a la chica morirá de un tiro en los últimos 10 minutos. O como cuando supe que Bill Haydon era el traidor en la novela El Topo, aún antes de leerla, pues había terminado el libro que la sucedía meses antes.
Es decir, al menos en mi caso, al recordar el final, nos olvidamos del principio, de “disfrutar” la historia.

Y alguna vez tuve la idea de recolectar Comienzos. De preguntar a una pareja como fue que se conocieron, como empezaron su relación. A fin de cuentas es una historia que casi siempre merece ser contada.
Me parece muy atrayente el hecho de que existan esas ocasiones en las que las miradas conducen a un pensamiento, a un sentimiento. Quizás a una ligera paranoia (¿viste? ¿viste? ¡Ese chico/a me está mirando!..ayyy me muero!!) o un estado de nerviosismo mucho más soportable que otros.
El hecho de que dos personas se conozcan y nazca algo especial entre ellos me parece muy digno de ser recordado. Muchas veces es algo tímido, otras gritado a los cuatro vientos. En algunas ocasiones lento, en otras repentino.
Pero siempre nos tiene sobre la cuerda floja. Es algo que escapa en general al control más celoso.
Porque siempre existe un momento en el cual, estando frente a frente a esa persona, estamos a mitad de camino entre el “éxito” y el “fracaso”, si es que verdaderamente esa persona siente algo por la nuestra.
Y tales situaciones, tales comienzos, son algo que me intriga y en muchos casos me da un poco de felicidad, por mi y por los demás.
De los finales, solo nos basta la memoria para recordar. Pues al tener en mente a esa persona, si todo terminó, esos momentos de cuando todo se fue al demonio saldrán a la luz casi automáticamente, junto a su imagen.

Una ráfaga inclemente de viento frío se sacudió contra mi rostro. Había estado en movimiento por un tiempo y mi cuerpo lo toleró bastante bien.
Así que decidí mantenerme sentado en una tranquila soledad por unos momentos más, viendo las olas romper ligeramente iluminadas por la luna....y las luces de la calle.
Al comienzo de una relación parece que todo está por pasar. En realidad es como si fuesen los primeros párrafos de un libro que se escribe conforme vamos avanzando en la narración. Escrito por alguna mano invisible que trabaja mientras nuestros ojos recorren los pasajes de la historia.
Y si me permiten ser un poco ingenuo, creo que en cada uno de esos “principios de cuentos” existe una gran cuota de esperanza.
Todos esperamos que de esa historia salga lo mejor. Algo que nos llene de gozo, que de sentido a las cosas que no lo tienen. Y si es verdaderamente bueno, no lo tomamos con liviandad.

Recordé la sonrisa de mi amigo a medida que nos iba narrando la historia, es decir, el comienzo de la misma. Y vi como en sus gestos volvía a aparecer la esperanza. Esa que quizá había tenido al principio, cuando conoció a la chica.
Ignoro si los otros dos amigos que escuchaban junto a mi se percataron de eso. Y a decir verdad, no es algo que me preocupe.
Bastante ocupado estaba yo en mis propias apreciaciones sobre el tema, como para ocuparme de las cavilaciones de los demás.

“Es así, mierda”-. Dije en voz alta a un interlocutor que no existía.

Varias luces aparecieron desde el horizonte. Tan lejos que apenas se podían distinguir de las estrellas más bajas. Pesqueros, pensé. De esos japoneses hijos de puta a los que habría que convertir en carne de Etendard.
Imposible, no podría verlos desde la costa. Quizás se tratase de algunos de los del puerto de Mar del Plata.
Nunca voy a ver luces inexplicables, porque todas tienen su razón. Pero a una parte muy pequeña dentro de mí le gustaría creer en una luz que no se pudiera encontrar una explicación razonable. Eso haría las cosas más entretenidas.

Tampoco ese tipo de sensación esperanzadora que aparece solo en ciertas situaciones especiales era algo fácil de explicar.
Uno puede leer miles y miles de poemas y ese tipo de escritos sin siquiera hallar una palabra que lo conduzca a uno a rememorar ese sentimiento. Esa expectación que no desaparece y nos acompaña de manera omnipresente mientras la tenemos aprisionada en el pecho.
En esos momentos, cuando cobramos conciencia de la existencia de esa persona como alguien que significa tal “algo” para nosotros, los problemas pasan a segundo plano. Las cosas cotidianas cobran otra dimensión, las distancias otro sentido. El tiempo incluso transcurre distinto.
De una manera incómodamente agradable y expectante.
Para ser conciso, todo se ve y se siente de otra manera cuando sucede. Cuando nos damos cuenta dentro nuestro de ese “alguien”.

Una de las luces rojas que había en el mar descendió y descendió hasta desaparecer. ¿Que carajo habría sido eso?, pensé, con un ligerísimo dejo de alarma. Mi mente dibujó la idea de un submarino. Ahí, maniobrando en la noche, haciendo valer el dinero de los que pagan impuestos....o en el caso de algún extranjero, vaya a saber dios que investigación.
¿Se estarían fijando por el periscopio en ese idiota que estaba sentado ahí frente a la costa, muriendose de frío en esa noche inclemente, pensando en las cosas que todos compartimos alguna u otra vez?.
La verdad, no lo sabía.

Me levanté y me acomodé la ropa, decidido ya a irme. Pensando en las historias que todos tenemos para contar. Y en las que salvo en ocasiones relativamente especiales como ese sábado lluvioso, a veces uno quiere, pero no puede narrar.
Esas en las que desgraciadamente el final vale mucho más que el comienzo...pero de las que cada uno de nosotros debe encontrar la esperanza para mirar hacia delante...

martes, 25 de septiembre de 2007

Merced a tus malas artes, Gracias

Estaba cansado, y cualquiera podía notarlo.
Aunque no tenia demasiadas ganas de que alguien reparase en mi rostro y en la barba de dos días que "orgullosamente" portaba mientras caminaba por Corrientes.


Había intentado ubicarla de todas las maneras posibles. E-Mail, celular, teléfono de la casa y del trabajo. Casi al punto de convertirme en confesor de la secretaria del lugar en donde trabajaba.
Y mi insistencia al final dio sus frutos. Mientras puteaba porque su teléfono daba ocupado y le mandaba un mail de rendición casi incondicional a su búsqueda desde un ignoto cyber.
Súbitamente apareció en el Messenger. Podía imaginarla riéndose y puteandome por mi insistencia. Varias veces me había pedido que fuese en otro momento a Buenos Aires, que la Facultad (palabra odiosa en mi vida) que el trabajo, que no hacía a tiempo...y que quería tenerlo.
Y yo, que manejo mis tiempos como un malabarista de lo inexistente...no había hecho caso.
La noche anterior no había podido ser. Y me contenté con rememorar tiempos pasados con viejos amigos, fideos con salsa de por medio.

"Esperame en Corrientes al 600, en 20 minutos", me escribió.

"10". Negocié,

"Bueno, 15, esperame al lado del Burger King".

Sabía que estaba cerca de su departamento. Tenía todos sus números, pero no su dirección. Jamás había querido dármela. ¿Pensaría que soy acaso una especie de psicópata o algo asi?.
De que me quejo...todos tenemos nuestras medidas de autoprotección. ¿Porqué ella no debería tenerlas?.
Conociendola, esa es solo una, de unas tantas.


Hacía mucho que no recorría esa calle. Mi mente plagada de recuerdos retenía una imagen perdida antes de la Debacle del 2001. Aún viviendo en Buenos Aires un buen tiempo, no me había sentido atraido de pisarla.
Era para mi lo mismo. Solo la noche la hacía un poco más siniestra y seductora.
Estaba a nada más que dos calles de ahí, sobre la misma Calle. Caminé esquivando las habituales cantidades de turistas extranjeros, paseantes y oficinistas luego del after, dudando otra vez de si esta vez iba a poder verla. O ella dejarme.

Me paré en una esquina, que no era Corrientes al 500. Sinó al 600, y solo porque se me ocurrió ver que ese Burger King se escondía detrás de andamios y chapas en medio de una remodelación.
Me quedé esperando mientras la hora corría. Al menos había asegurado donde quedarme esa misma noche gracias a un buen amigo.
De esos 15 minutos ya habían pasado 5. Y ahí estaba, como en una película barata de espías de hace 40 años. Esperando el contacto.

¿Vendría de Florida o de entre los andamios?, ¿de la vereda que viene de San Martin? . No me gusta la idea de que me vean primero, y se lo hacía saber a nadie mirando para todos lados.

En fin, supongo que estaba en su territorio.


El momento que motivó este encuentro (un poco forzado, por mi "agenda") podía encontrarse varios meses atrás. Una de tantas noches de trabajo en el Hotel.
Tipear su nombre en ese bibliotecario de Alejandría redivivo que es la barra buscadora de Google era algo que de alguna manera dolía. Como si eso sirviese para quitarse algo de esa extraña y sutil pena que daba el saber que Paola no iba a escribir más.

Esa noche, aburrido a mas no poder de series norteamericanas y peliculas repetidas, encontré un largo reportaje. Junto con una foto en blanco y negro, pero muy luminosa.
La misma que tenía en la contratapa en ese librito de cuentos que me había alegrado el Enero tan gris que había tenido.
En ese reportaje la periodista también se despedía de ella. Habían pasado solo unos meses desde ese Septiembre.

Días despues le envié un e-mail a la entrevistadora. Una joven mujer, muy bonita, (atributo que tanto entrevistadora como entrevistada compartían) que en su perfil del sitio miraba a cámara con unos calmos ojos celestes, adivinables aún detrás de la escala de grises de la foto.

Y así comenzó la cadena. De idas y vueltas, de mundos distintos y maneras de verlo disimiles.
Sin conocernos, discutimos, nos peleamos y nos amigamos..o al menos ella se enojó conmigo.
Ella es así. Se cuida del mundo.
Y obliga a pensar que alguien debe cuidarla.

¿Sin conocernos, dije?.
La vi aparecer del lado de Maipú. Detrás de dos rusos (si, eran rusos, no es un fragmento de una novela barata) intentando esquivarlos para saludarme.
Esa noche fuimos a un bar, luego cruzamos 9 de Julio como dos kamikazes ebrios mientras el semáforo cortaba, sin parar de hablar.
En el segundo bar, mientras volvia sigilosamente del baño la vi mirar al piso. Triste.
Amores Perros del otro lado del Río...supuse, y ella no tuvo reparos en contarme.


Me limité a acompañarla a su casa abrazándola dándole consejos sobre como ver el mundo, y diciendole que mis consejos eran una mierda. Que el mundo es una pila de mierda pero que no te tiene que importar.
Ernst Udet era mi filosofo de cabecera, parece...

Caminamos por Avenida de Mayo y ella llamó a su Amor Perro. Eran solo unos kilómetros..pero para Telefónica eran años luz.
Me tomé un taxí luego de acompañarla. Mientras el taxista me hablaba de sus mujeres y sus travestis, mi mente se quedó fija en ella y en sus sonoras carcajadas.

En su tristeza y en esos ojos más grises que celestes.

Y en las causalidades de la vida. En las "malas artes" involuntarias de Paola que me hicieron conocer a Malita.
Por lo que le estoy muy agradecido.

jueves, 24 de mayo de 2007

Que era lo que tenia, no tengo la menor idea.
Pero se quedó ahí, como un pensamiento con ojos, oídos, manos y pies...voz y perfume.
Porque tenía un hermoso perfume.
Aunque a veces creo que se trataba solo de un juego de mi mente, que decidió agregarle algún tipo de esencia olfativa a lo que pasaba dentro mio.
No en vano recordé el "olor a golpe" que solía percibir antes de besar la tierra cuando era más joven, y se me ocurría probar que tan duro era el caerse de una bicicleta.
Ahora que lo veo en casi retrospectiva, no sirve hacerme la pregunta de que era lo que tenia....nada mas porque tenia algo.
Es solo que hoy, sentado aquí, mirando la misma agua y el mismo cielo que nos separan vaya a saber Dios cuanto (Dios lo sabe, en realidad), pocas ganas tengo de contarlo.
Solo tengo este silencio en el pecho. Y ni siquiera ella lo sabrá nunca.
¿Nunca?