lunes, 6 de febrero de 2017

Ballena

Tan pronto las ruedas se despegaron del asfalto y las alas del pequeño avión mordieron el aire, el viento del noroeste lo recibió con ese lánguido apretón de manos que tienen aquellos poco dignos de confianza.
Fiel a su entrenamiento, bajó un poco la nariz quedando al ras de la pista y permitió que el aparato ganara un poco más de velocidad. Una ráfaga de viento lo obligó a bajar un poco el ala de la derecha mientras jugaba sutilmente con los pedales del timón para mantenerse sobre el eje de la fina linea de asfalto. 
Se hallaba solo en la cabina, por lo que ascendía rápidamente. Quitó flaps y a los pocos segundos estaba fuera del circuito del aeródromo, buscando el Este y la costa.
Conforme iba tomando altura, la turbulencia de lo que había sido una cálida tarde vino a su encuentro de una manera un poco incomoda: los vientos que subían por las edificaciones costeras solían entorpecerle esos tempranos momentos del vuelo.
Se encontraba ahora sobre el límite norte de la ciudad, la cual le otorgaba una vista más que amplia de la misma. Miró hacia su derecha y concluyó que lo que le sobraba a esa imagen era una brutal honestidad: por las ventanillas de plexiglas se veian los chalets entre pinos y acacias del norte y los altos edificios de la costa, el asfalto de la zona céntrica y los boulevards, las casas bajas residenciales de la parte media y también las casillas de chapa, madera y ladrillo sin revocar de los asentamientos del sur, cercanos a la ruta interbalnearia; también los bosques frondosos de los extremos y las casas sin terminar de los barrios del gobierno. La belleza de lo bien hecho y los monumentos a la desidia y la estupidez política. Siempre las imágenes valían mas que las palabras, y a 2000 pies de altitud, no mucho podía refutarse.
El paneo de su vista le generó un bufido que prefirió contrarrestar recordando el propósito de su vuelo. Giró hacia el sur y siguió en ascenso, la leve turbulencia había desaparecido casi totalmente.
Tenía la sensación de estar a caballo entre la tierra y el mar, volando establecido justo sobre la línea de la costa. A su izquierda tenía la inmensidad azul verdosa del océano, a la derecha el amarillo amarronado salpicado de verde de los médanos y la tierra. Apenas un par de nubes altas se alejaban muy lentamente hacia el medio del Atlántico.
Siguió asi por varios minutos, con el viento ligeramente de cola ayudándolo a alejarse del pueblo. A 4000 pies volvió a nivelarse y a ganar un poco de velocidad. Según sus conocimientos sobre el aparato que piloteaba, se acercaba a un buen nivel de eficiencia con respecto a consumo. Aunque lo que más le interesaba era volverse solo un punto para algún observador desprevenido.
El viejo Faro, ese que parecía siempre haber estado ahí ,y era probable que asi fuese, hizo su aparición casi repentinamente con su antigua estructura a rayas negras y blancas resaltando por sobre un monte elevado entre los médanos. Ascendió 500 pies más y esperó unos momentos, con los ojos puestos en la pequeña pantalla del navegador que tenía adosado por ventosas al panel de instrumentos.
Suspiró nerviosamente y acto seguido inició un giro a 90 grados: toda su vista se llenó con el Atlántico que tenía al frente y por debajo.

Hacía apenas un mes del vuelo anterior, un translado en bimotor a una altura inferior y una coincidencia causal  habían entremezclado la realidad con esos mitos que siempre rondaban y le atraían. El viento era similar y la hora y la luminosidad parecidas. Sus acompañantes no repararon en las sombras que el mar dejaba ver en esos mismos momentos, y el no tuvo intención de alertarlos. La idea y el enigma habían sido lo suficientemente poderosos como para haber dejado una marca dactilar en la pantalla de su GPS justo donde estaba viendo la mancha grisácea. La misma marca traducida a coordenadas que había puesto en pantallas de computadora, cartas en papel e impresos de mapas satelitales. A la cual iba acercándose a medida que el símbolo del avión se movía hacia la posición en la brillosa pantalla de la tableta, adosada a unas ventosas en el tablero, resaltando, casi desubicada entre los antiguos instrumentos del mismo.
De a poco se fue adentrando en el mar. A los pocos minutos la costa era un delgado trazo oscuro con el sol de la tarde sobre ella.
Un ligero cambio de sonido en la hélice lo hizo sobresaltar de una manera aterradora.. Si al motor se le ocurría plantarse, a esa distancia ya le era imposible llegar a la playa planeando. Y el frío invernal le daba pocas esperanzas de salir nadando de un eventual amerizaje afortunado. Pero la experiencia le decía que era solo un movimiento asociado a la turbulencia. Aún así las ganas de saber que era Eso, y la propia sombra de la idea lo habían llevado a quebrantar más de una norma preescrita para un monomotor sobre el mar.
La T de las alas hacia sombra en el agua, ahora de una tonalidad verde y azul. Se sentía cómodamente extraño entre tanta inmensidad y sin ningún tipo de contención. El orden natural de las cosas debía sentirse así, o al menos las busquedas con un sentido propio.
El pequeño avioncito de la pantalla estaba apenas a media milla del punto de referencia cuando la flecha del vetusto pero útil radiogoniómetro que estaba en un cuadrante a su izquierda empezó a dar vueltas alejándose de la estación del aeropuerto y comenzó a marcar un sudeste oscilante, un poco a la izquierda de su curso.
Cambió la frecuencia del ADF pero el resultado fue el mismo, la movediza punta de la flecha indicando otro rumbo. Era raro, pero no por eso dejaba de ser parte de la escena.
Su memoria le recordó situaciones sobre las cuales había leído desde joven, con una particular sensación de estar recorriendo el mismo camino que otros.
Los edificios de la ciudad se desvanecían hacia el sur, y esta se fue volviendo una masa grisácea que colaboraba con la atemporalidad de todo el ambiente. Salvo por los instrumentos que lo guiaban y ataban al tiempo desde el cual había despegado.
El simbolo del avión de la tableta estaba sobre la marcación que había digitado esa otra tarde fortuita; afecto a los procedimientos, controló todos los indicadores del aparato, con mucha atención en los del motor y combustible, y acto seguido redujo la potencia, se irguió un poco mirando sobre el capot y comenzó un descenso en espiral suave. Intentando ver en todas direcciones sin que la propia aeronave presentara puntos ciegos por mucho tiempo.
Y por esas ironías de la modernidad y su precisión satelital., ahí estaba.

Primero fue una línea mas oscura que se engrosaba en parte hacia atrás, según la luz de la tarde y sus caprichosos juegos opticos. Luego, conforme aumentaba el descenso, una forma parecida a lo que recordaba se dejo ver. Aún así lo primero que le vino a la mente fue la imagen de una ballena varada, algo muy distinto que aquellos lobos grises de las leyendas modernas.
Dejó que el Cessna alcanzase los 1000 pies y luego decidió bajar hasta los 300. Con suerte aquello que había hecho desviarse la aguja del ADF no iba a interferir con el buen funcionamiento del motor.  Ya estaba en el lugar y no podía, ni quería, echarse atrás.
A esa distancia la imagen dejaba pocas dudas. La ahusada silueta de la nave daba una amenazadora y fantasmal sensación de furtividad. No importaban la corrosión que horadaba el casco con manchones de peste naranjas y rojizos, ni lo escorado que estuviese.
La parte superior de la torre casi superaba la marea. Conjeturó que era probable que las fuertes tormentas que habían golpeado la costa desde el sudeste ya hacía varios meses, podían haber sido las culpables de que el lecho de moviese y el submarino hubiera vuelto casi a la superficie. Confirmando teorías y desechando mentiras convenientes.
La unica verdad era la realidad, como había dicho el que los había traído.
Podía imaginarlo navegando,  la proa cortando el agua con espuma blanca mientras los oficiales observaban con binoculares en la torre y el cañón de proa basculaba con varios marineros al borde del mareo. Los servidores de las antiaéreas en la parte de atrás de la torre observándolo y siguiéndolo con las armas listas, como toda ave sospechosa que no merecía una inmersión de emergencia. Fotos mentales de una época ida y de historias que habían ido a continuar o terminar a unas costas perdidas al sur de cualquier parte.
Lo sobrevoló en círculos por unos minutos más, regodeándose en el secreto, pero el sol que avisaba con ocultarse hacia el oeste lo convenció de volver. Quizas retornarìa en otra ocasión. O Quizás no.
Puso proa al norte en ascenso sin mirár atrás. La escena debía ser la que había presenciado y no otra. No quería chocarse con la idea de volver a ver y que la vieja ballena de acero no estuviese ahí. Y que la sugestión le hubiera jugado una mala pasada.
Ahora su interés de hallaba en volver al vuelo normal, a la línea de la costa que ahora se le antojaba muy lejana. Los signos de la ansiedad hicieron su aparición: respiró profundo y dejó que el avión siguiera volando hasta que estuvo nuevamente sobre la playa.

El sol se ocultaba con destellos naranjas, amarillos y azules, el viento había desaparecido y el mar comenzaba a tomar una coloración azul oscura.  A lo lejos vio las luces del aérodromo desierto. Perdidas al fondo entre la iluminación de una ciudad que se preparaba para otra noche de invierno cualquiera.
Viró sobre el extremo norte del pueblo, con las luces de posición aún apagadas. La prolongación de la pista sobre la costa le recordaba veranos felices y personas que compartían sus leyendas. Y silencios que mantendría de momento.
Se aproximó despacio y  desde lejos, con el motor totalmente reducido y sin flaps,  de alguna manera creyendo en la furtividad de lo que había visto.
Las ruedas del aparato chirriaron apenas sobre el asfalto, un aterrizaje pasable, considerando que si no fuera por las balizas, la pista sería una ininteligible línea de nada a esa hora.
Entró a la calle de rodaje y cayó en la cuenta de que la flecha del ADF volvía a indicar la antena de la aeroestación. Mejor así.

Rato después se hallaba en la costa, a pesar del frío y la humedad. Intentando procesar lo que había confirmado, y esperando que el oscuro gris del mar mantuviera a la bestia oculta un tiempo más.
Al sentarse en el auto reparó en las hojas de papel que solía usar para anotar los datos de las navegaciones. Las coordenadas de su hallazgo estaban ahí, con grueso marcador rojo.
Arrancó ese pedazo de papel y mientras volvía, pensó en cual libro de los cientos de su biblioteca iría a esconderlo.
Porque si alguien escondía algo, era para luego volver a hallarlo.    


 








lunes, 22 de febrero de 2016

Ensoñación.

La fila desalojaba la sala por ese pasillo, que nunca antes se le habìa antojado tan estrecho. Conforme el paso de los años y la vida, el cine/teatro del centro habia ido empequeñecièndose en su mente, una imagen nutrida de experiencias en otros lugares y espacios, pero que aún asi no dejaba de fascinarlo luego de que las luces se encendìan al apagarse el proyector o bajaba el telòn.
Si habìa algo que le agradaba de esas proyecciones, era el salir a la vereda con ese leve efecto de ensoñaciòn que solo el cine podìa dar y que ningùna pantalla plana o de alta definiciòn podia imitar.
Con la mirada en las baldosas gastadas del lobby para evitar el saludo de rigor a conocidos, ganò la calle: otro fin de semana largo y el molesto pulular de turistas sin saber demasiado que hacer en la 3 atestada. Tamborileos estridentes de todo tipo y la sensaciòn de que "eso" que hacía a este pueblo tan característico se iba difuminando con el paso del tiempo y el cambio de costumbres.
Sonò el ringtone del telèfono. A un par de calles estaba el bar de siempre. Su mistica reflotada a pulso de videos en HD y un par de amigos con los cuentos usuales lo esperaban: un sabado màs.
La apariciòn de uno de esos personajes que no se veìan hacìa tiempo y del que se extrañaban sus invitadas seriales de cerveza a precio estirado, cambiò sus planes de irse a la cama relativamente temprano.
Horas despuès salió del local, pasando al lado de otros bares de generos distintos mientras su cabeza recorrìa los recuerdos de cada uno de los pasos que daba hacia su casa. Cada metro tenìa uno particular. Por eso esas calles eran su hogar, como el de tantos otros.
Podìan cambiar los edificios, el pavimento, los letreros y la mùsica, pero con un poco de suerte, si se escarbaba un poco, se convenciò que a pesar de todo, la esencia era la misma. 
Tenìa que serlo.
Con el punteo de un bajo de unos 80`s no tan lejanos aùn retumbando en sus oidos, gracias al eclecticismo desafiante del DJ, se alejo del ruido y subiò la loma del centro ahora semidesierto.
Un par de perros olisqueaban los tarros de basura. Preparandose para el banquete de madrugada al pasar de unos pocos autos que volvìan a sus casas despuès de una noche terminada.
La niebla de ese verano tardìo que no terminaba de dar paso al otoño le hizo recordar el pasaje de la pelicula que habìa ido a ver.
No era tanto el argumento lo que le atrajo, una madeja de a ratos inenteligible de pareceres existenciales tan en boga hacìa un par de decadas en el cine nacional, sino las instantaneas moviles de ese tiempo que apenas podìa recordar y como tantos, añoraba secretamente.
Los autos estacionados tenìan algo que la propia niebla colaboraba a sostener. No podìa precisar bien, como tampoco podìa ser exacto en cuanto a la cantidad que habìa bebido hasta hacìa solo unos momentos. Pero la familiaridad de lo que lo rodeaba lo hacìa sentirse comodo y a la vez inconscientemente agradecido del momento que estaba viviendo. No era algo comùn en esos tiempos.
El ruido de un arranque fallido de motor captò su atenciòn a lo lejos. El unico auto que intentaba moverse era ese tan familiar de lineas agresivamente redondeadas. Lo habìa visto hace muy poco, y ahora volvìa a cruzarselo.
No le extrañó ver en el asiento del conductor del Carabela a ese tipo delgado y desgarbadamente elegante, tan atemporal como el automovil, luchando por encenderlo. Ambos sabiendo que de manera inutil.
Con la vista obnubilada buscò a la bailarina y al futuro delincuente, pero no pudo verlos por ningùn lado. Solo habìa un par de autos viejos y unos carteles de neòn de los que ya no se veìan mas.
El Flaco y El cruzaron miradas, sabiendo que no podìan ayudarse. Solo hubo un saludo de esos leves, como los que se dan dos viajeros que se cruzan en medio de ninguna parte.
Siguiò su camino hacia el sur, mientras el discordante ruido del motor del Carabela que luchaba por encenderse se alejaba y el distraìa su mirada con un paisaje ido. Locales que ya no estaban y luces con nombres volvìan a brillar solo en recuerdos.
No supo cuando, pero el amanecer disipò la niebla y con el vino la gris familiaridad de lo cotidiano, junto con el gruñido de su alma al frente a esa estatua que le recordaba al conductor varado y a la mediocridad de aquellos que quieren poner en bronce un sonido.




sábado, 31 de enero de 2015

El Viejo

Su principal interés, esa tarde gris y calurosa de marzo, se centraba en que ningún grano de arena se metiese en los negros intersticios del cassette que hacía un rato acababa de adquirir y el cual estaba quitando del walkman para insertarlo de nuevo en la caja de plástico, la que tenìa esa llamativa carátula del bebé flotando en una piscina frente a un anzuelo de un dólar.

A lo lejos, sus amigos, armados de coloridos bodyboards, se internaban  una y otra vez en el mar, el cual los devolvía a las cercanías de la orilla con el triple de la rapidez y una ínfima parte del esfuerzo que ellos ponían en intentar llegar a la rompiente.
De eso se trataba, pensó, un poco de sangre, sudor y lágrimas. Sin la sangre y en general, solo las lágrimas de la sal marina.

Por momentos, la conjunción de cielo plomizo y el color acero del agua se le antojaban tediosas, de no ser por la variación que daba el perfecto romper de alguna que otra ola o la vuelta a la costa de alguno de sus amigos, extenuado de intentar correrlas.
A sus espaldas un ruido discordante, rápido y repetitivo hizo su aparición . Miró hacia atrás esperando ver llegar la XR 100 de otro de sus amigos, veterana de mil batallas en los médanos, pero resultó ser otra moto, corriendo hacia el sur por la costanera.

En ese momento volvió a verlo nuevamente: sentado con la espalda recta en una de las sillas de madera barnizada que llenaban la parte externa de  la pretenciosa imitaciòn de balneario estilo griego justo delante suyo.
Solía ir ahí por las tardes, mientras que por la mañana era común verlo caminando por la playa, siempre descalzo, la silueta que alguna vez habìa sido delgada dentro de una camisa khaki,  con un sombrero color gris, en compañía de una anciana de aire altivo y una llamativa cabellera blanca.
Era un ritual que parecía repetir todos los años, desde mediados de octubre hasta los primeros fríos de abril. Como algunos otros que sólo eran atraídos por los calores de la primavera y el verano y que luego  huían cuando existía la verdadera confirmación del invierno por venir. El viejo era de los que ahuecaban el ala cuando el frío húmedo de la pampa costera aparecía en escena. O al menos era lo que el y sus amigos habían concluido una noche mientras veían quemarse cajas de vino barato bajo el humo dulzòn de ramas de tamariscos, eucaliptos y demás plantas.
Se decían que la  pareja habitaba una amplia y espartana casa alpina que se hallaba a un par de cuadras de la playa y que permanecìa cerrada todo el otoño y el invierno, como la mayoría de las viviendas del norte, que lentamente empezaban a cobrar vida con los primeros fines de semana de la primavera.

Guardó el walkman y el cassette en su reseca mochila y sacó un par de monedas de uno de los bolsillos: el calor y la cercanía del kiosco del balneario le habìan hecho tentarse con una gaseosa.
Aunque en el fondo sabía que realmente la lata de Coca-Cola era apenas una excusa para observar nuevamente al personaje que leía ese indescifrable diario todas las tardes en las mesas del patio.
Esa tarde parecìa estar distraido mirando el mar, sin prestarle demasiada atenciòn a las letras goticas del matutino mientras bebía una taza de manzanilla.
Subiò las escaleras de feo color verde que daban paso a la terraza y una sensaciòn extraña lo invadió en el momento que el anciano se parò y se acercò al borde de la terraza, taza de te en mano.
Por un momento se sintiò transportado a una de esas tardes de domingos de infancia en casa de sus abuelos: con el televisor mostrando una vieja pelicula en technicolor y su abuelo chasqueando la lengua en señal de que habìa algo equivocado o una sucesiòn de clichés en el film.
Asi eran los dejavús, nunca se esperaban y mucho menos eran fáciles de entender. Asi como tampoco lo eran los hombres de gris de esas pelìculas de colores brillantes, de pie y resueltos a todo, con el ceño fruncido y el porte marcial de una época ida. Tan lejana a su parecer como esa playa y ese verano que finalizaba.
Pero ahì estaban, encarnados en el viejo, que se irguió casi arrogantemente frente al borde de la terraza y se quedó observando el mar. Entrecerrando los pequeños ojos azules, molestos por el sol que volvìa a aparecer.
Siguió su camino hacia el interior de la confitería del balneario y pidiò la gaseosa. El empleado, hastiado por una temporada agotadora, le dijo que la tomara el mismo de la heladera, cortesía de la empresa. A fin de cuentas se conocían desde hacía unos años y el dueño del lugar no merecìa mayor fidelidad.
Cuando se volvió hacia la entrada, con la ligera sorpresa del regalo aún fresca, su ojo entrenado vio a lo lejos como se formaba la que parecia ser la mejor serie de olas de toda la jornada: una a una iban a ir creciendo para luego deshacerse en una forma ordenada, casi perfecta, hacia la derecha en la rompiente.
Dentro de esa sucesión contempló la lucha de dos de sus amigos por montarse a esas olas. El primero pasó por arriba de una de ellas y se vio obligado a sumergirse para evitar que la posterior se lo llevara.
El otro tuvo un mejor cálculo de tiempo y brazadas mas potentes, giró sobre si mismo y se dispuso a bajar la tercera, monumental onda de la serie.
La ola se cerró sobre si misma como si de una enorme boca se tratase. Lo último que pudo ver de su amigo eran el y su tabla dirigiéndose muy rápido hacia la base de la mole gris, con lo que suponía el fondo arenoso muy proximo a la orilla. Y muy rapidamente esperó el resultado.
Al romper la ola, por un segundo el chico desapareció y al instante vió el fucsia y negro de su tabla salir expelido hacia el aire con una gran velocidad. La pita cortada solo auguraba un mal final.
Por unos momentos nada ocurrió, hasta que de entre el espumón una figura maltrecha empezó a avanzar casi a tientas. Como si se tratara de lo que realmente era: un hombre joven que habia recibido la paliza de su vida.
Apenas llegó a la orilla, se dejó caer de rodillas y un vomito de agua salada brotó desde sus entrañas mientras sus otros compañeros se acercaban, con esa mezcla de gracia y preocupación tan cara a su edad.

Una ligera risa lo hizo volverse. El viejo movia la cabeza hacia los lados como si se tratara de un abuelo que desaprueba con sentido paternal una travesura.
Se acercò hacia la escalera y al hombre. Sus pequeños ojos azules cobraron una vida inusitada y su sonrisa se tornó en algo casi antinatural, tan crudamente orgánico como el abultamiento que se veìa en su mejilla izquierda. Como una vieja marca de esas indelebles que solo dejaban la violencia y el fuego.
- Es así este mar, a veces nos lleva y a veces nos trae.- dijo, con algo de acento entrecortado y soltando una risita ligeramente cómplice

A sus espaldas se escuchò el sonido agudo de un motor. La costosa break Mercedes se posicionò torpemente entre los dos únicos autos del estacionamiento. De ella se apeó una mujer rubia de unos treinta y tantos, que compartía con la esposa del hombre el mismo porte altivo y el gesto severo .Se quitò los anteojos de marco grande, descubriendo detràs de los lentes casi los mismos ojos pequeños, azules y vivaces
El empleado se acercò a la puerta e hizo ademàn de saludarla con una amistosidad forzada, a lo cual ella sólo contestó moviendo la delicada mano derecha con un notable desgano.
El viejo dijo algo en otro idioma, le hizo un ademàn de saludo,  tomò su sombrero, el diario y caminando a paso lento pero firme se dirigió hacia el estacionamiento.
Las palabras, aùn sin entenderlas, tuvieron un significado interno para el. Podìa sentir algo parecido al temor en su sonoridad, en el sentido castrense que le dió a la frase. No podía identificar bien qué, pero si algo entendiò de ese encuentro, era que el pasado muchas veces no se iba.
Estaba presente y vivo, aún ahí, del otro lado de las olas.






lunes, 4 de agosto de 2014

Baldío.

De la última vez recordaba la esquina a la vuelta de mi casa, en ese entonces un terreno baldío solo habitado por un par de pinos y alguna acacia que delimitaban un par de casas y un complejo turístico.
Elegí tal lugar solitario, esa tarde gris de hace casi un cuarto de siglo, para descargar mi bronca por lo que un  mexicano con veleidades de árbitro nos había arrebatado. Las ganas de un festejo perdurable y a la vez facil de diluir en lo cotidiano, del que la ocasión anterior solo tenía los recuerdos muy vagos de la 104 y 3 bajo un sol de tarde invernal en el 86, se habían esfumado. De penal.
Retenía de esa fotografía mental un gran silencio y una bronca aún mas grande, porque esa alegría disipable y posible nunca se había llegado a materializar nuevamente. Bronca de haber estado tan cerca y a la vez de llegar a ese objetivo casi obligado, para tantos y para tan pocos.
Solo pasó un tiempo y todo eso se disipó, el sentido común nuevamente en su lugar. La pelota era el opio de los pueblos, de eso se trataba.
Y de eso seguía tratandosé aún hoy. Un cuarto de siglo después.
Dejé la casa de mis amigos luego de quebrar toda tonta cábala y sin todavia reflexionar demasiado sobre el partido. A fin de cuentas  se trataba de cierta manera de sobredimensionar lo que para muchos es una pasión o en el peor de los casos, un interés.  Amén de una hermosa y épica tapadera de problemas mas tediosos que los Si o No de un Enganche xeneize.
El invierno geselino mostró su cara mas deprimente, climatológicamente hablando, esa domingo. Una niebla transilvana cubría todo, con alguna que otra luz venciendo apenas la cortina gris que venía del mar.
Pero por raro que parezca eso no hacia mella en el entusiasmo de mucha gente. Yendo por la 3 con las banderas a pesar de todo, entonando el ya insufrible cover de Creedence Clearwater Revival una y otra vez, por más que la realidad hubiera dictado la derrota. Pocas cosas mas argentinas que mojarle la oreja a tu rival.
Enfilé para mi casa y en un momento reparé en esa esquina de hace casi 25 años. Varios duplex habían invadido el viejo baldío. Un maltés me ladró desde el otro lado de la reja, asustado por los ocasionales petardos. Muchos menos de los que hubieran anunciado un triunfo.
Pero a nadie le importaba demasiado, pensé. Para otros la tristeza nao tem fim.


jueves, 27 de febrero de 2014

Cajita magica.

Portaba mi primo una caja verde de pequeñas tablitas clavadas que seguramente habìa sido acreedora a un  4 como màximo en las clases de taller del Industrial, como si fuera el mas grande de los tesoros. Uno que nos permitirìa pasar algunas de las frìas tardes de las vacaciones de invierno madariaguense, encerrados con algo que consideràbamos como mìnimo, "novedoso."
El y yo habìamos agotado muchas de las ideas del usual vandalismo que todavìa los chicos de 8 a 11 o 12 años podiamos expresar en la calle en esas épocas.
Se habían doblado llantas de bicicletas y maltratado sus cuadros, roto vidrios de vecinos, y usado el barrio como campo de batalla urbano con otros chicos del lugar gastando los sobrantes de petardos de la navidad Ya solo nos quedaba repetir las tropelìas, hasta que, en algún momento, la edad y la pèrdida de la inocencia relegasen todo a un buen recuerdo.
Tenìa ese "ordenador", como extrañamente le dicen los españoles, desde hacìa un par de años. En cierta manera se lo debìa a Claudio Paul Caniggia y al gol que le habìa hecho a Brasil previo pase del Diego una tarde de 1990. Mi padre me habìa prometido que si Argentina sacaba a su "pais hermano" del Mundial de Italia, mi hermana y yo ibamos a recibir un obsequio.
No creo que le importara saber que ya habìamos descubierto la voluminosa caja de cartón negra debajo de su cama y que ni siquiera el infame cuadrúpedo de Codesal iba a impedir la entrega del mismo, dìas despues de ese domingo gris de catàstrofe mundialista.
 Habíamos desalojado a mi abuela de su habitaciòn por varios dìas en un vil intento de poder armar nuestro dispositivo de divertimento invernal: de la caja negra con las palabras CZ Spectrum que habìa traido desde Gesell luego de un epico viaje en el Montemar, saquè un grueso teclado negro con unas llamativas teclas de plástico blando celeste, decorado con un no menos llamativo arcoiris en uno de sus ángulos, unidos a un enorme transformador que parecìa querer absorber toda la electricidad de la casa. Un grabador de cassette Hitachi y un viejo televisor Philco B&W, resabios de la època del "deme dos", completaban la trìada destinada a intentar quitarnos el aburrimiento de las tardes por venir en el ya demasiado tranquilo General Madariaga.
Todo eso, sin contar el cablerìo: conectando el grabador al teclado y este al televisor, y otros tantos cables a la red electrica, un pobre enchufe de dos patas sostenìa un triple fabricado hacia 40 años del cual salìa toda la madeja.
Pero nada de eso nos importaba demasiado, determinados a meternos de lleno en esa pantalla vieja, ahorràndonos el precio de las máquinas de los salones arcade que habìan empezado a brotar de todos lados como venìan haciendolo los lavaderos, videoclubes y las ya extintas canchas de paddle.
Abrì el barato candado chino que guardaba el cerrojo de la cajita verde y me encontré con un par de decenas de viejos cassettes, prestados por un amigo de mi primo, el cual ya les habìa sacado el jugo durante años. Los primeros no nos convencieron, versiones del Pac-man y Tetris, juegos a los que nunca les habìamos prestado mucha atenciòn desde nuestra mas tierna infancia, cuando por unos australes podìamos comprar la ficha para empezarlos y jamàs terminarlos, aunque ahora sin que se convirtiera en un presupuesto.
Probè con otro que parecìa ser un simil Wonderboy, a juzgar por el dibujo mal fotocopiado de la caràtula del cassette. Apretè play en el grabador y LOAD desde el teclado, y, oh sorpresa, no se dignó a correr.
La buena Spectrum ya tenìa sus años, pero el "Sinclair 1982" que surgìa en letras negras sobre fondo blanco como anuncio al encenderla no nos desmoralizaba. Querìamos descubrir sus secretos, o al menos pasar un buen rato sin tener a un vecino corriendonos después de haber roto algo en esas tardes de siestas eternas.
Uno tras otro pasaban los candidatos, sin resultado, y asi tambièn pasaba la tarde. Load, play, un par de chirridos...y el juego no se dignaba a aparecer en la triste pantalla del televisor. Empezabamos a creer que nuestra frustración de gamers de la edad de piedra tenia mucho que ver con las fotos de la querida Margaret Thatcher regalando Spectrums a dignatarios extranjeros como prueba triunfal de la tecnologia britànica para el pueblo, cuando mi primo tomò otro de los cassettes.
La caja tenìa uno de sus costados rotos y la caràtula parecía haber sido dibujada por el amigo benefactor, aburrido en su pupitre una mañana de escuela: Las palabras Enduro Racer escritas con fibrón sobre un recorte de hoja milimetrada, muy probablemente destinadas a las horas de matemàtica,  y lo que parecía ser una moto con un monigote simil piloto de carreras sentado en ella.
Acto seguido conecté un joystick negro con enormes teclas amarillas, Made in Argentina alfonsinista, que habíamos comprado en previsión de los juegos, mas allá de que el proposito original de la vetusta máquina hubiera sido lo "educativo".
Mientras el sol de julio desaparecía rapidamente por la ventana del patio, empezamos con la letanìa del Play, Load, cuatro padrenuestros y 5 avemarías a ver si ese puto juego se dignaba a correr.
Fueron un par de minutos de chirridos en el grabador y gráficos extraños en la pantalla del batallado Philco hasta que nuestra perseverancia se vio coronada con los cuadrados sprites de una moto con el titulo del juego y una horrible melodìa midi, pero que para nosotros nos sonaba tal cual una sinfonìa de Roxette.
Un par de teclas y en pocos segundos estaba al mando de una moto de enduro que simulaba ser una pieza de alta ingeniería del año 1987, corriendo por una ruta de tierra que exudaba todo el realismo que un televisor blanco y negro y un procesador de 64kb podían dar en ese entonces.
Fueron momentos gloriosos. Las tardes restantes del invierno estaban salvadas: horas y horas de alienación electrónica iban a ser el fruto de otras tantas horas y horas de lucha contra esa maraña de cables y tecnología setentosa. Era la novedad, oculta para nosotros desde hacía años. Era la diversión que tantos otros tenían y ahora podíamos disfrutar. Era esa motito y tantos otros maravillosos sprites mas que habian estado por años aprisionados en esas jaulas de plástico y cinta magnética, ahora liberados por nuestra estoica búsqueda de vicio.
Pero de repente la imagen se achicó a la nada y la pantalla del Philco quedó muerta. El horror nos invadió luego de esos segundos de extasis y asombro.
Algo estaba mal, algo iba fuera del cuadro. Y ese algo era nuestra abuela, entrando a su habitación para ver que había sido de sus nietos: habia abierto la puerta y esta habia enganchado el triple, que había salido despedido y junto con el el grabador y la pesada fuenta de alimentación de la Spectrum.
Durante dos segundos reinó el silencio, y luego dos niños estupefactos se convirtieron en un par de energúmenos capaz de aprender lituano para poder insultar en otro idioma más a su propia abuela.
Esta huyò espantada, aúnque las consecuencias vendrían despues. Y eso ambos lo sabíamos. Los manuales de crianza progresistas no tenían lugar en esas bibliotecas.
Mientras tanto, mi primo y yo contemplanos los cables, el grabador debajo de la cama y la fuente desarmada...y volvimos a empezar.
La moto tenía que seguir su camino.




domingo, 12 de enero de 2014

Dibujo


Arrojó la bola de papel desganadamente al suelo de tierra, esperando se perdiese entre la maleza que crecía al costado del sendero, seguro de que la lluvia del jueves en poco tiempo harìa bastante ilegibles los finos y alargados trazos de Helen. El barro bajo sus botas parecía secarse lentamente luego de uno de los repentinos aguaceros del día.
Súbitamente sintió esa conocida incomodidad interna, al posarse los densos rayos de sol de la tarde sobre su rostro. Se quedó quieto y por un momento miró fijo hacia la luz que lo cegaba, atraído casi sádicamente por ellos.
Mantuvo la vista al cielo hasta que el ardor en sus ojos se calmó al poner su mano derecha sobre la frente y mirar hacia el piso. Las heridas sanaban de a poco: ya podía moverla sin que le molestara demasiado.
En ese momento miró a su alrededor, con súbita verguenza por su propia imagen congelada.
Dos coolies parecían discutir por dinero, o por lo que fuera que los chinos solían discutir usualmente. Otros tantos operarios subidos a una escalera cambiaban las roídas chapas de uno de los hangares, todo lo presurosamente que el sol del atardecer se los permitía.
A lo lejos un camión hizo su aparición circulando pesadamente por la custodiada entrada, con su remolque a la rastra. Uno de los P-40 del escuadrón descansaba sobre el, con ramas sobresaliendo de las punteras de las alas y las palas de la hélice dobladas como si unas manos poderosas la hubiesen martillado. Gotas de agua barrosa todavía salian de la cabina y de los escapes del motor bajando por la boca de tiburón pintada. Su piloto lo había precedido hacia dos días, con un esguince en una pierna y la nariz rota por el impacto, gracias a la buena predisposición de un campesino y sus bueyes que lo habían acercado hasta el aérodromo, comodamente sentado en una carreta que no pertenecía a ese siglo.

Se acercó despacio al hangar, con ese paso tímido y cansino que denota a la legua a un convaleciente. O al menos eso era lo que el creía que los demás pensaban de el.
Dos mecánicos pugnaban por reemplazar el motor de uno de los cansados Tomahawk. El acento del sur de Boulanger rebotó por los techos junto con el seco ruido de una llave al caer contra el cemento.
El enorme técnico de New Orleans se dió vuelta para recogerla y lo saludó tocandosé la visera de la gorra. Como siempre mascaba un cigarro apagado, que solía encender al terminar el turno.
- ¡Se enteró señor?. Volvemos al servicio público - le dijo, con una triste sonrisa.
- Ya estabamos volviendonos demasiado codiciosos, Greg. -
-Nunca está de más tener una moneda sobrante, aunque sea para gastarla en este chiquero- siguió el mecánico, mientras se volvía para seguir insultando a las fijaciones del desvencijado motor Allison.
-  Señor, el suyo está alla al fondo.- le dijo el otro mecánico.

Saludó y siguió su camino adentrandose en el recinto. Varios aparatos esperaban ser parchados para volver a pelear: la escena le recordaba al valiente patetismo esos boxeadores viejos que solían seguir golpeando las bolsas en busca de otra oportunidad y que había visto en alguna ocasión en sus viajes a New York.
No obstante sabía en su interior que la realidad no era del todo así: esos vetustos Curtiss todavía podían dar algo de sí, y si todavía les quedaba algo de jugo, ese heterogéneo grupo de pilotos y mecánicos a sueldo podía exprimirselo un poco más.
El dinero de Chiang ayudaba. Y no era malo tenerlo. Pero en sus pensamientos se hallaban clavadas las líneas de Helen.
"El mundo está loco y no tienes mejor idea que hacer dinero de eso."
Hacia un par de horas que había leido su carta y no sabía como digerir esa idea. Como tampoco podía descifrar esa imagen que no parecía irse nunca, de ese inmenso buitre verde que salía desde el sol escupiendo llamas. Ese que lo había dejado hecho jirones y encerrado por semanas en un humedo hospital birmano.
Intentaba pensar en nada mientras se iba acercando al que había sido su propio aparato: El Curtiss Tomahawk se hallaba un poco alejado de los otros, como de un leproso se tratase.

Observó su cabina y cayó en la cuenta de que no recordaba  casi nada de su ultimo vuelo: solo una nebulosa roja y gris entre sus instrumentos y el torpe rebote de las ruedas contra la tierra del aerodromo.
La carlinga y el parabrisas  habían desaparecido, dandole al pobre P-40 un aspecto parecido al de la calvicie. Muchos paneles parecían reemplazados o recientemente pintados y sin duda le quedaban varias horas de trabajo antes de volver a escena.
Se preguntó si podría decirse lo mismo de el. Todavía intentaba acallar los ruidos del hospital y los gritos de los bombardeos. La mezcla de voces alzadas en chino e inglés le causaba un nerviosismo particular aún en ese mismo momento. Las preferencia entre los cenagosos recuerdos de su cabina y el sentimiento de desprotecciòn vividos en el nosocomio todavìa no tenìa una decisiòn final.

Se quedó parado, observando y repentinamente reparó en el caricaturesco oso panda cuyos trazos Bert Christman no habìa alcanzado a terminar de dibujar.
La imagen del fuselaje se expresaba por si misma: algo inacabado, sin final, un interrogante. El porqué de la muerte de Bert y el no haber estado allí para hacer algo.
Pensò en si mismo, en las palabras de su novia y en los 1000 dòlares que China aún no le había pagado por los ùltimos dos Abdul. Derribados dos dìas antes de que otro de ellos saliera del sol escupiendole fuego, como si de una venganza se tratase.
Mirò a su alrededor y arrumbados en un estante encontrò lo que buscaba: una lata de pintura negra y un pincel que habìa visto mejores dìas, como todo en ese pobre país.
Las piernas y detalles del panda que fumaba en pipa nunca tendrìan la prolijidad y el arte que Bert podrìa haberles terminado de dar. Algunas personas tenìan varios dones, y Bert Christman habìa tenido mas suerte como historietista que como piloto de caza. 
Los trazos sobre el aluminio eran mas gruesos y desprolijos que los originales, pero con el correr de los minutos acabò no importándole. El Panda fumador ya tenia piernas: grandes, toscas, un poco mal formadas, pero ahì estaban.

Con las manos pegajosas por la pintura y la camisa khaki manchada irremediablemente, sonriò para sus adentros.
El Panda tenìa piernas, y eso era importante.









martes, 12 de marzo de 2013

Desde el Norte



A los ojos de todos los que lo rodeaban, se veía algo así como desubicado, con su roja campera liviana arriba de la remera verde y los pantalones de jogging. Su unica concesión a la moda veraniega eran unas gastadas ojotas que parecían tener miles de kilómetros de arena bajo sus limadas suelas.
Evitó una mueca de fastidio al bajar del médano. Era época de la Invasión nuevamente. Decenas de sombrillas, carpas y demás dispositivos para aplacar al caluroso viento norte le semejaban una abigarrada conjunción de verrugas multicolores atacando la piel marrón de la playa.
Su vista se centró, lejana, bien al sur sobre la costa. En su fuero interno esperaba lo inevitable casi con regocijo: el calor del ambiente había comenzado a molestarle debajo de toda su indumentaria...
Podía o no haber gastado unos minutos en la pantalla de la computadora observando lo que un servidor a miles de kilometros dictaba sobre esa tarde en esa playa. Pero solo le bastaban los años para darse cuenta: la masa gris oscuro de tormenta se acercaba implacablemente.
El caluroso viento norte dio paso repentinamente a unas intempestivas ráfagas heladas del sur. Toda la playa comenzó a evacuarse de manera súbita mientras las sombrillas asesinas volaban, arrancadas de la arena mientras algunos padres de familia jóvenes pugnaban por desarmar las carpas con la nerviosa rapidez que daba ese sentimiento parecido al miedo.
Con los años había aprendido a disfrutar del espectáculo. De esa inexplicable y ácida sensación de soledad que le generaba ver ese desalojo.
Pronto la playa quedó desierta. Solo las huellas del éxodo se mantenían, para ser borradas de a poco por la arena que volaba desde el sur...
Y el ahí, vestido para la ocasión.