Suspiró aliviado cuando llegó al asfalto. Los pozos que eran el regalo de cada tormenta a las calles de arena se convertían en la tortura de la suspensión de su algo maltratado auto. Pero si algo lo enervaba, era avanzar a paso de hombre por calles cuya oscuridad incitaban a pisar el acelerador.
Se acercó despacio a la esquina que daba a la avenida principal, pensando en que ya estaba llegando tarde, aunque su tardanza era algo autoimpuesto. Una cena a la que, sabía, llegaría primero.
Cerca de la avenida distinguió una silueta. Se trataba casi siempre del mismo proceso. Miraba atentamente hacia adelante hasta encontrarse con una imagen que conforme la distancia se acortaba, bien podía convertirse en algo familiar que terminaba por capturar su atención. O en el peor de los casos, alguna reminiscencia que le recordaba cierta tendencia a perseguir sombras en su mente.
En este caso los pocos metros que habían entre su auto que se acercaba a la avenida y ella no le dieron tiempo casi a disfrutar ese proceso de una manera completa,
Solo la vió unos segundos, cruzando la ancha calle bajo la luz mortecina de un farol. Su figura resaltaba sobriamente como en cada ocasión que podía recordar. El abrigo marron y los pantalones oscuros enfatizaban esa imagen. Miraba pensativamente hacia abajo mientras se acomodaba el rebelde flequillo castaño con sus delicadas y largas manos de pianista.
Por un ínfimo instante se preguntó que haría sola cruzando esa calle, entrando al enorme y vacío Café que aún permanecía abierto . Descartó la idea de la joven mujer solitaria tomando un cappuccino a altas horas de la noche en una ciudad desierta. Pero la imagen lo sedujo ligeramente. No en un sentido primario, sino en otro muy distinto.
Se preguntó como se enfrentarían los demás a la soledad. Especialmente luego de años de vivir de la manera contraria. Ese era un idioma que todos hablaban de maneras extrañas y ansiosamente complejas.
Dobló despacio hacia el norte por la avenida y, fiel a su instinto observador, dedicó una detallada mirada al Café. Solo había una pareja mayor sentada absorta en la pantalla plana de un televisor, mas las dos aburridas empleadas que se encargaban de cerrar. En el mostrador una de las ellas esperaba a la joven con dos envases de café grandes.
Volvió a centrar su atención en la despoblada avenida y aceleró para llegar a la cena. Una rara y sutil alegría comenzó a recorrer los recovecos de su mente. Por un momento clandestino había visto a una persona distinta a aquella que solía ver en reuniones de amigos. Habia algo que había cambiado.
Y más allá de la confusa niebla de la duda, no pudo ver nada parecido a la pena.
No estaba mal para un jueves gris....
viernes, 16 de julio de 2010
viernes, 8 de enero de 2010
Lucy y 15 soluciones para la neurosis
Un mohoso cubiculo vacacional...
Era, como máxima esperanza, lo que le había tocado en suerte esta vez. Un rectángulo mal pintado de 30 metros cuadrados que había visto sus mejores momentos hacía mas de tres décadas.
Había depositado desganadamente sus pocos bartulos en el piso. Las seis horas de viaje en un mínimo e ignoto Suzuki habían sido tortuosas, tanto como correspondia a un exodo de esos en los que la masa pugnaba por su descanso, de la masa. Buscando una tranquilidad inexistente, llevando la burbuja neurotica de la metrópoli a la linea costera...y en su caso, con el I-pod enfermo de sordera...
Se consolaba con la vista hacia el mar. Con un poco de esfuerzo incluso podía llegar a engañar la vista sobre el gris del oceano, obviando la linea de la playa. Casi intentando sentirse suspendido sobre el agua. Era una de las pocas ventajas de un decimo piso casi sobre la costa.
Un mensaje de texto fue su escueta manera de avisar que entraba en servicio. Con el correr del tiempo habia optado por esa manera de trabajar. Con el minimo contacto posible. Señal de que estaba ganando experiencia y a la vez hartazgo.
Extrajo dos laptops de sus respectivos bolsos y conectó la mas oscura y desgastada a una pequeña antena. La dejó iniciando mientras abría otra plateada, mas moderna y de su propiedad...porque quizas fuera demasiado pedirle a sus empleadores una computadora medianamente potente con la cual trabajar.
Como era esperable, la ultima emitió primero la famosa e insufrible melodía del sistema operativo, avisando que ya estaba lista para usar. Y por milesima vez se dijo de anularla...para olvidarlo a los 10 segundos.
Se quedo observando el papel tapiz de la pantalla, demasiado sorprendido por la lugubre oscuridad del fondo. La foto no debia cambiarse sola. Y ese solo detalle bastó para amargarle la jornada.
Un corto pitido y la antena comenzó a olfatear el eter, buscando señales que eran mostradas en la pantalla de la vapuleada laptop negra.
Obtuvo lo que buscaba en apenas unos segundos...Otra máquina, muy nueva y solo usada por manos novatas, que a solo unas decenas de metros se hallaba posiblemente cargada de la información que había motivado ese vil remedo de vacaciones en esa costa de la que quería huir.
Se preguntó a si mismo si la automatización de la tarea a realizar era una señal de que su trabajo comenzaba a notarse...o una sutil manera de ser condenado al ostracismo en una carrera que apenas empezaba.
Y ahí estaba.
Ingresó a la novísima laptop del departamento que estaba dos pisos abajo con una facilidad pasmosa, solo cuatro clicks del mouse (porque El era de esos estoicos que jamás se adaptaron al horrible pad táctil que todas las portátiles traían)..y la maltratada Dell negra sobre la mesa de fórmica barata comenzó a succionar datos de una manera que desmentía las raspaduras de su exterior y los golpes disimulados con cinta adhesiva, regalo de algunos otros amantes de la tecnología colegas suyos.
Solo sería cuestión de un par de horas hasta terminar la involuntaria tranferencia. Mientras, abrió una lata de Coca-Cola y la computadora de su propiedad se conectó a su servidor de radio favorito.
Con el correr de los años había llegado a la conclusión que el unico silencio que valía la pena era el que se perforaba con una Stratocaster. Un viejo tema a medias de los Black Crowes intentó poner un poco de ánimo a la tarea.
Durante unos minutos de euforia electronica se sintió feliz. Afortunado de estar ahi, frente a ese mar que parecía invadir el ventanal, disfrutando de una manera poco común de esa costa que había formado parte de su no tan lejana adolescencia y su mas cercana juventud "adulta",... escuchando un buen rock Sureño en compañía de esa pequeña demonia succionadora de datos a la que incluso estuvo tentado de nombrar Lucy, como la vampira víctima de Dracula.
Pero como si se tratara de una ley de Murphy aún por escribirse, o de que solo su vida ultimamente semejaba a la de un perdedor sin el encanto de Bogart, la subrepticia transferencia se cortó.
Súbitamente tomó consciencia que esa momentánea alegría se basaba en que tan pronto esa barra roja completase su recorrido hasta el 100%, el podría largarse de ese lugar. Y todo parecía indicar que iba a tomar su tiempo.
La frustración, a tan temprana etapa del encargo, no era un buen indicador para nada...
Miró hacia afuera, en busca de algún tipo de solaz momentaneo y una suposición. Podía considerarse afortunado de tener una cárcel con vista al mar. No había muchas asi en el mundo
Se levantó de la vieja silla de tubos de metal estilo bar de los 70´ y se asomó apenas al ventanal, calculando un poco el ángulo de visión, para no ser visible directamente.
3 o 4 minutos después pudo ver el horrendo descapotable Morris Mini Cooper rojo metalizado saliendo raudamente por la entrada del costado de su edificio, con su ocupante y una tabla de surf sujetada arriba del techo. El bien sabía que el enorme longboard, que parecía agregarle un techo el pequeño auto inglés, era solo una fachada. Solo para dejarlo parado en la caseta de un club de playa a la espera de algun comentario o del comienzo de alguna relacion superficial. El fisico trabajado por horas de gimnasio y los anteojos del valor de un sueldo ayudaban.
Concluyó que el tipo realmente le caía mal. Y era mejor que asi fuese. Quizás ese sentimiento le fuese funcional para completar su trabajo de una manera menos tortuosa.
El imbecil cipayo que habia escrito que habia que odiar al enemigo, en uno de esos farragosos bodoques que solía leer en sus epocas de estudiante, podía no estar tan equivocado.
Esperó sentado por horas, leyendo una novela barata, que ficcionalizaba bastante mal ciertos aspectos de su trabajo. En las editoriales sobraban emulos de Burroughs, el autor de Tarzán, que escribía sobre Africa comodamente sentado en una biblioteca de New York.
Muy pocos realmente escribian sobre las interminables esperas, el tiempo muerto que parecía detenerse. Sobre los dolores de pecho nerviosos, los insultos hacia la nada o la frustracion malsana de sentirse condenado a pasar tiempo en un lugar que solo hacia crecer su melancolía, en pos de una orden que provenía de algun lugar de las sombras, escondida en el sexto piso de un edificio de vidrios oscuros, cuyo halo de misterio había capturado la atención de un imberbe hacía solo unos años.
De todas maneras, no podía ser tan malo. A fin de cuentas el tipo del Mini parecía un idiota.
Y si había mierda en su computadora, Lucy la iba a encontrar.
El cielo se fue oscureciendo y de a poco la gente volvia de la playa preparandose para otra noche de verano. La radio de Internet que emitía desde en su laptop plateada había decidido traicionarlo pasando una selección de Grunge que poco hacía para levantar su ánimo.
No era por la rabia o la tristeza de las canciones... Se trataba de lo que éstas le generaban. Bien podría ser un festivo tema de Motley Crüe lo que lo remitiera a otro momento mas feliz de su vida y le hiciera ver la oscura contraposición en la que se encontraba ahora.
Cuando el sol terminó de caer, se encontró comiendo un sandwich, sentado sobre la módica barra de la kitchenette, albergando la esperanza de que la noche hiciera volver al infeliz a su morada veraniega para acicalarse...y que la presa de Lucy volviera a aparecer. Tom Petty cantaba una balada sobre no asustarse facilmente cuando vió al pequeño auto inglés entrar al camino del garage. Y 1979 de los Smashing Pumpkins hizo historia al casi hacerlo saltar de felicidad cuando casi 10 minutos después la barra de transferencia comenzó a moverse nuevamente.
Podía sentir el hormigueo que nacía de la boca de su maltratado estómago subiendo hacia su pecho. La tensión indetenible que no hallaba en si un significado absoluto a ojos vista. Pero que se hacía más y más potente a medida que los minutos pasaban...
Y luego, se detuvo. Como también la guitarra de Jimmy Page. Lo que no se pudo detener fue su catarata de insultos hacia el cielorraso pintado de un horrible verde aguado. La conexión se habia detenido y no dió muestras de vida hasta tres horas después.
Esperar que la transferencia de datos prosiguiera, hubiera sido demasiado pedir. Lucy dormía de noche, como si lo hiciera de día.
Para ese momento estaba casi dormido, esperando al falso surfer que habia partido raudo hacia la calle de los bares que tantas alegres borracheras le había generado a el alla lejos y hace tiempo.
Dos botellas de un six-pack de Budweiser le hicieron extrañar la Fosters, en otro lugar que parecía ser de otra galaxia, por más que compartieran el mismo océano. Dejó una tercera botella a la mitad, la tapó y la puso en la heladera.
Con una rapidez asombrosa el pequeño departamento veraniego se iba convirtiendo en un Gulag mental con una costa que se desdibujaba para parecerse a una estepa siberiana. Cuando más se hallase vagando en su mente, mas imágenes extrañas parecían salir de allí.
Se descubrió agotado, sin importar que sólo habían transcurrido unas horas desde su llegada.
Todo su ser se había acostumbrado por demás a las amarillentas paredes, el cielorraso verde y la eterna atmósfera sesentista de un rectángulo asfixiante que supuestamente tenía el objeto de servir de lugar de descanso.
Años atrás había llegado a la conclusión que esos pequeños calabozos solo podían ser útiles para las hordas de jóvenes de clase media que llegaban a disfrutar de su caudal de excesos permitidos, para luego seguir su carrera como miembros de la sociedad y perpetuar el ciclo.
El era uno de ellos, y ultimamente, de los que ayudaban a que la rueda siguiera girando, para bien o para mal.
Era solo cuestion del cristal con que se lo mirase.
La ansiedad lo dominaba, conforme esa punzante molestia en el medio de su pecho se volvía aun mas penetrante, como si buscara llegar bien adentro. Quizás intentando alcanzar la inexplorada explicación del porqué se hallaba sentado en la mesa de la kitchenette, ligeramente ebrio mirando las pantallas de dos computadoras y bañado en sudor y la melancolía que incluso el furioso bajo de Jason Newsted contribuía a acrecentar. Metallica terminó su concierto grabado hacía solo unos meses y luego el operador de la radio se dedicó a pasar varios minutos de esas horrendos avisos que al ser tan lejanos, le sonaban tanto o más ridiculos que un jingle creado en una radio local. El acento ayudaba.
Se acercó a uno de sus bolsos y extrajo un elemento que mayormente pertenecía a la equivocada ficción de su trabajo.
Asió de la empuñadura una siniestra Beretta 92 y la dejó en la mesa a la derecha de su laptop gris. Necesitaba algo de justificación para lo ínutil de su asignación. Una imagen chauvinista que contribuyera a levantar su subterráneo ánimo. Siempre había reconocido actitudes infantiles en si mismo, y no pudo con su genio otra vez.
De las cervezas pasó al una enorme taza de café instantáneo, que rellenó varias veces. Una elección poco sabia si quería generar algo parecido a la calma. Pero debía mantenerse despierto. Vagando entre un set completo de Pink Floyd elegido por un operador de radio ocioso al otro lado del mundo y la súbita esperanza que el galán del Mini apareciera cuanto antes.
La negrura del cielo costero comenzaba a tomar un color azulado anunciando la llegada del amanecer. Por la ventana podía admirar un par de parejas intentando hallarse comodas para el amor o el sexo playeros y alguna que otra pelea potenciada por el alcohol. La brisa que dejaba entrar la ventana abierta no alcanzaba para despejarlo.
Ultimamente se sentía condenado a ser nada mas que un testigo, un observador. Su época de protagonismo parecía haber terminado hacía décadas. En un momento normal, lo hubiera tomado como un síntoma corriente de madurez. En esa madrugada inútil, era solo un poco más de angustia, revuelta con rock...lo que extrañamente lo convertía en un dolor dulce.
De pronto volvió a ver esas dos luces redondeadas por la calle y sus sentidos se aguzaron levemente. El pequeño auto británico entró al garage muy rápido. El tipo tenía prisa. Pudo ver una rubia demasiado rubia en el asiento del acompañante.
En el momento en que volvía a sumergirse en la frustración, y en una muy humana envidia por los 3 minutos de placer que el falso surfer iba a proporcionarle a la falsa rubia, la barra de descarga volvió a moverse, acercándose casi sospechosamente al 90% de datos descargados.
Solo unos momentos más y su suplicio terminaría. O eso le hubiera gustado creer.
Feel I´m Making Love de Bad Company sonaba, dando una falsa calma al momento.
Contenía una explosión de furia al detenerse la barra al 97.6% del total cuando sintió pasos y golpes en el pasillo. La tensión exacerbó sus maltratados nervios al máximo posible. Todo cuadraba. No era tan novato como para que eso se le pasara por alto.
Sintió un golpe en la puerta barata que daba al pasillo y observó el picaporte de bronce gastado que se movía hacia abajo torpemente varias veces.
Tomó de un solo movimiento la pistola que estaba a su derecha y saltó detrás de la barra de la kitchenette.
Se agachó detrás de esta, arrodillado y cubriendose con la barra, apuntando la Beretta con las dos manos hacia la puerta. Temblaba ligeramente mientras contenía la respiración y acercaba su dedo indice izquierdo a la cola del disparador.
De haber sido un tirador más competente, hubiera reparado en que el arma tenía puesto uno de los seguros y peor aún, habia olvidado acerrojarla. Apretó el negro y delgado gatillo de la pistola y este apenas se movió. De haber sido de otra manera, el estudiante de Leyes borracho que había equivocado la puerta del departamento por unas cuantas puertas, hubiera terminado despanzurrado en el piso por casi la totalidad de los 15 disparos de 9x19mm que El estuvo dispuesto a enviarle.
Decidió esperar unos segundos. El picaporte dejó de moverse y los pasos desbocados siguieron camino hacia la derecha, alejándose por el pasillo. Varios insultos, probablemente no dirigidos a su persona, se hicieron oír cada vez mas despacio.
Con el corazón desbocado y la ira a flor de piel, estuvo a punto de destrozar las dos máquinas de una patada. Sabiamente optó por sentarse en un sillon rajado cuya imitación de cuero había visto mejores tiempos hacía muchos años.
Las piernas le seguían temblando ligeramente. Dejó el arma a su lado y le llevo las dos manos a la cara. Completamente sudado, agotado y frustrado.
Se levantó y bajó la tapa de su notebook. La música calló instantaneamente, y se dio cuenta de lo sensible de su estado al alegrarse por no escuchar más a la desgraciada de Courtney Love.
Trabó la puerta de entrada con una silla y decidió recostarse en la cama de la pequeña habitación de al lado. "A la mierda con la descarga", dijo para sí.
Quizás un par de horas de sueño podrían cambiar algo.
Cuando despertó, 8 horas después, sintió que el viento movía con cierta potencia las horrendas cortinas verdes del living. Caminó como un zombie hasta la mesa, ignorando la laptop de batalla que seguía encendida con la pantalla hibernando. Encendió la suya, y vio con una indisimulada alegría que el lago y las montañas de ese color verde lujurioso, recuerdos de casi otra vida habían vuelto a aparecer. En medio del lago se hallaba el ícono de la radio. El único en toda la pantalla.
Clikeó sobre el y en pocos segundos el pegadizo "Pa Pa Pa Pa Pa Pa Pa" de Psycho Killer en una rara versión de David Byrne le dibujó una sutil sonrisa en el rostro. Como fuera, seguía odiando el silencio.
Casi sin darle importancia presionó uno de los botones de la otra máquina y enorme fue su sorpresa al ver la barra de descarga titilando al 100% de su capacidad.
Caminó por el pequeño apartamento a paso apresurado. Cualquiera que lo hubiera estado observando se habría hecho la imagen de un maniático que gesticulaba y se movía desaforadamente yendo y viniendo en medio de un espacio acotado con el brazo izquierdo en alto como vanagloriandose un gol de un partido de futbol importante.
Sintió deseos de festejar. Y recordó la media botella de Bud en la heladera. Obvió las otras tres completamente llenas. No tenía nada que ver que las hubiese olvidado "au naturel" en la cuarteada mesada de la kitchenette/trinchera.
Bebió la pequeña botella de casi un trago y luego se sentó a inspeccionar el trabajo de Lucy.
Al principio pensó que la cerveza había pasado una mala noche en la heladera vacía. Su estómago comenzó a dar señales de incomodidad. Pero no se trataba de una intoxicación.
Era asco, puro y simple. Las imágenes que la laptop vampira había succionado del eter no dejaban lugar a dudas.
Los niños de las fotos digitales no podían tener más de la edad de su hermana menor. Solo vió tres o cuatro imágenes de las decenas y decenas que poblaban un disco extraíble que, si fuera por su voluntad, sería imantado y luego incinerado. No sin antes servir como prueba para la hoguera que debería ser el destino final de cualquier enfermo que osara disfrutar con ellas.
Menos desagradable fue la otra sorpresa que el infeliz le tenía reservada.
Anotó un largo número y una serie de letras que también la máquina había desencriptado automáticamente, casi sin pensar. Y lo borró, para luego reescribir y borrar nuevamente.
Envió un mensaje de texto desde el teléfono celular de gama ultrabarata que se le había entregado como contacto.
Mientras esperaba, se quedó observando el fondo de la pantalla de sú maquina. Perdido entre recuerdos, sensaciones, personas y momentos. La música provenía de ese mismo lugar. La radio que emitía en ese momento Yellow Ledbetter, una canción perfectamente inentendible del buen Eddie Vedder, se hallaba a solo unos minutos de ese lago. Y con un poco de suerte, las dos personas que estaban sobre una piedra, justo arriba de la Hora y el antivirus, estarían alli todavía.
Con suerte.
El horrible pitido del celular lo hizo moverse de un salto. Leyó el mensaje, extrajo el disco, desarmó la antena y metió a Lucy en una mochila. Acto seguido salió al pasillo. Esperó el vetusto ascensor y bajó hacia la salida, con la siniestra carga a sus espaldas.
Mientras se preguntaba porqué siempre los ascensores viejos tenían ese mecánico olor a grasa reparó en que el Mini había salía del Garage. Con el enorme longboard arriba, costumbre de su dueño. No había dama de plástico en el asiento de al lado, ni espacio para ella.
Caminó varias calles, siempre siguiendo el pequeño cursillo de artes negras que había aprendido de la mejor manera en que pudo ser capaz.
Ya no sentía esa opresión en el pecho. Porque una idea había surgido de las sombras, quizás en el momento en que vio esa foto que lo regocijaba tanto. O cuando leyó el mensaje que la Providencia le enviaba mediante esa enorme serie de números y letras. Todo tenia que ver con todo.
Lo encontró donde se había convenido. En los reservados del impoluto cafe de una Shell.
El Viejo, sorbiendo, mas que fumando su pipa, se hallaba sentado leyendo un diario deportivo, el Manchester United cayó nuevamente frente al City. Conociendolo, el Viejo estaría ligeramente contento.
Y en su poco tiempo en su ocupación, la presencia del viejo en ese lugar era una señal de que al dueño del Mini Cooper le esperaba un destino triste. Si es que podía sentir tristeza por el.
Pagó por un paquete de Lucky Strike que no iba a fumar y se dirigió a la mesa.
Se sentó enfrente del Viejo, mirando cuidadosamente hacia afuera. Sus viejos anteojos de sol ayudaban a disimular. Las dos empleadas en uniformes chillones no prestaban demasiada atención a nadie, el cansancio se notaba en su mirada. Parecían contar mentalmente los días hasta el final de una temporada interminable.
El Viejo lo saludó con un apretón de manos que hubiera licuado los huesos de cualquier otro desprevenido. El lo sabía y saludó con casi la misma fuerza. Aunque en realidad, habría que haber vivido las mismas vidas que el Viejo para acercarsele en firmeza.
Y no le interesaba demasiado.
Por debajo de la mesa pasó la mochila, dejandola a los pies del lector del diario. Intentó crear algo de conversación hablando de lo mal que le había hecho al United la ida de varios delanteros sudamericanos, y de lo eficiente que era Lucy haciendo su trabajo.
El Viejo concluyó que los nerds eran gente realmente rara al pensar que las máquinas estaban vivas, pero el chico al menos tenía cierta idea de lo que era el buen futbol. Y eso no podía ser tan malo.
Le entregó unas llaves a cambio de Lucy.
Hablaron unos minutos mas y luego se despidieron. El salió caminando sin mirar atrás y el Viejo lo miró alejarse, cruzando la avenida con paso firme.
Notó algo, apenas perceptible si no se sabía que pensar. Los años no venían solos, y si no se aprendía a juzgar a las personas a esa altura del partido, era momento de retirarse. Quizás ese chico sabía algo de lo que el ya debería haberse enterado antes.
Al llegar al departamento, recordó que habia dejado su máquina con la radio encendida. Guardó sus cosas en un pequeño bolso y se sentó unos minutos a disfrutar de la brisa y del mar.
En ese momento escuchó unos aplausos saliendo de los parlantes y la pastosa voz del locutor colandose entre ellos, anunciando Heaven Beside You, de Alice In Chains.
Si había una idea gestándose en su mente, tomó esa canción como una señal. Simplemente porque significaba mucho para el.
Era el puente entre una epoca feliz de su vida y estos momentos, dejando abajo el frío de su soledad interior. De decisiones tomadas apresuradamente al calor de pensamientos gélidos.
No era un adolescente ni mucho menos para creer en el destino y demás patrañas. Pero la música y la foto del fondo de pantalla hablaban por si solas. Y el papel con esos largos números también.
De pronto halló el valor para conjugar todo en una acción.
Esperó que Layne Staley terminara de cantar y Jerry Cantrell de acariciar la guitarra para cerrar la máquina y guardar todo. Se lavó la cara en el baño y decidió dejar el resto de las cervezas para los posteriores ocupantes del cubiculo. Al menos se llevarían ese horrible pequeño auto que lo había traido.
Bajó por las escaleras silbando la canción que recién había terminado de escuchar. Alguna razón sin determinar lo había hecho desistir del ascensor. Solía confiar en ellas.
Al salir a la calle una brisa fría volvió a recibirlo.
De los deformados parlantes traseros de un pequeño Mazda verde brillante salía un ensordecedor sonido latino de un enervante mal gusto que cuatro post adolescentes parecían disfrutar. Hizo una mueca de mal gusto que se encargó de hacer notar y siguió su camino. La intensidad de los graves ocultó los insultos del dueño del auto, herido en su orgullo.
"Like the coldest winter chill, Heaven beside you, hell within", cantaba con voz queda, deseando haber traido algo mas de abrigo. Odiaba el verano.
Unos metros delante vio el pequeño Mini Cooper de sus desvelos estacionado con la tabla arriba del techo. Su dueño entró a una farmacia. Deseó que estuviera buscando algo contra el herpes genital.
Caminó despreocupadamente hacia el auto británico y extrajo la llave que el Viejo le habia dado. Firmó el final de su trabajo con una raya desde el guardabarros trasero derecho al delantero.
Encontró la Toyota Hilux gris esperándolo en la esquina de un oscuro antro de videojuegos en el que varios inadaptados criaban ojeras ajenos al sol costero. Se subió a ella y la encendió con la llave, que tenía rastros de pintura en la punta. Nunca había dejado de ser un un niño travieso y ligeramente dañino.
Con felicidad vio que el estereo tenía una entrada USB. Quizás en el fondo le caía simpático a alguien. O todo era cuestion de ver las cosas de una manera positiva.
Conectó el cable blanco, símbolo de status popular en medio mundo, y rezó porque el I-Pod de horrible color celeste, regalo de su ex-novia, funcionara.
Siempre habia sido buena regalando, aunque no tenía demasiado tacto para los detalles. Toda una muestra de su relación.
La pantalla negra del adminículo no pareció dar señales de vida. Prendió la radio y solo encontró algo pasable de Annie Lennox. A su novia (¿ex-novia?) le agradaba mucho. Lo ultimo que sabía de ella era que hacía dos semanas daba clases en una escuela cerca del lago de la foto. De haber seguido formando parte de una red social hubiera visto las fotos con sus alumnos en ese mismo lugar. Habia cosas que venían con el trabajo a las que había que renunciar. Pero ya no convenía.
Buscaba la avenida de salida cuando creyó escuchar un acorde conocido y una voz agradable, parte de los recuerdos de su infancia. ¿De donde era que venía Mark Knopfler?.
Miró al pedestal del panel y vió que el I-pod había vuelto a la vida. Feliz, acercó su dedo a al circulo y aumentó el volumen. El solo de Tunnel of Love se dejó oir por todos lados.
Ahora solo pensaba en ese locker con sus documentos. O en un cibercafé para desviar las riquezas que escondía el número de cuenta que se hallaba en el bolsillo de su bermuda. En el lago y todas las personas que lo habitaban. En los regalos carentes de detalles de su ex-novia.
Y en invitarle una Fosters al operador de la radio.
Era, como máxima esperanza, lo que le había tocado en suerte esta vez. Un rectángulo mal pintado de 30 metros cuadrados que había visto sus mejores momentos hacía mas de tres décadas.
Había depositado desganadamente sus pocos bartulos en el piso. Las seis horas de viaje en un mínimo e ignoto Suzuki habían sido tortuosas, tanto como correspondia a un exodo de esos en los que la masa pugnaba por su descanso, de la masa. Buscando una tranquilidad inexistente, llevando la burbuja neurotica de la metrópoli a la linea costera...y en su caso, con el I-pod enfermo de sordera...
Se consolaba con la vista hacia el mar. Con un poco de esfuerzo incluso podía llegar a engañar la vista sobre el gris del oceano, obviando la linea de la playa. Casi intentando sentirse suspendido sobre el agua. Era una de las pocas ventajas de un decimo piso casi sobre la costa.
Un mensaje de texto fue su escueta manera de avisar que entraba en servicio. Con el correr del tiempo habia optado por esa manera de trabajar. Con el minimo contacto posible. Señal de que estaba ganando experiencia y a la vez hartazgo.
Extrajo dos laptops de sus respectivos bolsos y conectó la mas oscura y desgastada a una pequeña antena. La dejó iniciando mientras abría otra plateada, mas moderna y de su propiedad...porque quizas fuera demasiado pedirle a sus empleadores una computadora medianamente potente con la cual trabajar.
Como era esperable, la ultima emitió primero la famosa e insufrible melodía del sistema operativo, avisando que ya estaba lista para usar. Y por milesima vez se dijo de anularla...para olvidarlo a los 10 segundos.
Se quedo observando el papel tapiz de la pantalla, demasiado sorprendido por la lugubre oscuridad del fondo. La foto no debia cambiarse sola. Y ese solo detalle bastó para amargarle la jornada.
Un corto pitido y la antena comenzó a olfatear el eter, buscando señales que eran mostradas en la pantalla de la vapuleada laptop negra.
Obtuvo lo que buscaba en apenas unos segundos...Otra máquina, muy nueva y solo usada por manos novatas, que a solo unas decenas de metros se hallaba posiblemente cargada de la información que había motivado ese vil remedo de vacaciones en esa costa de la que quería huir.
Se preguntó a si mismo si la automatización de la tarea a realizar era una señal de que su trabajo comenzaba a notarse...o una sutil manera de ser condenado al ostracismo en una carrera que apenas empezaba.
Y ahí estaba.
Ingresó a la novísima laptop del departamento que estaba dos pisos abajo con una facilidad pasmosa, solo cuatro clicks del mouse (porque El era de esos estoicos que jamás se adaptaron al horrible pad táctil que todas las portátiles traían)..y la maltratada Dell negra sobre la mesa de fórmica barata comenzó a succionar datos de una manera que desmentía las raspaduras de su exterior y los golpes disimulados con cinta adhesiva, regalo de algunos otros amantes de la tecnología colegas suyos.
Solo sería cuestión de un par de horas hasta terminar la involuntaria tranferencia. Mientras, abrió una lata de Coca-Cola y la computadora de su propiedad se conectó a su servidor de radio favorito.
Con el correr de los años había llegado a la conclusión que el unico silencio que valía la pena era el que se perforaba con una Stratocaster. Un viejo tema a medias de los Black Crowes intentó poner un poco de ánimo a la tarea.
Durante unos minutos de euforia electronica se sintió feliz. Afortunado de estar ahi, frente a ese mar que parecía invadir el ventanal, disfrutando de una manera poco común de esa costa que había formado parte de su no tan lejana adolescencia y su mas cercana juventud "adulta",... escuchando un buen rock Sureño en compañía de esa pequeña demonia succionadora de datos a la que incluso estuvo tentado de nombrar Lucy, como la vampira víctima de Dracula.
Pero como si se tratara de una ley de Murphy aún por escribirse, o de que solo su vida ultimamente semejaba a la de un perdedor sin el encanto de Bogart, la subrepticia transferencia se cortó.
Súbitamente tomó consciencia que esa momentánea alegría se basaba en que tan pronto esa barra roja completase su recorrido hasta el 100%, el podría largarse de ese lugar. Y todo parecía indicar que iba a tomar su tiempo.
La frustración, a tan temprana etapa del encargo, no era un buen indicador para nada...
Miró hacia afuera, en busca de algún tipo de solaz momentaneo y una suposición. Podía considerarse afortunado de tener una cárcel con vista al mar. No había muchas asi en el mundo
Se levantó de la vieja silla de tubos de metal estilo bar de los 70´ y se asomó apenas al ventanal, calculando un poco el ángulo de visión, para no ser visible directamente.
3 o 4 minutos después pudo ver el horrendo descapotable Morris Mini Cooper rojo metalizado saliendo raudamente por la entrada del costado de su edificio, con su ocupante y una tabla de surf sujetada arriba del techo. El bien sabía que el enorme longboard, que parecía agregarle un techo el pequeño auto inglés, era solo una fachada. Solo para dejarlo parado en la caseta de un club de playa a la espera de algun comentario o del comienzo de alguna relacion superficial. El fisico trabajado por horas de gimnasio y los anteojos del valor de un sueldo ayudaban.
Concluyó que el tipo realmente le caía mal. Y era mejor que asi fuese. Quizás ese sentimiento le fuese funcional para completar su trabajo de una manera menos tortuosa.
El imbecil cipayo que habia escrito que habia que odiar al enemigo, en uno de esos farragosos bodoques que solía leer en sus epocas de estudiante, podía no estar tan equivocado.
Esperó sentado por horas, leyendo una novela barata, que ficcionalizaba bastante mal ciertos aspectos de su trabajo. En las editoriales sobraban emulos de Burroughs, el autor de Tarzán, que escribía sobre Africa comodamente sentado en una biblioteca de New York.
Muy pocos realmente escribian sobre las interminables esperas, el tiempo muerto que parecía detenerse. Sobre los dolores de pecho nerviosos, los insultos hacia la nada o la frustracion malsana de sentirse condenado a pasar tiempo en un lugar que solo hacia crecer su melancolía, en pos de una orden que provenía de algun lugar de las sombras, escondida en el sexto piso de un edificio de vidrios oscuros, cuyo halo de misterio había capturado la atención de un imberbe hacía solo unos años.
De todas maneras, no podía ser tan malo. A fin de cuentas el tipo del Mini parecía un idiota.
Y si había mierda en su computadora, Lucy la iba a encontrar.
El cielo se fue oscureciendo y de a poco la gente volvia de la playa preparandose para otra noche de verano. La radio de Internet que emitía desde en su laptop plateada había decidido traicionarlo pasando una selección de Grunge que poco hacía para levantar su ánimo.
No era por la rabia o la tristeza de las canciones... Se trataba de lo que éstas le generaban. Bien podría ser un festivo tema de Motley Crüe lo que lo remitiera a otro momento mas feliz de su vida y le hiciera ver la oscura contraposición en la que se encontraba ahora.
Cuando el sol terminó de caer, se encontró comiendo un sandwich, sentado sobre la módica barra de la kitchenette, albergando la esperanza de que la noche hiciera volver al infeliz a su morada veraniega para acicalarse...y que la presa de Lucy volviera a aparecer. Tom Petty cantaba una balada sobre no asustarse facilmente cuando vió al pequeño auto inglés entrar al camino del garage. Y 1979 de los Smashing Pumpkins hizo historia al casi hacerlo saltar de felicidad cuando casi 10 minutos después la barra de transferencia comenzó a moverse nuevamente.
Podía sentir el hormigueo que nacía de la boca de su maltratado estómago subiendo hacia su pecho. La tensión indetenible que no hallaba en si un significado absoluto a ojos vista. Pero que se hacía más y más potente a medida que los minutos pasaban...
Y luego, se detuvo. Como también la guitarra de Jimmy Page. Lo que no se pudo detener fue su catarata de insultos hacia el cielorraso pintado de un horrible verde aguado. La conexión se habia detenido y no dió muestras de vida hasta tres horas después.
Esperar que la transferencia de datos prosiguiera, hubiera sido demasiado pedir. Lucy dormía de noche, como si lo hiciera de día.
Para ese momento estaba casi dormido, esperando al falso surfer que habia partido raudo hacia la calle de los bares que tantas alegres borracheras le había generado a el alla lejos y hace tiempo.
Dos botellas de un six-pack de Budweiser le hicieron extrañar la Fosters, en otro lugar que parecía ser de otra galaxia, por más que compartieran el mismo océano. Dejó una tercera botella a la mitad, la tapó y la puso en la heladera.
Con una rapidez asombrosa el pequeño departamento veraniego se iba convirtiendo en un Gulag mental con una costa que se desdibujaba para parecerse a una estepa siberiana. Cuando más se hallase vagando en su mente, mas imágenes extrañas parecían salir de allí.
Se descubrió agotado, sin importar que sólo habían transcurrido unas horas desde su llegada.
Todo su ser se había acostumbrado por demás a las amarillentas paredes, el cielorraso verde y la eterna atmósfera sesentista de un rectángulo asfixiante que supuestamente tenía el objeto de servir de lugar de descanso.
Años atrás había llegado a la conclusión que esos pequeños calabozos solo podían ser útiles para las hordas de jóvenes de clase media que llegaban a disfrutar de su caudal de excesos permitidos, para luego seguir su carrera como miembros de la sociedad y perpetuar el ciclo.
El era uno de ellos, y ultimamente, de los que ayudaban a que la rueda siguiera girando, para bien o para mal.
Era solo cuestion del cristal con que se lo mirase.
La ansiedad lo dominaba, conforme esa punzante molestia en el medio de su pecho se volvía aun mas penetrante, como si buscara llegar bien adentro. Quizás intentando alcanzar la inexplorada explicación del porqué se hallaba sentado en la mesa de la kitchenette, ligeramente ebrio mirando las pantallas de dos computadoras y bañado en sudor y la melancolía que incluso el furioso bajo de Jason Newsted contribuía a acrecentar. Metallica terminó su concierto grabado hacía solo unos meses y luego el operador de la radio se dedicó a pasar varios minutos de esas horrendos avisos que al ser tan lejanos, le sonaban tanto o más ridiculos que un jingle creado en una radio local. El acento ayudaba.
Se acercó a uno de sus bolsos y extrajo un elemento que mayormente pertenecía a la equivocada ficción de su trabajo.
Asió de la empuñadura una siniestra Beretta 92 y la dejó en la mesa a la derecha de su laptop gris. Necesitaba algo de justificación para lo ínutil de su asignación. Una imagen chauvinista que contribuyera a levantar su subterráneo ánimo. Siempre había reconocido actitudes infantiles en si mismo, y no pudo con su genio otra vez.
De las cervezas pasó al una enorme taza de café instantáneo, que rellenó varias veces. Una elección poco sabia si quería generar algo parecido a la calma. Pero debía mantenerse despierto. Vagando entre un set completo de Pink Floyd elegido por un operador de radio ocioso al otro lado del mundo y la súbita esperanza que el galán del Mini apareciera cuanto antes.
La negrura del cielo costero comenzaba a tomar un color azulado anunciando la llegada del amanecer. Por la ventana podía admirar un par de parejas intentando hallarse comodas para el amor o el sexo playeros y alguna que otra pelea potenciada por el alcohol. La brisa que dejaba entrar la ventana abierta no alcanzaba para despejarlo.
Ultimamente se sentía condenado a ser nada mas que un testigo, un observador. Su época de protagonismo parecía haber terminado hacía décadas. En un momento normal, lo hubiera tomado como un síntoma corriente de madurez. En esa madrugada inútil, era solo un poco más de angustia, revuelta con rock...lo que extrañamente lo convertía en un dolor dulce.
De pronto volvió a ver esas dos luces redondeadas por la calle y sus sentidos se aguzaron levemente. El pequeño auto británico entró al garage muy rápido. El tipo tenía prisa. Pudo ver una rubia demasiado rubia en el asiento del acompañante.
En el momento en que volvía a sumergirse en la frustración, y en una muy humana envidia por los 3 minutos de placer que el falso surfer iba a proporcionarle a la falsa rubia, la barra de descarga volvió a moverse, acercándose casi sospechosamente al 90% de datos descargados.
Solo unos momentos más y su suplicio terminaría. O eso le hubiera gustado creer.
Feel I´m Making Love de Bad Company sonaba, dando una falsa calma al momento.
Contenía una explosión de furia al detenerse la barra al 97.6% del total cuando sintió pasos y golpes en el pasillo. La tensión exacerbó sus maltratados nervios al máximo posible. Todo cuadraba. No era tan novato como para que eso se le pasara por alto.
Sintió un golpe en la puerta barata que daba al pasillo y observó el picaporte de bronce gastado que se movía hacia abajo torpemente varias veces.
Tomó de un solo movimiento la pistola que estaba a su derecha y saltó detrás de la barra de la kitchenette.
Se agachó detrás de esta, arrodillado y cubriendose con la barra, apuntando la Beretta con las dos manos hacia la puerta. Temblaba ligeramente mientras contenía la respiración y acercaba su dedo indice izquierdo a la cola del disparador.
De haber sido un tirador más competente, hubiera reparado en que el arma tenía puesto uno de los seguros y peor aún, habia olvidado acerrojarla. Apretó el negro y delgado gatillo de la pistola y este apenas se movió. De haber sido de otra manera, el estudiante de Leyes borracho que había equivocado la puerta del departamento por unas cuantas puertas, hubiera terminado despanzurrado en el piso por casi la totalidad de los 15 disparos de 9x19mm que El estuvo dispuesto a enviarle.
Decidió esperar unos segundos. El picaporte dejó de moverse y los pasos desbocados siguieron camino hacia la derecha, alejándose por el pasillo. Varios insultos, probablemente no dirigidos a su persona, se hicieron oír cada vez mas despacio.
Con el corazón desbocado y la ira a flor de piel, estuvo a punto de destrozar las dos máquinas de una patada. Sabiamente optó por sentarse en un sillon rajado cuya imitación de cuero había visto mejores tiempos hacía muchos años.
Las piernas le seguían temblando ligeramente. Dejó el arma a su lado y le llevo las dos manos a la cara. Completamente sudado, agotado y frustrado.
Se levantó y bajó la tapa de su notebook. La música calló instantaneamente, y se dio cuenta de lo sensible de su estado al alegrarse por no escuchar más a la desgraciada de Courtney Love.
Trabó la puerta de entrada con una silla y decidió recostarse en la cama de la pequeña habitación de al lado. "A la mierda con la descarga", dijo para sí.
Quizás un par de horas de sueño podrían cambiar algo.
Cuando despertó, 8 horas después, sintió que el viento movía con cierta potencia las horrendas cortinas verdes del living. Caminó como un zombie hasta la mesa, ignorando la laptop de batalla que seguía encendida con la pantalla hibernando. Encendió la suya, y vio con una indisimulada alegría que el lago y las montañas de ese color verde lujurioso, recuerdos de casi otra vida habían vuelto a aparecer. En medio del lago se hallaba el ícono de la radio. El único en toda la pantalla.
Clikeó sobre el y en pocos segundos el pegadizo "Pa Pa Pa Pa Pa Pa Pa" de Psycho Killer en una rara versión de David Byrne le dibujó una sutil sonrisa en el rostro. Como fuera, seguía odiando el silencio.
Casi sin darle importancia presionó uno de los botones de la otra máquina y enorme fue su sorpresa al ver la barra de descarga titilando al 100% de su capacidad.
Caminó por el pequeño apartamento a paso apresurado. Cualquiera que lo hubiera estado observando se habría hecho la imagen de un maniático que gesticulaba y se movía desaforadamente yendo y viniendo en medio de un espacio acotado con el brazo izquierdo en alto como vanagloriandose un gol de un partido de futbol importante.
Sintió deseos de festejar. Y recordó la media botella de Bud en la heladera. Obvió las otras tres completamente llenas. No tenía nada que ver que las hubiese olvidado "au naturel" en la cuarteada mesada de la kitchenette/trinchera.
Bebió la pequeña botella de casi un trago y luego se sentó a inspeccionar el trabajo de Lucy.
Al principio pensó que la cerveza había pasado una mala noche en la heladera vacía. Su estómago comenzó a dar señales de incomodidad. Pero no se trataba de una intoxicación.
Era asco, puro y simple. Las imágenes que la laptop vampira había succionado del eter no dejaban lugar a dudas.
Los niños de las fotos digitales no podían tener más de la edad de su hermana menor. Solo vió tres o cuatro imágenes de las decenas y decenas que poblaban un disco extraíble que, si fuera por su voluntad, sería imantado y luego incinerado. No sin antes servir como prueba para la hoguera que debería ser el destino final de cualquier enfermo que osara disfrutar con ellas.
Menos desagradable fue la otra sorpresa que el infeliz le tenía reservada.
Anotó un largo número y una serie de letras que también la máquina había desencriptado automáticamente, casi sin pensar. Y lo borró, para luego reescribir y borrar nuevamente.
Envió un mensaje de texto desde el teléfono celular de gama ultrabarata que se le había entregado como contacto.
Mientras esperaba, se quedó observando el fondo de la pantalla de sú maquina. Perdido entre recuerdos, sensaciones, personas y momentos. La música provenía de ese mismo lugar. La radio que emitía en ese momento Yellow Ledbetter, una canción perfectamente inentendible del buen Eddie Vedder, se hallaba a solo unos minutos de ese lago. Y con un poco de suerte, las dos personas que estaban sobre una piedra, justo arriba de la Hora y el antivirus, estarían alli todavía.
Con suerte.
El horrible pitido del celular lo hizo moverse de un salto. Leyó el mensaje, extrajo el disco, desarmó la antena y metió a Lucy en una mochila. Acto seguido salió al pasillo. Esperó el vetusto ascensor y bajó hacia la salida, con la siniestra carga a sus espaldas.
Mientras se preguntaba porqué siempre los ascensores viejos tenían ese mecánico olor a grasa reparó en que el Mini había salía del Garage. Con el enorme longboard arriba, costumbre de su dueño. No había dama de plástico en el asiento de al lado, ni espacio para ella.
Caminó varias calles, siempre siguiendo el pequeño cursillo de artes negras que había aprendido de la mejor manera en que pudo ser capaz.
Ya no sentía esa opresión en el pecho. Porque una idea había surgido de las sombras, quizás en el momento en que vio esa foto que lo regocijaba tanto. O cuando leyó el mensaje que la Providencia le enviaba mediante esa enorme serie de números y letras. Todo tenia que ver con todo.
Lo encontró donde se había convenido. En los reservados del impoluto cafe de una Shell.
El Viejo, sorbiendo, mas que fumando su pipa, se hallaba sentado leyendo un diario deportivo, el Manchester United cayó nuevamente frente al City. Conociendolo, el Viejo estaría ligeramente contento.
Y en su poco tiempo en su ocupación, la presencia del viejo en ese lugar era una señal de que al dueño del Mini Cooper le esperaba un destino triste. Si es que podía sentir tristeza por el.
Pagó por un paquete de Lucky Strike que no iba a fumar y se dirigió a la mesa.
Se sentó enfrente del Viejo, mirando cuidadosamente hacia afuera. Sus viejos anteojos de sol ayudaban a disimular. Las dos empleadas en uniformes chillones no prestaban demasiada atención a nadie, el cansancio se notaba en su mirada. Parecían contar mentalmente los días hasta el final de una temporada interminable.
El Viejo lo saludó con un apretón de manos que hubiera licuado los huesos de cualquier otro desprevenido. El lo sabía y saludó con casi la misma fuerza. Aunque en realidad, habría que haber vivido las mismas vidas que el Viejo para acercarsele en firmeza.
Y no le interesaba demasiado.
Por debajo de la mesa pasó la mochila, dejandola a los pies del lector del diario. Intentó crear algo de conversación hablando de lo mal que le había hecho al United la ida de varios delanteros sudamericanos, y de lo eficiente que era Lucy haciendo su trabajo.
El Viejo concluyó que los nerds eran gente realmente rara al pensar que las máquinas estaban vivas, pero el chico al menos tenía cierta idea de lo que era el buen futbol. Y eso no podía ser tan malo.
Le entregó unas llaves a cambio de Lucy.
Hablaron unos minutos mas y luego se despidieron. El salió caminando sin mirar atrás y el Viejo lo miró alejarse, cruzando la avenida con paso firme.
Notó algo, apenas perceptible si no se sabía que pensar. Los años no venían solos, y si no se aprendía a juzgar a las personas a esa altura del partido, era momento de retirarse. Quizás ese chico sabía algo de lo que el ya debería haberse enterado antes.
Al llegar al departamento, recordó que habia dejado su máquina con la radio encendida. Guardó sus cosas en un pequeño bolso y se sentó unos minutos a disfrutar de la brisa y del mar.
En ese momento escuchó unos aplausos saliendo de los parlantes y la pastosa voz del locutor colandose entre ellos, anunciando Heaven Beside You, de Alice In Chains.
Si había una idea gestándose en su mente, tomó esa canción como una señal. Simplemente porque significaba mucho para el.
Era el puente entre una epoca feliz de su vida y estos momentos, dejando abajo el frío de su soledad interior. De decisiones tomadas apresuradamente al calor de pensamientos gélidos.
No era un adolescente ni mucho menos para creer en el destino y demás patrañas. Pero la música y la foto del fondo de pantalla hablaban por si solas. Y el papel con esos largos números también.
De pronto halló el valor para conjugar todo en una acción.
Esperó que Layne Staley terminara de cantar y Jerry Cantrell de acariciar la guitarra para cerrar la máquina y guardar todo. Se lavó la cara en el baño y decidió dejar el resto de las cervezas para los posteriores ocupantes del cubiculo. Al menos se llevarían ese horrible pequeño auto que lo había traido.
Bajó por las escaleras silbando la canción que recién había terminado de escuchar. Alguna razón sin determinar lo había hecho desistir del ascensor. Solía confiar en ellas.
Al salir a la calle una brisa fría volvió a recibirlo.
De los deformados parlantes traseros de un pequeño Mazda verde brillante salía un ensordecedor sonido latino de un enervante mal gusto que cuatro post adolescentes parecían disfrutar. Hizo una mueca de mal gusto que se encargó de hacer notar y siguió su camino. La intensidad de los graves ocultó los insultos del dueño del auto, herido en su orgullo.
"Like the coldest winter chill, Heaven beside you, hell within", cantaba con voz queda, deseando haber traido algo mas de abrigo. Odiaba el verano.
Unos metros delante vio el pequeño Mini Cooper de sus desvelos estacionado con la tabla arriba del techo. Su dueño entró a una farmacia. Deseó que estuviera buscando algo contra el herpes genital.
Caminó despreocupadamente hacia el auto británico y extrajo la llave que el Viejo le habia dado. Firmó el final de su trabajo con una raya desde el guardabarros trasero derecho al delantero.
Encontró la Toyota Hilux gris esperándolo en la esquina de un oscuro antro de videojuegos en el que varios inadaptados criaban ojeras ajenos al sol costero. Se subió a ella y la encendió con la llave, que tenía rastros de pintura en la punta. Nunca había dejado de ser un un niño travieso y ligeramente dañino.
Con felicidad vio que el estereo tenía una entrada USB. Quizás en el fondo le caía simpático a alguien. O todo era cuestion de ver las cosas de una manera positiva.
Conectó el cable blanco, símbolo de status popular en medio mundo, y rezó porque el I-Pod de horrible color celeste, regalo de su ex-novia, funcionara.
Siempre habia sido buena regalando, aunque no tenía demasiado tacto para los detalles. Toda una muestra de su relación.
La pantalla negra del adminículo no pareció dar señales de vida. Prendió la radio y solo encontró algo pasable de Annie Lennox. A su novia (¿ex-novia?) le agradaba mucho. Lo ultimo que sabía de ella era que hacía dos semanas daba clases en una escuela cerca del lago de la foto. De haber seguido formando parte de una red social hubiera visto las fotos con sus alumnos en ese mismo lugar. Habia cosas que venían con el trabajo a las que había que renunciar. Pero ya no convenía.
Buscaba la avenida de salida cuando creyó escuchar un acorde conocido y una voz agradable, parte de los recuerdos de su infancia. ¿De donde era que venía Mark Knopfler?.
Miró al pedestal del panel y vió que el I-pod había vuelto a la vida. Feliz, acercó su dedo a al circulo y aumentó el volumen. El solo de Tunnel of Love se dejó oir por todos lados.
Ahora solo pensaba en ese locker con sus documentos. O en un cibercafé para desviar las riquezas que escondía el número de cuenta que se hallaba en el bolsillo de su bermuda. En el lago y todas las personas que lo habitaban. En los regalos carentes de detalles de su ex-novia.
Y en invitarle una Fosters al operador de la radio.
viernes, 9 de octubre de 2009
Lineas...
No se que escribir mas que lo que me sale. No tengo que rendirle cuentas a nadie si no ofende lo que hago, creo que parte de mi concepción de la Libertad tiene mucho que ver con esto.
Con la Verdad no se ofende ni se teme. Asi que espero no ofenderte.
No creo que te importe demasiado lo que estoy tipeando a esta hora de la noche. Y quizás si, sea cierto que esa frase anterior la escribo con displicencia a medias. Porque en el fondo me importa.
Me importa mucho.
Aunque aún asi lo hago, porque creo en la honestidad a uno mismo. Si uno se miente al espejo, es que toda la vida es una mentira.
Como decía un inglés bajito y pelado en una canción hace dos décadas, puedo sentirlo viniendo esta noche. Como pude sentirlo esa otra en la que terminó de quebrarse todo entre nosotros.
Se habla de códigos, se habla de confianza, se habla de elecciones o hermandades. Solo puedo decir que lo que es cierto en un momento, o dos…o media vida, puede dejarlo de ser en otro. Y eso no desaparece facil. Deja una marca, una que no nos deja por más que exista un esfuerzo sobrehumano de olvidar.
Y el olvido no es inocente. El olvido es culpable, un culpable inconsciente.
Ahora que lo pienso, quizás sí te importen estas líneas. Te conozco lo suficiente como para pensar que puede ser un ligero revulsivo, una llamada de atención dentro de ese vendaval que últimamente es tu vida. Pero creeme, que no es mi intención que vuelvas a aparecerte como solías cada vez que sentías necesaria mi presencia. Ahora (en realidad es la enésima vez) que caigo, me doy cuenta que yo era quien estaba presente para vos. Y que quienes formábamos parte de tu círculo eramos eso mismo, un círculo. Una especie de tribuna que te rodeaba estando vos en tu pequeña Arena de la Vida. Eramos los espectadores de tu vida, no tus compañeros, tus hermanos por elección, como esos amantes de la cursilería suelen llamar.
Quizás no serví como ancla para afirmarte en ese torrente tempestuoso que son tus días. Quizás haya sido demasiado poco entusiasta.
O por ahí yo no pueda verte dentro mi propia tormenta.
No sé….y conforme pase el tiempo (ese que dicen que todo lo cura, y si no es así..lo remienda bastante) por ahí termine de hallar esas respuestas.
La gente cambia. Y tambien cambia uno…Y las distancias se achican…o se agrandan a miles de kilómetros….no del todo reales, pero no por eso inexistentes.
Solo sé que así lo veo…
Con la Verdad no se ofende ni se teme. Asi que espero no ofenderte.
No creo que te importe demasiado lo que estoy tipeando a esta hora de la noche. Y quizás si, sea cierto que esa frase anterior la escribo con displicencia a medias. Porque en el fondo me importa.
Me importa mucho.
Aunque aún asi lo hago, porque creo en la honestidad a uno mismo. Si uno se miente al espejo, es que toda la vida es una mentira.
Como decía un inglés bajito y pelado en una canción hace dos décadas, puedo sentirlo viniendo esta noche. Como pude sentirlo esa otra en la que terminó de quebrarse todo entre nosotros.
Se habla de códigos, se habla de confianza, se habla de elecciones o hermandades. Solo puedo decir que lo que es cierto en un momento, o dos…o media vida, puede dejarlo de ser en otro. Y eso no desaparece facil. Deja una marca, una que no nos deja por más que exista un esfuerzo sobrehumano de olvidar.
Y el olvido no es inocente. El olvido es culpable, un culpable inconsciente.
Ahora que lo pienso, quizás sí te importen estas líneas. Te conozco lo suficiente como para pensar que puede ser un ligero revulsivo, una llamada de atención dentro de ese vendaval que últimamente es tu vida. Pero creeme, que no es mi intención que vuelvas a aparecerte como solías cada vez que sentías necesaria mi presencia. Ahora (en realidad es la enésima vez) que caigo, me doy cuenta que yo era quien estaba presente para vos. Y que quienes formábamos parte de tu círculo eramos eso mismo, un círculo. Una especie de tribuna que te rodeaba estando vos en tu pequeña Arena de la Vida. Eramos los espectadores de tu vida, no tus compañeros, tus hermanos por elección, como esos amantes de la cursilería suelen llamar.
Quizás no serví como ancla para afirmarte en ese torrente tempestuoso que son tus días. Quizás haya sido demasiado poco entusiasta.
O por ahí yo no pueda verte dentro mi propia tormenta.
No sé….y conforme pase el tiempo (ese que dicen que todo lo cura, y si no es así..lo remienda bastante) por ahí termine de hallar esas respuestas.
La gente cambia. Y tambien cambia uno…Y las distancias se achican…o se agrandan a miles de kilómetros….no del todo reales, pero no por eso inexistentes.
Solo sé que así lo veo…
miércoles, 3 de junio de 2009
Carta a una persona en los 40´
Sé que no nos separan tantos años, pero al mismo tiempo se que nos separa una eternidad. Una eternidad de color plomizo, teñido en parte por la sombra oscura de algún Falcon…o un presidente encerrado en algún salón oval...u otro del mismo equipo…un arrogante con ansias de “cambiar” un mundo que cambia solo y que les daba de comer a los primeros dos…
Eso no lo sé, porque no viví esa época…Solo puedo hablar de sus estertores, de tomar distancia y formar cual soldadito cantando el himno…para que luego me hablen de la democracia tipos con camperas de cuero o trajes caros.
No vengo a hablarte de eso, simplemente porque no viví TU epoca. Tampoco vengo a hablarte de esos años oscuros…Sinó de esos años negros…pero los negros de la noche, de la libertad desenfrenada.
Y no te hablo de irme a escuchar zumbidos de máquina mientras me tomo la pastillita de moda. Hablo de algo que no viví…o como mínimo llegué tarde.
Hablo de esa música loca que había empezado a sonar en muchas partes. Como en estas mismas playas, pero tocadas por otros harapientos a los que ya no podía llamarse hippies. No se que mierda eran, pero se como sonaban. Un chico de 8 años no se olvida de ellos tan fácilmente.
Sólo se que vi las cosas de refilón. Vi esa creatividad extenderse descontroladamente por todas partes, como una marea que no daba visos de detenerse. Quizás la tan mentada democracia haya tenido algo que ver…como también tuvo que ver la represión.
Irónica y dolorosamente, no es difícil ver que esa destrucción fue una de las creativas.
Puede hablarse de la luz al final del tunel…pero aún de las sombras del tunel brotaban cosas buenas. Porque todos estaban en las sombras, en el subterráneo de la vida. Muchos de ellos eran perdedores con causa.
Se de uno que no pudo soportar entrar a la adultez y darse cuenta que no era un perdedor a pesar de todos sus intentos. Se que la furia mataba la melodía. Y que la distorsión hablaba por si misma. Que no había futuro y tampoco una pretensión de tenerlo.
El mundo no podia cambiarse pero si moverse. Lo notaba en esas tardes frías en que la radio temía encenderse y sus parlantes desconarse. Algo bajaba desde el norte. Y algo había en este sur, un poco más estrambótico…pero existía, y era nuevo.
Vos tenías mi edad cuando todo esto volaba y se sentía en el aire.
A mi solo me queda envidiarte. Porque no existe la envidia sana y la otra…Solo hay envidia y punto.
Desde esos días…solo queda esperar otro delirio. Otros perdedores enojados dejandose de afeitar y quejándose con razón….quizás después de otros pequeños cataclismos.
Ese pobre tipo que no pudo con su alma, simplemente se fue viendo al cañon de una escopeta, un día gris en Seattle. Pero nos dejó cierto fuego. Uno propio, sin tanto ideal de décadas pasadas. Porque como no las viví…no puedo sentirlas.
Son fotos, canciones e ideales metidos a presión, nada más.
El mundo apesta, la sociedad apesta. Nada huele como un espíritu adolescente…
Y porqué debería hacerlo?
Hoy solo me contento con ecos de esos momentos. Solo ecos…porque la creatividad se fue, esquiva como siempre. Solo reapareciendo luego de épocas de grandes crisis, no importan las bajas.
Por eso te envidio. Y la envidia no es ni mala ni sana…
Eso no lo sé, porque no viví esa época…Solo puedo hablar de sus estertores, de tomar distancia y formar cual soldadito cantando el himno…para que luego me hablen de la democracia tipos con camperas de cuero o trajes caros.
No vengo a hablarte de eso, simplemente porque no viví TU epoca. Tampoco vengo a hablarte de esos años oscuros…Sinó de esos años negros…pero los negros de la noche, de la libertad desenfrenada.
Y no te hablo de irme a escuchar zumbidos de máquina mientras me tomo la pastillita de moda. Hablo de algo que no viví…o como mínimo llegué tarde.
Hablo de esa música loca que había empezado a sonar en muchas partes. Como en estas mismas playas, pero tocadas por otros harapientos a los que ya no podía llamarse hippies. No se que mierda eran, pero se como sonaban. Un chico de 8 años no se olvida de ellos tan fácilmente.
Sólo se que vi las cosas de refilón. Vi esa creatividad extenderse descontroladamente por todas partes, como una marea que no daba visos de detenerse. Quizás la tan mentada democracia haya tenido algo que ver…como también tuvo que ver la represión.
Irónica y dolorosamente, no es difícil ver que esa destrucción fue una de las creativas.
Puede hablarse de la luz al final del tunel…pero aún de las sombras del tunel brotaban cosas buenas. Porque todos estaban en las sombras, en el subterráneo de la vida. Muchos de ellos eran perdedores con causa.
Se de uno que no pudo soportar entrar a la adultez y darse cuenta que no era un perdedor a pesar de todos sus intentos. Se que la furia mataba la melodía. Y que la distorsión hablaba por si misma. Que no había futuro y tampoco una pretensión de tenerlo.
El mundo no podia cambiarse pero si moverse. Lo notaba en esas tardes frías en que la radio temía encenderse y sus parlantes desconarse. Algo bajaba desde el norte. Y algo había en este sur, un poco más estrambótico…pero existía, y era nuevo.
Vos tenías mi edad cuando todo esto volaba y se sentía en el aire.
A mi solo me queda envidiarte. Porque no existe la envidia sana y la otra…Solo hay envidia y punto.
Desde esos días…solo queda esperar otro delirio. Otros perdedores enojados dejandose de afeitar y quejándose con razón….quizás después de otros pequeños cataclismos.
Ese pobre tipo que no pudo con su alma, simplemente se fue viendo al cañon de una escopeta, un día gris en Seattle. Pero nos dejó cierto fuego. Uno propio, sin tanto ideal de décadas pasadas. Porque como no las viví…no puedo sentirlas.
Son fotos, canciones e ideales metidos a presión, nada más.
El mundo apesta, la sociedad apesta. Nada huele como un espíritu adolescente…
Y porqué debería hacerlo?
Hoy solo me contento con ecos de esos momentos. Solo ecos…porque la creatividad se fue, esquiva como siempre. Solo reapareciendo luego de épocas de grandes crisis, no importan las bajas.
Por eso te envidio. Y la envidia no es ni mala ni sana…
viernes, 27 de febrero de 2009
La Niña Fugaz
Las piernas ya le dolían, y comenzó a pensar que no se trataba del normal y entendible cansancio que significaban las 6 horas parado en esa esquina polvorienta.
Trató de hacer lo que hacía siempre y solía funcionar: negar el dolor, pensar en otra cosa. En algo banal o mejor aún, enfocarse en algo de ese retorcido mundo que lo rodeaba.
Pero ya no era tan efectivo como antes. La edad pesaba tanto como pesaba ese vil remedo de armadura del medioevo que portaba por horas, solo para dar la ilusión de dureza e invencibilidad frente a unos peatones parecían dar la impresión de no poder esperar la ida de el y los suyos.
Una ida que se alejaba, o como decía la voz grave del frontman de la banda con la que solía deleitar a los novatos que comenzaban a llenar los rangos, Un Dia que Nunca Llega.
Se dedicó a mirar detenidamente a los autos que pasaban por la avenida. Una mezcolanza de mecánicas japonesas, chinas, coreanas y rusas. Quizás algo fabricado por la zona también. Sus compañeros se dividían entre los que lo ayudaban y los que miraban hacia otras partes del perímetro, buscando cualquier cosa que pudiera parecer “anormal”. Desde la primera vez en la que estuvo en un lugar como ese, no pudo quitarse la idea de que tanto el como sus hombres eran algo así como astronautas en un planeta olvidado y cubierto de polvo cósmico. Lo chocante y avanzado de su indumentaria, mas allá de la utilidad de ésta, alimentaba ese parecer. Un grupo de tipos cubiertos de pequeños cuadrados digitales negros y marrones, moviendose pesadamente por la carga de sus chalecos y arneses, no podían hacer mas que resaltar frente a la asi llamada normalidad del lugar. Una normalidad que lo agotaba, más que el dolor de las piernas o el peso del chaleco, las bromas repetidas y la lascivia onmnipresente de sus compañeros de desgracia, tan ajenos a ese planeta como el.
Se deslizó por detrás de un vetusto Corolla que en algún momento fue blanco. Al principio la vió por el rabillo del ojo, justo en ese espacio incómodo donde molesta el marco de los anteojos. Era grácil, como si la túnica marrón la llevase por el viento, efecto que parecían aumentar los delgados brazos y piernas que sobresalian de las extremidades de la túnica. Durante menos de un segundo pensó en llevar la culata del rifle al hombro y seguir la visión, retículo holográfico de por medio…pero la experiencia le hizo desistir de ello.
Se quedó observando, mientras lentamente ponía entre el y la calle el enorme capot del Humvee. El pequeño fantasma marrón sacó una lata de aerosol y comenzó a pasearla por la pared de ladrillos. Un haz verde comenzó a quedarse fijado en el muro…primero una linea, luego un círculo, luego otra línea. Mientras le dedicaba su atención, miró por un segundo a los suyos, parados cansinamente alrededor del vehículo, vigilando la nada hacia todas partes. No parecía haber nada fuera de lo “normal”. Así que siguió con la niña. Ella proseguía con la obra…ya habían mas líneas de otros colores y varios aerosoles estaban en el piso…En uno de esos movimientos El notó un bolso que colgaba de sus hombros. De allí salían las latas. Prestó atención al dibujo….no parecía tener sentido. Una conjunción de líneas, soles, lunas, símbolos y flores aparecían en la pared. La habilidad del fantasma marrón era admirable. Súbitamente se sintió transportado a otra parte, a otro momento perdido de su vida. El pesado calor del Tigris en verano había desaparecido, junto al dolor en sus piernas y la pesadez del blindaje. Lo había reemplazado una fría tarde frente a uno de los miles de riachos de Amsterdam, y una pared con varios pintores urbanos frente a la via de agua… Una de ellas parecía ser un calco del fantasma del desierto. Parada sobre un pequeño banco dando pinceladas. No podía comparar ni la contextura ni la vestimenta, pero si la habilidad, los movimientos rápidos, delicados y a la vez desafiantes. Las líneas que convergían en un punto y luego volvían a separarse, junto con los símbolos y algo parecido a flores de colores fosforescentes…Otra vida. Otra persona.
- Parece que tenemos una artista - . dijo una voz con acento arrastrado del Sur, perdida entre los puentes holandeses. El sacudió la cabeza y miró hacia el techo del vehículo. El Cabo también miraba a la pintora. En su interior agradeció que solo la mirara, y no siguiera con ese instinto adquirido que era el apuntar la enorme ametralladora del techo hacia donde estaba la niña.
Un estampido lejano lo terminó de sacar de su ensoñación. Los hombres se acercaron quedándose alrededor del Humvee. Segundos después la radio comenzó a crepitar con voces bramando órdenes atravesando la estática. Mientras subían al vehículo, algunos maldecían y otros solo se mantenían en silencio. El era de estos últimos. El Humvee arrancó en una nube de polvo. Pudo oir el seco ruido del cerrojo de la ametralladora en el techo, preparándose.
Miró por el vidrio blindado de la ventanilla esperando hallar a la niña. Pero la escena había desaparecido al doblar la esquina. Y mientras se alejaba, solo pensó en el frío y en Amsterdam.
Se dedicó a mirar detenidamente a los autos que pasaban por la avenida. Una mezcolanza de mecánicas japonesas, chinas, coreanas y rusas. Quizás algo fabricado por la zona también. Sus compañeros se dividían entre los que lo ayudaban y los que miraban hacia otras partes del perímetro, buscando cualquier cosa que pudiera parecer “anormal”. Desde la primera vez en la que estuvo en un lugar como ese, no pudo quitarse la idea de que tanto el como sus hombres eran algo así como astronautas en un planeta olvidado y cubierto de polvo cósmico. Lo chocante y avanzado de su indumentaria, mas allá de la utilidad de ésta, alimentaba ese parecer. Un grupo de tipos cubiertos de pequeños cuadrados digitales negros y marrones, moviendose pesadamente por la carga de sus chalecos y arneses, no podían hacer mas que resaltar frente a la asi llamada normalidad del lugar. Una normalidad que lo agotaba, más que el dolor de las piernas o el peso del chaleco, las bromas repetidas y la lascivia onmnipresente de sus compañeros de desgracia, tan ajenos a ese planeta como el.
Se deslizó por detrás de un vetusto Corolla que en algún momento fue blanco. Al principio la vió por el rabillo del ojo, justo en ese espacio incómodo donde molesta el marco de los anteojos. Era grácil, como si la túnica marrón la llevase por el viento, efecto que parecían aumentar los delgados brazos y piernas que sobresalian de las extremidades de la túnica. Durante menos de un segundo pensó en llevar la culata del rifle al hombro y seguir la visión, retículo holográfico de por medio…pero la experiencia le hizo desistir de ello.
Se quedó observando, mientras lentamente ponía entre el y la calle el enorme capot del Humvee. El pequeño fantasma marrón sacó una lata de aerosol y comenzó a pasearla por la pared de ladrillos. Un haz verde comenzó a quedarse fijado en el muro…primero una linea, luego un círculo, luego otra línea. Mientras le dedicaba su atención, miró por un segundo a los suyos, parados cansinamente alrededor del vehículo, vigilando la nada hacia todas partes. No parecía haber nada fuera de lo “normal”. Así que siguió con la niña. Ella proseguía con la obra…ya habían mas líneas de otros colores y varios aerosoles estaban en el piso…En uno de esos movimientos El notó un bolso que colgaba de sus hombros. De allí salían las latas. Prestó atención al dibujo….no parecía tener sentido. Una conjunción de líneas, soles, lunas, símbolos y flores aparecían en la pared. La habilidad del fantasma marrón era admirable. Súbitamente se sintió transportado a otra parte, a otro momento perdido de su vida. El pesado calor del Tigris en verano había desaparecido, junto al dolor en sus piernas y la pesadez del blindaje. Lo había reemplazado una fría tarde frente a uno de los miles de riachos de Amsterdam, y una pared con varios pintores urbanos frente a la via de agua… Una de ellas parecía ser un calco del fantasma del desierto. Parada sobre un pequeño banco dando pinceladas. No podía comparar ni la contextura ni la vestimenta, pero si la habilidad, los movimientos rápidos, delicados y a la vez desafiantes. Las líneas que convergían en un punto y luego volvían a separarse, junto con los símbolos y algo parecido a flores de colores fosforescentes…Otra vida. Otra persona.
- Parece que tenemos una artista - . dijo una voz con acento arrastrado del Sur, perdida entre los puentes holandeses. El sacudió la cabeza y miró hacia el techo del vehículo. El Cabo también miraba a la pintora. En su interior agradeció que solo la mirara, y no siguiera con ese instinto adquirido que era el apuntar la enorme ametralladora del techo hacia donde estaba la niña.
Un estampido lejano lo terminó de sacar de su ensoñación. Los hombres se acercaron quedándose alrededor del Humvee. Segundos después la radio comenzó a crepitar con voces bramando órdenes atravesando la estática. Mientras subían al vehículo, algunos maldecían y otros solo se mantenían en silencio. El era de estos últimos. El Humvee arrancó en una nube de polvo. Pudo oir el seco ruido del cerrojo de la ametralladora en el techo, preparándose.
Miró por el vidrio blindado de la ventanilla esperando hallar a la niña. Pero la escena había desaparecido al doblar la esquina. Y mientras se alejaba, solo pensó en el frío y en Amsterdam.
martes, 14 de octubre de 2008
Y no.
Y no. No podía ser de otra manera, pensó.
Era inevitable la Caída. Porque necesitaba darle tal nombre a ese tipo de cosas. O uno parecido.
Su idea quedó congelada, tan quieta como la mirada de ella cuando lo observaba.
En su fuero interno el se jactaba de tener ojos en la espalda. Porque sus teorías sobre ella resultaban invariablemente ciertas.
Tan ciertas como ella alejándose de su vida.
Con el tiempo había aprendido a esperar. A ser paciente. Lo que no es lo mismo que solo esperar. Porque la paciencia tiene un propósito. Un fin.
Pero con el tiempo también sus fantasmas se hacían mas cercanos, como esos amigos que invitan a ir por el mal camino, aunque para ellos hayan otros senderos al final, más seguros quizás.
Eran esas voces, que siempre creyó dominadas, las que volvían a asaltarlo. No era ella, la de los grandes ojos grises y mirada oscura la que lo estaba juzgando. Era sólo el.
¿Podía llegar a esperar algo que aún no se había ido?, ¿a esperar el retorno de algo que todavía estaba?.
Si. Llegó a esa conclusión. Era un experto en sentarse y esperar...pero aún mas en moverse y ver como los resultados comenzaban a tomar forma...
El la quería de vuelta.
Ella se levantó de la silla y apagó la televisión. El tono azulado de su ropa se volvió casi negro, tanto como su cabello siempre lacio y siempre sugerente. La delgadez de su cuerpo también desapareció junto con la luz plateada que emitía del aparato.
El sintió el contacto de la mano de ella en uno de sus hombros, despidiéndose por la noche.
No pudo contener sentirse irremediablemente solo. Más alla de sus cálculos, sus manipulaciones, sus medias verdades y totales mentiras.
Podía escudarse en su propia vida. Pero no le resultaría una excusa valedera...
Perdió la mirada en la luna gris que iluminaba el mar a lo lejos...y llegó a la conclusión de que aun podía hacer algo. Ahí y ahora.
La vida estaba plagada de pequeños actos de cobardía y heroísmo. Y con el pecho ardiéndole en preguntas que hallaban respuesta casi instantáneamente, cortó el silencio...
-Te quiero.-
-Y yo también.-
Y no tuvo más nada para decir.
Era inevitable la Caída. Porque necesitaba darle tal nombre a ese tipo de cosas. O uno parecido.
Su idea quedó congelada, tan quieta como la mirada de ella cuando lo observaba.
En su fuero interno el se jactaba de tener ojos en la espalda. Porque sus teorías sobre ella resultaban invariablemente ciertas.
Tan ciertas como ella alejándose de su vida.
Con el tiempo había aprendido a esperar. A ser paciente. Lo que no es lo mismo que solo esperar. Porque la paciencia tiene un propósito. Un fin.
Pero con el tiempo también sus fantasmas se hacían mas cercanos, como esos amigos que invitan a ir por el mal camino, aunque para ellos hayan otros senderos al final, más seguros quizás.
Eran esas voces, que siempre creyó dominadas, las que volvían a asaltarlo. No era ella, la de los grandes ojos grises y mirada oscura la que lo estaba juzgando. Era sólo el.
¿Podía llegar a esperar algo que aún no se había ido?, ¿a esperar el retorno de algo que todavía estaba?.
Si. Llegó a esa conclusión. Era un experto en sentarse y esperar...pero aún mas en moverse y ver como los resultados comenzaban a tomar forma...
El la quería de vuelta.
Ella se levantó de la silla y apagó la televisión. El tono azulado de su ropa se volvió casi negro, tanto como su cabello siempre lacio y siempre sugerente. La delgadez de su cuerpo también desapareció junto con la luz plateada que emitía del aparato.
El sintió el contacto de la mano de ella en uno de sus hombros, despidiéndose por la noche.
No pudo contener sentirse irremediablemente solo. Más alla de sus cálculos, sus manipulaciones, sus medias verdades y totales mentiras.
Podía escudarse en su propia vida. Pero no le resultaría una excusa valedera...
Perdió la mirada en la luna gris que iluminaba el mar a lo lejos...y llegó a la conclusión de que aun podía hacer algo. Ahí y ahora.
La vida estaba plagada de pequeños actos de cobardía y heroísmo. Y con el pecho ardiéndole en preguntas que hallaban respuesta casi instantáneamente, cortó el silencio...
-Te quiero.-
-Y yo también.-
Y no tuvo más nada para decir.
viernes, 19 de septiembre de 2008
La Puerta Blanca
Caminaba sin prestar atención más que a sus propios pensamientos. Una manera de carecer de precauciones muy acorde a su personalidad.
Sólo se lamentaba de no haber suspendido los vasos de cerveza que no paraban de surgir de esa heladera, de las redondas y oxidadas que todo estudiante debe poseer para ser considerado tal.
Las baldosas flojas eran su unica preocupación, mas que nada para evitar sumar otra mancha más a sus ya alcoholizados pantalones.La distancia siempre le era de utilidad para evitar terminar la noche de una manera peor. Conforme la caminaba, esa noche se fue haciendo mas pesada.
La niebla iba colándose entre los árboles y los autos que poco a poco se iban distanciando mas entre sí. Señal de que ese barrio, a la luz del sol muy transitado, ahora dormía.
La borrachera iba amainando a medida que el se incomodándose más y más por la niebla que parecia ir recubriendo, poco a poco, a la calle.Era una niebla espesa que derrotaba fácilmente a la luz que a duras penas brindaban los faroles de la vereda, dejando solo un incierto fulgor cada tantos metros.La escena no le agradaba, y su mente, embotada aún, comenzò a generar imágenes que bien podrían haber salido de esas viejas películas de los 30´ que solía devorar en junto a su mejor ex novia-amiga-confesora-inquisidora, en el cineclub barato al que les gustaba concurrir.
Sin mas compañera que su soledad momentánea, siguió caminando. Luchando por olvidar esas creaciones oscuras y siniestras, perdidas en el tiempo.Y casi había logrado su objetivo. Tan sólo reemplazando a Tod Browning y sus castillos lúgubres de utilería hollywoodense, por los más risueños recuerdos de su último raid de camping a las sierras de Tandil en compañía de viejos amigos, cuando una inscripción llamó su atención.
“En esta casa vivieron y estudiaron Marcos, Fernando, Laura y Marcela
Desaparecidos el 12/7/1977.
No los olvidamos
Juan y Mercedes”
Sus pensamientos se volvieron hacia la puerta blanca en la que estaban escritas con marcador esas palabras. A ese recordatorio, a la vez denuncia y clamor enclavado en la madera gastada de esa puerta de calle. Como recordando un tiempo ido, pero presente.
Luego aceleró el paso intentando llegar a la avenida, para enfilar con mas vehemencia a su monoambiente.
Sentía que la noche se volvía más pesada y extraña luego de su fugaz encuentro con ese mensaje del pasado. Solo faltaba una calle cuando oyó ese ruido que se acercaba, al principio difuminado entre el viento y los autos de la avenida; pero luego haciendose más claro, más inconfundible. Esos 6 cilindros no se olvidaban fácil. Menos aún si uno estaba acostumbrado a ver a varios de sus amigos renegar con esos motores de 2.21 o Sprint en el garage.
Un sudor frío corrió por su espalda, a pesar del buzo y la campera de polar.
Siguió mirando hacia adelante, con el falso convencimiento de aquellos que creen que no mirar, basta para no ver. Para negar la existencia de eso que puede amenazar o no...
Pero se sintió extrañamente reconfortado al escuchar, como escapando del interior del auto, los discordantes sonidos de una cumbia escatológica y los siempre festivos (y a esa altura de la noche asqueantes) ruidos del entrechocar de botellas de cerveza.
El desvencijado automóvil pasó a su lado sin que sus ocupantes se diesen cuenta de él ni de la tensión que lo invadía por dentro.
Suspiró aliviado y enseguida llegó a las luces de la avenida, mientras la niebla parecía disiparse en la inmensidad de los cuatro carriles que parecían infinitos.
Minutos después llegó a su departamento con un vacío en el estómago y la sorpresiva sensación de que su borrachera se había disipado casi al unísono con la niebla...y no pudo conciliar el sueño.
Días después intentó buscar esa casa, y volver a ver esa puerta a la luz del día. Pero no pudo encontrarla.
Sentado en el despintado banco de una plaza, intentó razonar sobre esa noche. Pero las copas de más no fueron para el explicación suficiente.
Alguna vez escuchó decir que esa era la Ciudad de las Utopías Perdidas...y esa persona bien pudo tener razón.
Sólo se lamentaba de no haber suspendido los vasos de cerveza que no paraban de surgir de esa heladera, de las redondas y oxidadas que todo estudiante debe poseer para ser considerado tal.
Las baldosas flojas eran su unica preocupación, mas que nada para evitar sumar otra mancha más a sus ya alcoholizados pantalones.La distancia siempre le era de utilidad para evitar terminar la noche de una manera peor. Conforme la caminaba, esa noche se fue haciendo mas pesada.
La niebla iba colándose entre los árboles y los autos que poco a poco se iban distanciando mas entre sí. Señal de que ese barrio, a la luz del sol muy transitado, ahora dormía.
La borrachera iba amainando a medida que el se incomodándose más y más por la niebla que parecia ir recubriendo, poco a poco, a la calle.Era una niebla espesa que derrotaba fácilmente a la luz que a duras penas brindaban los faroles de la vereda, dejando solo un incierto fulgor cada tantos metros.La escena no le agradaba, y su mente, embotada aún, comenzò a generar imágenes que bien podrían haber salido de esas viejas películas de los 30´ que solía devorar en junto a su mejor ex novia-amiga-confesora-inquisidora, en el cineclub barato al que les gustaba concurrir.
Sin mas compañera que su soledad momentánea, siguió caminando. Luchando por olvidar esas creaciones oscuras y siniestras, perdidas en el tiempo.Y casi había logrado su objetivo. Tan sólo reemplazando a Tod Browning y sus castillos lúgubres de utilería hollywoodense, por los más risueños recuerdos de su último raid de camping a las sierras de Tandil en compañía de viejos amigos, cuando una inscripción llamó su atención.
“En esta casa vivieron y estudiaron Marcos, Fernando, Laura y Marcela
Desaparecidos el 12/7/1977.
No los olvidamos
Juan y Mercedes”
Sus pensamientos se volvieron hacia la puerta blanca en la que estaban escritas con marcador esas palabras. A ese recordatorio, a la vez denuncia y clamor enclavado en la madera gastada de esa puerta de calle. Como recordando un tiempo ido, pero presente.
Luego aceleró el paso intentando llegar a la avenida, para enfilar con mas vehemencia a su monoambiente.
Sentía que la noche se volvía más pesada y extraña luego de su fugaz encuentro con ese mensaje del pasado. Solo faltaba una calle cuando oyó ese ruido que se acercaba, al principio difuminado entre el viento y los autos de la avenida; pero luego haciendose más claro, más inconfundible. Esos 6 cilindros no se olvidaban fácil. Menos aún si uno estaba acostumbrado a ver a varios de sus amigos renegar con esos motores de 2.21 o Sprint en el garage.
Un sudor frío corrió por su espalda, a pesar del buzo y la campera de polar.
Siguió mirando hacia adelante, con el falso convencimiento de aquellos que creen que no mirar, basta para no ver. Para negar la existencia de eso que puede amenazar o no...
Pero se sintió extrañamente reconfortado al escuchar, como escapando del interior del auto, los discordantes sonidos de una cumbia escatológica y los siempre festivos (y a esa altura de la noche asqueantes) ruidos del entrechocar de botellas de cerveza.
El desvencijado automóvil pasó a su lado sin que sus ocupantes se diesen cuenta de él ni de la tensión que lo invadía por dentro.
Suspiró aliviado y enseguida llegó a las luces de la avenida, mientras la niebla parecía disiparse en la inmensidad de los cuatro carriles que parecían infinitos.
Minutos después llegó a su departamento con un vacío en el estómago y la sorpresiva sensación de que su borrachera se había disipado casi al unísono con la niebla...y no pudo conciliar el sueño.
Días después intentó buscar esa casa, y volver a ver esa puerta a la luz del día. Pero no pudo encontrarla.
Sentado en el despintado banco de una plaza, intentó razonar sobre esa noche. Pero las copas de más no fueron para el explicación suficiente.
Alguna vez escuchó decir que esa era la Ciudad de las Utopías Perdidas...y esa persona bien pudo tener razón.
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