viernes, 7 de junio de 2019

Pequeños Tesoros.

Cuantas cosas se pierden en cajas, cajitas y cajones. Cuantos tesoros y máquinas del tiempo se guardan en espacios acotados, mientras el olvido y la falta de atención las van cubriendo con un manto gris y vacío de silencio, o de ceguera.
Porque ahí están. No son solo objetos, ni imágenes, o sonidos. Son historias, en muchas ocasiones dignas de conocerse, con sus pequeños hechos listos a ser desenrrollados como si de un viejo papiro se tratase.
Ese disco compacto, con su tapa de plastico quebradizo, rayada por los vaivenes de alguna mano desaprensiva, su carátula dibujada a mano, en un exceso de creatividad adolescente, con lapiceras y tintas de fibrón que denotan lo alternativo de un pasado casi reciente, pero de a ratos, lejano.
Lo tomo con cuidado de sus bordes, desencastrándolo de la caja. Hace años, que nadie lo saca de allí. Lo siguiente es darlo vuelta, esperando lo típico: muchos rayones que probablemente hagan imposible que se escuche su contenido, manchones de humedad, en el peor de los casos.
Pero no, apenas alguno que otro surco apenas superficial del uso que se le dió hasta ese día en que se lo dejó guardado en el cajón.
Acto seguido enciendo el reproductor, cuadrado monumento compuesto de épocas monetarias mas benévolas. Su calidad es tal que las luces verdes del display digital avisan que el tiempo no ha pasado en demasía. La bandeja, como una lengua, aparece con un ruido extraño y poco fluido que me hace pensar en que el plástico tiene el equivalente a la herrumbre de los metales. Quizás sean los dientes del mecanismo...o simplemente el tiempo.
Las palabras en la parte superior del disco son las mismas que las de la carátula en la caja, lo cual es una suerte: el desorden muchas veces es una forma de olvido. A modo de chiste, una pequeña frase simula un falso sello discográfico pirata, autor del compilado.
La lengua gris se traga el disco, con otro ruido un poco más reconfortante que al abrirse, probablemente el aparato este volviendo a la vida a su manera, como en algunas películas de ciencia ficción.
Un sonido tenue, sutil, pero no por ello inexistente se deja oír. Antes solía pensar que era el láser buscando los surcos de colores en el disco. Quizás así fuese. Pero algo que siempre supe fue que si ese sonido se prolongaba, muy pocas eran las chances de oír la música que venía después.
Entonces el disco solo sería un objeto, con memorias borradas o sonidos enmudecidos. Un mensajero ciego y mudo. Con poco que decir, y mucho que adivinar. Un misterio minúsculo, o un destino de basura.
Sin embargo a los pocos segundos, un silencio y luego punteos que la mente reconoce se dejan oir por los descuidados parlantes. Y la máquina del tiempo vuelve a funcionar a todo gas, su combustible es mi mente, viajando por vías de acordes y riffs entrañables. 
Y es así que hay que buscar, sin muchos mapas. Solo la memoria.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Where is My Mind



 I: El.
La base de bajo de No tan Distintos era el tono personalizado que sonaba al recibir tus mensajes y fue la sorpresa de ese atardecer de sábado. Sumo era la mejor banda del mundo, me habías dicho varias veces.
Hacía meses que había dejado de pensar en vos. Las constantes peleas con aquella persona en la que ya no quiero volver a pensar se habían convertido en un ruido blanco que filtraba casi todos mis deseos y pensamientos.
A veces se toma un camino y a veces otro lo toma por uno.
Dejé el teléfono en la mesa,  porque conociéndome, habría caído en la trampa de otras veces: la ansiedad tomando las riendas y las palabras saliendo a borbotones. Nuestro idioma perdiéndose en trivialidades. Esa conexión que me cautivaba fundiéndose en la gris estática de la confusión.
Me quedé viendo la pantalla del televisor mudo. Cary Grant en silla de ruedas sosteniendo una pesada cámara de fotos. Grace Kelly abriendo una valija minúscula de la que salía un camisón de seda infinito y  liviano como una mariposa.
Volví a tomar  el teléfono.  Decir que Sí me generaba una placentera adrenalina, pero también  me había predispuesto a saborear la incertidumbre como si se tratara de un buen vino, de esos que se aprecian cuando se crece.
Pero a mí nunca me gustó el vino.
Te pregunté la hora y me obligué a estar ahí un rato antes. Quería estar un tiempo solo en ese bar oscuro, testigo de todas las épocas. No podías haber elegido mejor lugar.
El tiempo transcurrió despacio. Me relajé viendo la película en mute mientras me preparaba para salir. Al ir hacia la puerta me miré de reojo al espejo y caí en la cuenta de que estaba yendo a encontrarme con vos.
Son los detalles pequeños los que asoman cuando uno quiere recordar momentos importantes: la delicada aspereza de mi abrigo, el sabor de tu lápiz labial, cualquier mínimo elemento que nos lleve de la mano a lo memorable.
 Manejaba despacio y distraídamente noté que estaba a unas pocas calles de tu departamento. Mi mente divagante me llevó a la tarde de nuestro último encuentro: El café que te gustaba tomar a las 7 de la tarde y un vinilo de Lou Reed.
Recuerdo bien esa tarde porque fue ahí cuando dejé de verte como una sílfide psicodélica de ojos grises que se alejaba sonriendo de todo y de todos.  Fue esa tarde en la que fijé otra imagen a mi álbum mental: las curvas delicadas sutilmente destacadas en tus pantaloncitos de baile negros, el sweater enorme y  los brazos delgados con mitones sosteniendo esa taza verde jade. El hombro izquierdo desnudo y la luz del velador sobre el largo de tu cuello.
Paré en un semáforo y con mis dedos busqué a Robert Smith y a su voz de oboe.
A Night Like This.
Esa otra vez el azar la había traído a mis auriculares mientras recorría esas veredas. Una realidad distinta y distante. Caminando agitado hacia tu departamento, como un preso con permiso de salida.
¿Qué era lo que quería conjurar con la canción? Probablemente esa constante incomodidad que me vencía cuando estabas cerca.
 “I´m coming to find you, if it takes me all night….” - comenzó el estribillo que había escuchado tantas veces.
La bocina de un auto me sacó de mi planeta, y aceleré pasando la bocacalle. Miré hacia la derecha, pensando en encontrarte saliendo de tu edificio, pero solo me topé con un ciclista que maniobró milimétricamente para esquivarme.
Estacioné en la mitad de la calle, intentando serenar una declarada emoción.
Gotas pesadas empezaron golpear quedamente el parabrisas y las ventanillas.  Te imaginé corriendo con tu mochila en la cabeza, guareciéndote en la entrada de un edificio y encendiendo un cigarrillo extraño sin importarte demasiado a quien tenías al lado.
 El temor de que no aparecieses y de que la tormenta fuese la excusa perfecta fue in crescendo.  Los minutos pasaron y el silencio de radio en mi cabeza se volvió algo desconsolador. Varios minutos después, con la banda sonando y el regusto amargo de negras cervezas en mi garganta, te esperaba.
Mi mente, ya embotada ,  se dejaba ir por caminos apenas sospechados.

 

II. Ella.

Cuando eso pasó entre nosotros no pensé en las consecuencias. Eramos hermosos y queríamos divertirnos. Me gustaba pensar en tu novia como un monstruo agazapado en el cuerpo de una Barbie neurótica y despistada.
Apareciste en mi cabeza tan rápido como te habías ido. Solo me había bastado con verte caminando por la playa, hacía unos días, escondido detrás de unos gastados anteojos de sol y con uno de tus paranoicos libros en la mano.
La noche de sábado fría y lluviosa, era ideal para la película de Joy Division que tenía en el disco, pero las ganas de verte pudieron más. Te escribí y un sudor frío recorrió mi espalda al ver en la pantalla que me estabas contestando. Desvié la mirada hacia la ventana. Afuera el Atlántico invernal me daba la última advertencia. La ignoré diciendome que no me asustaba fácilmente y salí.
Subí al primer taxi que pasó. Para cuando bajé, ya estaba arrepentida de haberme puesto esas botas. De la falda escocesa,  del rímel y de todo.
Desde la calle se notaba que el sonido de la banda era potente. Algo me dijo que tenía eso que la distinguía de las otras del montón. El portero me dejó pasar sonriendo como si me conociera.
Apenas crucé la puerta te vi, sentado en un banco alto, apoyando el hombro contra la pared a pocos metros de la cantante, cuando llegaba a un agudo imposible. Micrófono en mano, se contorsionaba mirando hacia la nada. Pura autoestima esa chica.
Te miré. Vestías el mismo abrigo gris oscuro de la tarde en la costa. Como si quisieras resaltar y a la vez esfumarte. Jugueteabas con el porrón de cerveza, que supuse no sería la primera de la noche, mientras yo me acercaba por detrás. Me detuve a centímetros de tu espalda.
La cerveza y el perfume con el que te gustaba impregnar tu ropa se mezclaron en un desequilibrante aroma. Giraste y te quedaste observándome un instante.  Vi en tu gesto el mismo vértigo que a los dos nos asaltaba. Me besaste en la mejilla despacio y te quedaste cerca, como un vampiro hambriento de película clase B.
El volumen de la música y el griterío componían la perfecta sinfonía para sentir tu voz en primer plano, hablándome al oído. Me dijiste que estaba muy linda. Yo, que estabas cada vez más guapo, así como dejándome llevar por el lapsus.
-¡Que ganas de verte tenía!-sonreiste-¿Tomamos unos gintonics?
¡Cómo negarse! Todo se sentía tan natural y espontáneo así.  Pedimos los tragos y mientras los esperábamos me contaste algunas cosas de tu día, yo estaba nerviosa y apenas te escuché. Nada del otro mundo, cosas del trabajo, un par de alumnos talentosos que estabas guiando…
Sentía calor y la bebida refrescante me tranquilizó por un segundo.
La banda paró de tocar pero el silencio no nos incomodó.  Me mirabas, relajado, sin la furtividad a la que me habías acostumbrado. Disfrutabas, reparando en mi risa y en mis ojos, siempre en mis ojos.
- Te queda lindo lo que te hiciste.- me dijiste.
Y llevaste tus dedos hacia mis párpados oscurecidos.
Sentí en ese momento que todas mis barreras se caían. Cerré los ojos y sentí tus labios sobre los míos, inmensos, adorables. Respiré. Volviste a besarme y esta vez tus labios húmedos se abrieron a otra dimensión más profunda, más reveladora. ¡Las mujeres podemos sentir el amor de tantas formas!
El arrepentimiento se había disuelto completamente entre el GinTonic y tus besos. Nos acariciamos suavemente  y mis piernas se encontraron con las tuyas.
La música estalló con un cover sucio, crudamente distorsionado de Where is My Mind. Giré para ver a  la banda sin separar un milímetro mi cuerpo del tuyo.  Tus manos rodeándome la cintura y tu nariz curiosa de nuevo sobre mi cuello, jugueteando con mi pañuelo. Sin hablar nos centramos en escuchar la canción aunque mi mente aturdida llegó hasta ese momento en donde la misma canción nos encontraba livianos, libres de toda estúpida moral. Nuestro querido descaro nos visitaba una vez más.
Las luces del escenario rebotaban en los espejos victorianos que colgaban de la pared oscura, y yo te miraba. Cada uno de los espejos te reflejaba neutral, apático. Sin embargo tu cuerpo vibrante se sentía tibio. Intenté dejar pasar mi constante aprensión por las dualidades.
Conocía tus ataduras, los nudos y las sogas que elegías cada día para reforzarlas.
Intenté deshacerme de tu abrazo con la excusa de dejar el vaso en la barra pero me retuviste y volviste a besarme. Un glorioso silencio apenas apagado por el ronroneo imperturbable del gentío. 
La banda volvió al escenario justo cuando nosotros buscábamos el pasillo de salida.  El frío y el silencio en la vereda me abofetearon, amigables.
Me ayudaste con el abrigo y me dediqué a contar baldosas hasta tu auto.
Encendiste el motor. La escarcha cubría el parabrisas. Los minutos se hicieron largos hasta que pudimos ver la calle: los árboles desnudos, los borrachos saliendo vacilantes de los bares, la luz de los faroles reflejándose en la humedad del asfalto.
 Apoyé mi cabeza en tu hombro. El calor circuló por el auto lentamente. Nos movimos entre la oscuridad y las luces.
Una adolescente delgada y ebria tropezó con sus tacos  delante de las luces del auto. Escupió una catarata de insultos sin soltar el vaso de plástico con el que había salido del bar. Nos reímos al sentir que el contenido del vaso pegaba en el vidrio trasero y la chica se esfumaba vociferando al bajar la loma de la calle.
Estacionamos frente a la playa.
Nos quedamos un buen rato sin hablar, abrazados, dejando que el mar embravecido expresara lo que nosotros no podíamos decir.

III El.
Dejarse llevar. Algo que jamás me había resultado fácil. Pero solo vos habías logrado que ocurriese.
Si existía algo que compartíamos era esa visión algo sombría aunque  honesta de las cosas, una pincelada melancólica que la madrugada acompañaba a difuminar.
Mi memoria recordaba tu perfume fresco, vegetal, que impregnaba deliciosamente todo. Ahora invadía la pequeña atmósfera de mi auto y me adormecía más que todo lo que había bebido. Bajé el volumen de la música y me descubrí pensando en momentos perfectamente imperfectos.
Dormías, la cabeza de tu pelo castaño sobre mi hombro. Hubiera dado todo por esa imagen tiempo atrás. Y ahí estaba.
El ensueño me duró hasta que la realidad del maldito teléfono me trajo de vuelta.
Solo atiné a deslizarme hacia afuera y a sentarme intentando fijar la vista en las olas. Pero una y otra vez me volvía hacia vos, dentro.
El sonido gutural y estruendoso de motores se hizo presente por sobre el ruido del mar: el primer vuelo del día se escapaba del Aeropuerto, con sus luces verdes y rojas brillando y perdiéndose entre las nubes bajas.
Entendí entonces que ya no importaba la causa de mi angustia. Estaba exactamente donde quería estar.  

IV Ella.
Me desperté agitada. Un sueño en el que Ian Curtis me perseguía intentando enlazarme como un gris cowboy punk. Algo dormida escuché su voz en la radio de tu auto. Verte sentado sobre su capot me reconfortó: siempre habías estado cerca. Siempre presente en mis ensoñaciones.
El viento había amainado. Sobre el horizonte, una tibia luz rosada anticipaba la salida del sol.
Observabas el mar y de a ratos te girabas y me mirabas por el parabrisas. Tenías esa guía interna, tan pausada y perseverante. Y ahí estábamos, sin saber demasiado que hacer, dejándonos llevar por algo que ninguno de los dos se animaba a comprender.


G. Q. y  M.A.
9/18

martes, 10 de julio de 2018

Cadaver Exquisito (2)

Ella tenía en sus manos el último libro que el le había regalado. Habían sido algunos pocos que vagamente hojeaba, aunque valoraba ese gesto poco habitual en él. 
Le costaba desprenderse de las cosas, como si algo de él se fuera con ellas.
Acarició la cubierta suave, tan suave que toda su piel se erizó. ¿Alguna especie de advertencia?  ¿ y si abrirlo revelara algo para lo que ella no estaba preparada? El fino cuero negro y las letras de un dorado opaco hablaban de una edición muy limitada y algo antigua. La curiosidad ganó y al abrirlo pudo sentir un perfume seco, como especiado, que inmediatamente la transportó a otra época, no muy lejana, pero aún asi fuera de esa actualidad. Ese aroma  amizclado la embriagó a tal punto que dejó caer el libro al suelo. Al levantarlo notó que algunas páginas estaban marcadas con un discreto pliegue, en el ángulo superior. Era la primera vez que encontraba cosas en sus libros. Sin embargo recordaba las veces en las que el le contaba lo mucho que le agradaba dejar esos rastros, como migas en un laberinto. Rastros que ella nunca había encontrado en los suyos hasta hoy.  Algo había cambiado en cierto nivel apenas perceptible. Y no podía interpretar bien que era. Quizas como si ella fuese la excepción y sus regalos sin rastros en ellos fuesen una manera de preservarla del pasado que estos podian ocultar. Se agachó y recogió el libro con su mano derecha buscando las hojas señaladas. Al abrirlas apenas pudo deleitarse por la calidad y el gramaje del papel, la tipografía exquisita y ese cautivante aroma que ya habia percibido. Con su vista,  ya cansada de horas sobre monitores buscó alguna señal en los párrafos de la primera pagina. Solo pudo encontrar la palabra Te, subrayada con trazo firme en tinta china. Y algo en ella quizo detenerse porque quizás imaginaba la palabra que estaba subrayada en la siguiente.
Hacia varias semanas que la noticia de que el habia desaparecido era moneda corriente. Durante unos momentos quiso volver a poner el libro en el grueso sobre de Federal Express, como si eso lograra volver el tiempo atrás. Pero ya sabía de imposibles, solo que el, era probable que no.

sábado, 7 de julio de 2018

Cadáver Exquisito (I)

Somos tan insignificantes que si no hacemos lo que nos gusta no somos una mierda. Me lo dije frente al teléfono frío que tenía en mis manos, aún más frías por el sudeste rabioso de esa tarde que me encontró caminando por los acantilados. 
En la cornisa y con un teléfono en la mano. 
Era probable que eso motivara la aparición de algún buen samaritano con un discurso iluminador, o peor, un patrullero ostentando sus ya no tan novedosas luces de led. 
Pero no. Estoy sólo con mis demonios en un paisaje tan intimidante como mirarte a los ojos.  
Volví a hablar como pidiendo que me escuches, desde abajo, al sonido de las olas martillando la escollera. Y el blanco de la espuma.
Cómo se detiene el tiempo al mirar la rompiente.  Un estado de hipnosis.  Un rincón de la mente a salvo de mí. De mi ansiedad cansada de inercia. Quisiera quedarme así hasta que la última gota de cordura se disuelva con la espuma.
La espuma del mismo mar que acaricia mi costa fría, inclemente, y también la tuya, tropical densa e incierta.
Ese mar que no es más que una gran ola que va y viene sin detenerse nunca podría ser la simple metáfora de nosotros dos. Si no fuera por las infinitas corrientes submarinas, la arena, el aire, la vida. Así de simple y de complejo lo que nos une. 
Presiono enviar en la pantalla azulada y nadie escucha mi carcajada desbocada cuando el aparato se estrella en la escollera.

G y M.

lunes, 6 de febrero de 2017

Ballena

Tan pronto las ruedas se despegaron del asfalto y las alas del pequeño avión mordieron el aire, el viento del noroeste lo recibió con ese lánguido apretón de manos que tienen aquellos poco dignos de confianza.
Fiel a su entrenamiento, bajó un poco la nariz quedando al ras de la pista y permitió que el aparato ganara un poco más de velocidad. Una ráfaga de viento lo obligó a bajar un poco el ala de la derecha mientras jugaba sutilmente con los pedales del timón para mantenerse sobre el eje de la fina linea de asfalto. 
Se hallaba solo en la cabina, por lo que ascendía rápidamente. Quitó flaps y a los pocos segundos estaba fuera del circuito del aeródromo, buscando el Este y la costa.
Conforme iba tomando altura, la turbulencia de lo que había sido una cálida tarde vino a su encuentro de una manera un poco incomoda: los vientos que subían por las edificaciones costeras solían entorpecerle esos tempranos momentos del vuelo.
Se encontraba ahora sobre el límite norte de la ciudad, la cual le otorgaba una vista más que amplia de la misma. Miró hacia su derecha y concluyó que lo que le sobraba a esa imagen era una brutal honestidad: por las ventanillas de plexiglas se veian los chalets entre pinos y acacias del norte y los altos edificios de la costa, el asfalto de la zona céntrica y los boulevards, las casas bajas residenciales de la parte media y también las casillas de chapa, madera y ladrillo sin revocar de los asentamientos del sur, cercanos a la ruta interbalnearia; también los bosques frondosos de los extremos y las casas sin terminar de los barrios del gobierno. La belleza de lo bien hecho y los monumentos a la desidia y la estupidez política. Siempre las imágenes valían mas que las palabras, y a 2000 pies de altitud, no mucho podía refutarse.
El paneo de su vista le generó un bufido que prefirió contrarrestar recordando el propósito de su vuelo. Giró hacia el sur y siguió en ascenso, la leve turbulencia había desaparecido casi totalmente.
Tenía la sensación de estar a caballo entre la tierra y el mar, volando establecido justo sobre la línea de la costa. A su izquierda tenía la inmensidad azul verdosa del océano, a la derecha el amarillo amarronado salpicado de verde de los médanos y la tierra. Apenas un par de nubes altas se alejaban muy lentamente hacia el medio del Atlántico.
Siguió asi por varios minutos, con el viento ligeramente de cola ayudándolo a alejarse del pueblo. A 4000 pies volvió a nivelarse y a ganar un poco de velocidad. Según sus conocimientos sobre el aparato que piloteaba, se acercaba a un buen nivel de eficiencia con respecto a consumo. Aunque lo que más le interesaba era volverse solo un punto para algún observador desprevenido.
El viejo Faro, ese que parecía siempre haber estado ahí ,y era probable que asi fuese, hizo su aparición casi repentinamente con su antigua estructura a rayas negras y blancas resaltando por sobre un monte elevado entre los médanos. Ascendió 500 pies más y esperó unos momentos, con los ojos puestos en la pequeña pantalla del navegador que tenía adosado por ventosas al panel de instrumentos.
Suspiró nerviosamente y acto seguido inició un giro a 90 grados: toda su vista se llenó con el Atlántico que tenía al frente y por debajo.

Hacía apenas un mes del vuelo anterior, un translado en bimotor a una altura inferior y una coincidencia causal  habían entremezclado la realidad con esos mitos que siempre rondaban y le atraían. El viento era similar y la hora y la luminosidad parecidas. Sus acompañantes no repararon en las sombras que el mar dejaba ver en esos mismos momentos, y el no tuvo intención de alertarlos. La idea y el enigma habían sido lo suficientemente poderosos como para haber dejado una marca dactilar en la pantalla de su GPS justo donde estaba viendo la mancha grisácea. La misma marca traducida a coordenadas que había puesto en pantallas de computadora, cartas en papel e impresos de mapas satelitales. A la cual iba acercándose a medida que el símbolo del avión se movía hacia la posición en la brillosa pantalla de la tableta, adosada a unas ventosas en el tablero, resaltando, casi desubicada entre los antiguos instrumentos del mismo.
De a poco se fue adentrando en el mar. A los pocos minutos la costa era un delgado trazo oscuro con el sol de la tarde sobre ella.
Un ligero cambio de sonido en la hélice lo hizo sobresaltar de una manera aterradora.. Si al motor se le ocurría plantarse, a esa distancia ya le era imposible llegar a la playa planeando. Y el frío invernal le daba pocas esperanzas de salir nadando de un eventual amerizaje afortunado. Pero la experiencia le decía que era solo un movimiento asociado a la turbulencia. Aún así las ganas de saber que era Eso, y la propia sombra de la idea lo habían llevado a quebrantar más de una norma preescrita para un monomotor sobre el mar.
La T de las alas hacia sombra en el agua, ahora de una tonalidad verde y azul. Se sentía cómodamente extraño entre tanta inmensidad y sin ningún tipo de contención. El orden natural de las cosas debía sentirse así, o al menos las busquedas con un sentido propio.
El pequeño avioncito de la pantalla estaba apenas a media milla del punto de referencia cuando la flecha del vetusto pero útil radiogoniómetro que estaba en un cuadrante a su izquierda empezó a dar vueltas alejándose de la estación del aeropuerto y comenzó a marcar un sudeste oscilante, un poco a la izquierda de su curso.
Cambió la frecuencia del ADF pero el resultado fue el mismo, la movediza punta de la flecha indicando otro rumbo. Era raro, pero no por eso dejaba de ser parte de la escena.
Su memoria le recordó situaciones sobre las cuales había leído desde joven, con una particular sensación de estar recorriendo el mismo camino que otros.
Los edificios de la ciudad se desvanecían hacia el sur, y esta se fue volviendo una masa grisácea que colaboraba con la atemporalidad de todo el ambiente. Salvo por los instrumentos que lo guiaban y ataban al tiempo desde el cual había despegado.
El simbolo del avión de la tableta estaba sobre la marcación que había digitado esa otra tarde fortuita; afecto a los procedimientos, controló todos los indicadores del aparato, con mucha atención en los del motor y combustible, y acto seguido redujo la potencia, se irguió un poco mirando sobre el capot y comenzó un descenso en espiral suave. Intentando ver en todas direcciones sin que la propia aeronave presentara puntos ciegos por mucho tiempo.
Y por esas ironías de la modernidad y su precisión satelital., ahí estaba.

Primero fue una línea mas oscura que se engrosaba en parte hacia atrás, según la luz de la tarde y sus caprichosos juegos opticos. Luego, conforme aumentaba el descenso, una forma parecida a lo que recordaba se dejo ver. Aún así lo primero que le vino a la mente fue la imagen de una ballena varada, algo muy distinto que aquellos lobos grises de las leyendas modernas.
Dejó que el Cessna alcanzase los 1000 pies y luego decidió bajar hasta los 300. Con suerte aquello que había hecho desviarse la aguja del ADF no iba a interferir con el buen funcionamiento del motor.  Ya estaba en el lugar y no podía, ni quería, echarse atrás.
A esa distancia la imagen dejaba pocas dudas. La ahusada silueta de la nave daba una amenazadora y fantasmal sensación de furtividad. No importaban la corrosión que horadaba el casco con manchones de peste naranjas y rojizos, ni lo escorado que estuviese.
La parte superior de la torre casi superaba la marea. Conjeturó que era probable que las fuertes tormentas que habían golpeado la costa desde el sudeste ya hacía varios meses, podían haber sido las culpables de que el lecho de moviese y el submarino hubiera vuelto casi a la superficie. Confirmando teorías y desechando mentiras convenientes.
La unica verdad era la realidad, como había dicho el que los había traído.
Podía imaginarlo navegando,  la proa cortando el agua con espuma blanca mientras los oficiales observaban con binoculares en la torre y el cañón de proa basculaba con varios marineros al borde del mareo. Los servidores de las antiaéreas en la parte de atrás de la torre observándolo y siguiéndolo con las armas listas, como toda ave sospechosa que no merecía una inmersión de emergencia. Fotos mentales de una época ida y de historias que habían ido a continuar o terminar a unas costas perdidas al sur de cualquier parte.
Lo sobrevoló en círculos por unos minutos más, regodeándose en el secreto, pero el sol que avisaba con ocultarse hacia el oeste lo convenció de volver. Quizas retornarìa en otra ocasión. O Quizás no.
Puso proa al norte en ascenso sin mirár atrás. La escena debía ser la que había presenciado y no otra. No quería chocarse con la idea de volver a ver y que la vieja ballena de acero no estuviese ahí. Y que la sugestión le hubiera jugado una mala pasada.
Ahora su interés de hallaba en volver al vuelo normal, a la línea de la costa que ahora se le antojaba muy lejana. Los signos de la ansiedad hicieron su aparición: respiró profundo y dejó que el avión siguiera volando hasta que estuvo nuevamente sobre la playa.

El sol se ocultaba con destellos naranjas, amarillos y azules, el viento había desaparecido y el mar comenzaba a tomar una coloración azul oscura.  A lo lejos vio las luces del aérodromo desierto. Perdidas al fondo entre la iluminación de una ciudad que se preparaba para otra noche de invierno cualquiera.
Viró sobre el extremo norte del pueblo, con las luces de posición aún apagadas. La prolongación de la pista sobre la costa le recordaba veranos felices y personas que compartían sus leyendas. Y silencios que mantendría de momento.
Se aproximó despacio y  desde lejos, con el motor totalmente reducido y sin flaps,  de alguna manera creyendo en la furtividad de lo que había visto.
Las ruedas del aparato chirriaron apenas sobre el asfalto, un aterrizaje pasable, considerando que si no fuera por las balizas, la pista sería una ininteligible línea de nada a esa hora.
Entró a la calle de rodaje y cayó en la cuenta de que la flecha del ADF volvía a indicar la antena de la aeroestación. Mejor así.

Rato después se hallaba en la costa, a pesar del frío y la humedad. Intentando procesar lo que había confirmado, y esperando que el oscuro gris del mar mantuviera a la bestia oculta un tiempo más.
Al sentarse en el auto reparó en las hojas de papel que solía usar para anotar los datos de las navegaciones. Las coordenadas de su hallazgo estaban ahí, con grueso marcador rojo.
Arrancó ese pedazo de papel y mientras volvía, pensó en cual libro de los cientos de su biblioteca iría a esconderlo.
Porque si alguien escondía algo, era para luego volver a hallarlo.    


 








lunes, 22 de febrero de 2016

Ensoñación.

La fila desalojaba la sala por ese pasillo, que nunca antes se le habìa antojado tan estrecho. Conforme el paso de los años y la vida, el cine/teatro del centro habia ido empequeñecièndose en su mente, una imagen nutrida de experiencias en otros lugares y espacios, pero que aún asi no dejaba de fascinarlo luego de que las luces se encendìan al apagarse el proyector o bajaba el telòn.
Si habìa algo que le agradaba de esas proyecciones, era el salir a la vereda con ese leve efecto de ensoñaciòn que solo el cine podìa dar y que ningùna pantalla plana o de alta definiciòn podia imitar.
Con la mirada en las baldosas gastadas del lobby para evitar el saludo de rigor a conocidos, ganò la calle: otro fin de semana largo y el molesto pulular de turistas sin saber demasiado que hacer en la 3 atestada. Tamborileos estridentes de todo tipo y la sensaciòn de que "eso" que hacía a este pueblo tan característico se iba difuminando con el paso del tiempo y el cambio de costumbres.
Sonò el ringtone del telèfono. A un par de calles estaba el bar de siempre. Su mistica reflotada a pulso de videos en HD y un par de amigos con los cuentos usuales lo esperaban: un sabado màs.
La apariciòn de uno de esos personajes que no se veìan hacìa tiempo y del que se extrañaban sus invitadas seriales de cerveza a precio estirado, cambiò sus planes de irse a la cama relativamente temprano.
Horas despuès salió del local, pasando al lado de otros bares de generos distintos mientras su cabeza recorrìa los recuerdos de cada uno de los pasos que daba hacia su casa. Cada metro tenìa uno particular. Por eso esas calles eran su hogar, como el de tantos otros.
Podìan cambiar los edificios, el pavimento, los letreros y la mùsica, pero con un poco de suerte, si se escarbaba un poco, se convenciò que a pesar de todo, la esencia era la misma. 
Tenìa que serlo.
Con el punteo de un bajo de unos 80`s no tan lejanos aùn retumbando en sus oidos, gracias al eclecticismo desafiante del DJ, se alejo del ruido y subiò la loma del centro ahora semidesierto.
Un par de perros olisqueaban los tarros de basura. Preparandose para el banquete de madrugada al pasar de unos pocos autos que volvìan a sus casas despuès de una noche terminada.
La niebla de ese verano tardìo que no terminaba de dar paso al otoño le hizo recordar el pasaje de la pelicula que habìa ido a ver.
No era tanto el argumento lo que le atrajo, una madeja de a ratos inenteligible de pareceres existenciales tan en boga hacìa un par de decadas en el cine nacional, sino las instantaneas moviles de ese tiempo que apenas podìa recordar y como tantos, añoraba secretamente.
Los autos estacionados tenìan algo que la propia niebla colaboraba a sostener. No podìa precisar bien, como tampoco podìa ser exacto en cuanto a la cantidad que habìa bebido hasta hacìa solo unos momentos. Pero la familiaridad de lo que lo rodeaba lo hacìa sentirse comodo y a la vez inconscientemente agradecido del momento que estaba viviendo. No era algo comùn en esos tiempos.
El ruido de un arranque fallido de motor captò su atenciòn a lo lejos. El unico auto que intentaba moverse era ese tan familiar de lineas agresivamente redondeadas. Lo habìa visto hace muy poco, y ahora volvìa a cruzarselo.
No le extrañó ver en el asiento del conductor del Carabela a ese tipo delgado y desgarbadamente elegante, tan atemporal como el automovil, luchando por encenderlo. Ambos sabiendo que de manera inutil.
Con la vista obnubilada buscò a la bailarina y al futuro delincuente, pero no pudo verlos por ningùn lado. Solo habìa un par de autos viejos y unos carteles de neòn de los que ya no se veìan mas.
El Flaco y El cruzaron miradas, sabiendo que no podìan ayudarse. Solo hubo un saludo de esos leves, como los que se dan dos viajeros que se cruzan en medio de ninguna parte.
Siguiò su camino hacia el sur, mientras el discordante ruido del motor del Carabela que luchaba por encenderse se alejaba y el distraìa su mirada con un paisaje ido. Locales que ya no estaban y luces con nombres volvìan a brillar solo en recuerdos.
No supo cuando, pero el amanecer disipò la niebla y con el vino la gris familiaridad de lo cotidiano, junto con el gruñido de su alma al frente a esa estatua que le recordaba al conductor varado y a la mediocridad de aquellos que quieren poner en bronce un sonido.




sábado, 31 de enero de 2015

El Viejo

Su principal interés, esa tarde gris y calurosa de marzo, se centraba en que ningún grano de arena se metiese en los negros intersticios del cassette que hacía un rato acababa de adquirir y el cual estaba quitando del walkman para insertarlo de nuevo en la caja de plástico, la que tenìa esa llamativa carátula del bebé flotando en una piscina frente a un anzuelo de un dólar.

A lo lejos, sus amigos, armados de coloridos bodyboards, se internaban  una y otra vez en el mar, el cual los devolvía a las cercanías de la orilla con el triple de la rapidez y una ínfima parte del esfuerzo que ellos ponían en intentar llegar a la rompiente.
De eso se trataba, pensó, un poco de sangre, sudor y lágrimas. Sin la sangre y en general, solo las lágrimas de la sal marina.

Por momentos, la conjunción de cielo plomizo y el color acero del agua se le antojaban tediosas, de no ser por la variación que daba el perfecto romper de alguna que otra ola o la vuelta a la costa de alguno de sus amigos, extenuado de intentar correrlas.
A sus espaldas un ruido discordante, rápido y repetitivo hizo su aparición . Miró hacia atrás esperando ver llegar la XR 100 de otro de sus amigos, veterana de mil batallas en los médanos, pero resultó ser otra moto, corriendo hacia el sur por la costanera.

En ese momento volvió a verlo nuevamente: sentado con la espalda recta en una de las sillas de madera barnizada que llenaban la parte externa de  la pretenciosa imitaciòn de balneario estilo griego justo delante suyo.
Solía ir ahí por las tardes, mientras que por la mañana era común verlo caminando por la playa, siempre descalzo, la silueta que alguna vez habìa sido delgada dentro de una camisa khaki,  con un sombrero color gris, en compañía de una anciana de aire altivo y una llamativa cabellera blanca.
Era un ritual que parecía repetir todos los años, desde mediados de octubre hasta los primeros fríos de abril. Como algunos otros que sólo eran atraídos por los calores de la primavera y el verano y que luego  huían cuando existía la verdadera confirmación del invierno por venir. El viejo era de los que ahuecaban el ala cuando el frío húmedo de la pampa costera aparecía en escena. O al menos era lo que el y sus amigos habían concluido una noche mientras veían quemarse cajas de vino barato bajo el humo dulzòn de ramas de tamariscos, eucaliptos y demás plantas.
Se decían que la  pareja habitaba una amplia y espartana casa alpina que se hallaba a un par de cuadras de la playa y que permanecìa cerrada todo el otoño y el invierno, como la mayoría de las viviendas del norte, que lentamente empezaban a cobrar vida con los primeros fines de semana de la primavera.

Guardó el walkman y el cassette en su reseca mochila y sacó un par de monedas de uno de los bolsillos: el calor y la cercanía del kiosco del balneario le habìan hecho tentarse con una gaseosa.
Aunque en el fondo sabía que realmente la lata de Coca-Cola era apenas una excusa para observar nuevamente al personaje que leía ese indescifrable diario todas las tardes en las mesas del patio.
Esa tarde parecìa estar distraido mirando el mar, sin prestarle demasiada atenciòn a las letras goticas del matutino mientras bebía una taza de manzanilla.
Subiò las escaleras de feo color verde que daban paso a la terraza y una sensaciòn extraña lo invadió en el momento que el anciano se parò y se acercò al borde de la terraza, taza de te en mano.
Por un momento se sintiò transportado a una de esas tardes de domingos de infancia en casa de sus abuelos: con el televisor mostrando una vieja pelicula en technicolor y su abuelo chasqueando la lengua en señal de que habìa algo equivocado o una sucesiòn de clichés en el film.
Asi eran los dejavús, nunca se esperaban y mucho menos eran fáciles de entender. Asi como tampoco lo eran los hombres de gris de esas pelìculas de colores brillantes, de pie y resueltos a todo, con el ceño fruncido y el porte marcial de una época ida. Tan lejana a su parecer como esa playa y ese verano que finalizaba.
Pero ahì estaban, encarnados en el viejo, que se irguió casi arrogantemente frente al borde de la terraza y se quedó observando el mar. Entrecerrando los pequeños ojos azules, molestos por el sol que volvìa a aparecer.
Siguió su camino hacia el interior de la confitería del balneario y pidiò la gaseosa. El empleado, hastiado por una temporada agotadora, le dijo que la tomara el mismo de la heladera, cortesía de la empresa. A fin de cuentas se conocían desde hacía unos años y el dueño del lugar no merecìa mayor fidelidad.
Cuando se volvió hacia la entrada, con la ligera sorpresa del regalo aún fresca, su ojo entrenado vio a lo lejos como se formaba la que parecia ser la mejor serie de olas de toda la jornada: una a una iban a ir creciendo para luego deshacerse en una forma ordenada, casi perfecta, hacia la derecha en la rompiente.
Dentro de esa sucesión contempló la lucha de dos de sus amigos por montarse a esas olas. El primero pasó por arriba de una de ellas y se vio obligado a sumergirse para evitar que la posterior se lo llevara.
El otro tuvo un mejor cálculo de tiempo y brazadas mas potentes, giró sobre si mismo y se dispuso a bajar la tercera, monumental onda de la serie.
La ola se cerró sobre si misma como si de una enorme boca se tratase. Lo último que pudo ver de su amigo eran el y su tabla dirigiéndose muy rápido hacia la base de la mole gris, con lo que suponía el fondo arenoso muy proximo a la orilla. Y muy rapidamente esperó el resultado.
Al romper la ola, por un segundo el chico desapareció y al instante vió el fucsia y negro de su tabla salir expelido hacia el aire con una gran velocidad. La pita cortada solo auguraba un mal final.
Por unos momentos nada ocurrió, hasta que de entre el espumón una figura maltrecha empezó a avanzar casi a tientas. Como si se tratara de lo que realmente era: un hombre joven que habia recibido la paliza de su vida.
Apenas llegó a la orilla, se dejó caer de rodillas y un vomito de agua salada brotó desde sus entrañas mientras sus otros compañeros se acercaban, con esa mezcla de gracia y preocupación tan cara a su edad.

Una ligera risa lo hizo volverse. El viejo movia la cabeza hacia los lados como si se tratara de un abuelo que desaprueba con sentido paternal una travesura.
Se acercò hacia la escalera y al hombre. Sus pequeños ojos azules cobraron una vida inusitada y su sonrisa se tornó en algo casi antinatural, tan crudamente orgánico como el abultamiento que se veìa en su mejilla izquierda. Como una vieja marca de esas indelebles que solo dejaban la violencia y el fuego.
- Es así este mar, a veces nos lleva y a veces nos trae.- dijo, con algo de acento entrecortado y soltando una risita ligeramente cómplice

A sus espaldas se escuchò el sonido agudo de un motor. La costosa break Mercedes se posicionò torpemente entre los dos únicos autos del estacionamiento. De ella se apeó una mujer rubia de unos treinta y tantos, que compartía con la esposa del hombre el mismo porte altivo y el gesto severo .Se quitò los anteojos de marco grande, descubriendo detràs de los lentes casi los mismos ojos pequeños, azules y vivaces
El empleado se acercò a la puerta e hizo ademàn de saludarla con una amistosidad forzada, a lo cual ella sólo contestó moviendo la delicada mano derecha con un notable desgano.
El viejo dijo algo en otro idioma, le hizo un ademàn de saludo,  tomò su sombrero, el diario y caminando a paso lento pero firme se dirigió hacia el estacionamiento.
Las palabras, aùn sin entenderlas, tuvieron un significado interno para el. Podìa sentir algo parecido al temor en su sonoridad, en el sentido castrense que le dió a la frase. No podía identificar bien qué, pero si algo entendiò de ese encuentro, era que el pasado muchas veces no se iba.
Estaba presente y vivo, aún ahí, del otro lado de las olas.