martes, 18 de octubre de 2011

Cuerdas

Siempre creí que para entender realmente el Blues, se debe sentir así, en el sentido inglés de la palabra: Blues.
Una palabra que vagamente significa Tristeza o Melancolía, dentro del ancho y gris margen de maniobra que ese tipo de sentimientos pueden dar.
Y quisieron esas causalidades de la vida, que después de 10 años de su última visita, pudiera ver a uno de los mejores bluseros del mundo. Y digo blusero sin olvidar su contribución al Rock con mayúsculas.
Pocos lugares hay como un estadio para medir el nivel de intimidad que puede crear un artista entre el y su público.
Y nos tuvo a todos en silencio cuando fue justo. Y aplaudiendo cuando se debió aplaudir.
Mi mente viajaba para atrás y adelante, saltando y corriendo entre distintos pasajes de mi vida. Pensando en como la música siempre está. Como una especie de soundtrack permanente, conectando y discurriendo paralelo a los hechos que la mente tiende a recordar...
Las cuerdas de una guitarra hablan en uno de los idiomas mas complejos y a la vez mas fáciles de entender. Y el buen Señor Clapton sabe como invocar los espectros de los recuerdos por medio de ellas.
Quizás no sea Dios, pero si un buen Brujo, como esos del Sur creóle.
Esa noche estuvo llena de ciertas ánimas que desplazaron de mi mente la cursi imagen de un corazón amarrado a las cuerdas bluseras de una vieja guitarra.
Porque nos despidió con la legendaria Crossroads, casi con Robert Johnson guiñándonos el ojo perdido en la noche de los 27 años.
Y al llegar al departamento, a un par de cuadras, creí oir la moto del Carpo en su vieja casa.
O quizás lo pensé...

jueves, 22 de septiembre de 2011

Tren

Sentado apenas comodamente en el asiento del vagón, miró hacia el banco metálico del andén. Había esperado cada vez con más ansiedad la llamada de abordar el viaje de larga distancia.La brisa cálida lo incomodaba. Porque sabía que no podía culpar a la presión baja de esa ligera pero punzante opresión en el pecho.

Insertó una cinta en el walkman y presionó Play. Apenas pudo escuchar los rodillos moverse cuando el aparato se detuvo secamente. No era la primera vez que olvidaba comprar baterías.Con una ligera y golpeada valija Samsonite y el pasaje, bastaba.

Pensó que tanto el como Anna eran afectos a ir contra la corriente. Eso los separaba del resto. Por eso el huía hacia el Norte, cuando la gente en su hemisferio tenia por costumbre huir tan al Sur como fuese posible.

Miró hacia el asiento contrario, rogando que nadie lo ocupara. Quería estar solo, si no con su música al menos con sus pensamientos. Por más que se esforzase, les daría vueltas y rodeos tantas veces que hasta un acróbata mental como el era, acabaría mareado entre los dos puntos de la historia que podía tener en claro.

Anna enojada, con esa furia contenida tan característica suya, mirando con fastidio los caminantes del lago, y diciendole a el cuantos de ellos estaban realmente solos. Y el adorando y a la vez tolerando su mirada del mundo filosa y descarnada, a veces aún más que la suya propia.

Y luego Anna haciendo una observación casi al pasar sobre las relaciones. Personas que cambian y tienen que dejar de ser. Dos momentos, un buen tiempo entre ellos.

Nunca le importó lo de tomar la iniciativa, nunca le importó el primer paso. Su vida se trataba de reaccionar frente al estímulo. Anna sentada sola leyendo en la mesa de un bar una tarde invernal fue el primero. Anna soltando esa frase fue el último.

En las películas las salidas dramáticas tenían una locomotora soltando vapor mientras los vagones comenzaban a moverse y los pañuelos a servir de algo. La realidad solo el sonido de la sirena y una voz de empleado de ferrocarriles cansado por los altoparlantes.

No le interesaba el drama, solo la distancia. Si el tiempo lo curaba todo, los kilómetros bien podrían ser una buena anestesia. Y cuando más hubiera de ellos, mejor.

domingo, 24 de julio de 2011

Pacto

27 años. Janis Joplin, Brian Jones, Hendrix, Kurt Cobain em mi adolescencia, y ahora, más de viejo, veo irse a Amy Winehouse.

Para ser honesto creo que esperaba este desenlace. Uno en un punto casi está acostumbrado a ver hundirse alguna celebridad y luego de varias recaídas, verla resurgir por obra y gracia de las clinicas de desintoxicación y el talento de un buen manager. Pero cuando lo inevitable sucede, no deja de ser un poco shockeante.

Soy de los que creen que con el arte y el tiempo siempre viene una mística. Y con la mística, el misterio.

Quizás en casos como estos, la leyenda haga más atractiva una tragedia personal.


Y cuenta una de estas que hace más de 80 años, Robert Johnson, un granjero del Sur de USA, caminó hacia el cruce de las rutas 61 y 49 en Clarksdale, Mississippi. Allí encontró una guitarra y al momento un hombre negro, alto y corpulento apareció. Tomó la guitarra, la afinó y se la entregó el buen Robert, que luego supo decir que se trataba del mismísimo Diablo.

Por un buen par de años Johnson (que anteriormente era un decente ejecutante de armónica y un mediocre guitarrista) revolucionó el Blues con un punteo inigualable y renovador, hasta que murió envenenado luego de beber de una botella de whisky a la que un marido celoso le había vertido estricnina.

Era 1938, y sólo tenia 27 años.

Desde esa muerte, 27 años es la edad maldita para aquellos que "eligen" el "It´s better to burn out, than fade away" del que hablaba Neil Young, uno que pasó los 27 hace rato.


La muerte de un artista siempre es una tragedia, porque se trata de alguien que dió alegría y conmovió sin pedir demasiado a cambio. A lo sumo un par de dólares por un disco, o entrada a concierto, ya que el negocio se les está terminando lentamente, pobrecitas discográficas.

Pero las tragedias atraen. Como atrae la vida de ese artista, su vida interna, sus procesos y esos fantasmas que lo llevan al abismo.

Y cuando se trata de sentires y sentimientos como los que genera la música, no me molesta dejar el racionalismo a un lado y creer un poco. Los misterios modernos enriquecen la leyenda, la agrandan y hacen que el legado de ese artista sobreviva en estos tiempos en que todo se pierde tan rápido.

Es por eso que, de alguna manera, me gusta "mentirme" y creer. Aunque con esto tenga puntos en comun con esas viejas pacatas que hablaban del rock como "Esa Música Satánica".

Porqué de alguna manera, de alguna enrevesada manera, perdida entre acordes distorsionados, letras furiosas y poesía moderna, no me molesta pensar que, cada tanto surge un sonido doloroso y revolucionario que marca una época o deja una huella. Y quizás en él, un poquito apenas, Mandinga metió la cola...

domingo, 26 de junio de 2011

El Caminante de King´s Road

Siempre tendría la duda de que, si alguien le vendía algo que no era, y esto le funcionaba, ¿estaría siendo estafado?.
De todas maneras Londres engañaba bien. Al menos climatológicamente.
Mostrando su mejor cara como esas mujeres de la aristocracia venidas a menos que, al terminar la noche vuelven a sus raídas mansiones y se quitan lo poco que les queda de ese caro maquillaje heredado.
Y aún así, a pesar de su implacable suspicacia, le parecía maravillosa.
De la maraña de estaciones de subterráneo ubicó Sloane Square y descendió allí. Los omnipresentes carteles que urgían a reportar actos sospechosos hacían acto de presencia allí también. Adheridos a los azulejos verdes gastados de la vetusta estación.
El hecho de moverse agilmente por toda la ciudad saliendo de las entrañas de la tierra le resultó curioso y, por módicas 7 libras, fundamentalmente práctico.
Para muchos ese era un día especial, tanto más si todo tipo de medio de comunicación se esmeraba sobremanera en anunciarlo. Pero el ya estaba en otro plano de intereses.
Minutos antes había disfrutado de un momento de lectura con un pasquín sensacionalista en sus manos. A la sombra de las cámaras de vigilancia de Vauxhall Cross, frente al río. Dándole la espalda a ese portento de la arquitectura que era ese edificio que semejaba a una fortaleza. De la cual los hombres al servicio secreto de su Majestad salían a hacer lo que siempre se les había encomendado para el bien del Imperio...o del Capitolio mas al norte. O más al oeste, cruzando el charco.
Se preguntó cuantos nostálgicos habría ese día ahi dentro. Detrás de los vidrios verdes recordando otras épocas de gloria, cuando ese edificio era apenas un proyecto. Ahora sentados en sus escritorios, trabajando de menos en un día feriado.
Salió de la estación. Chelsea se veía agradable en plena tarde.
Siguió un par de calles hasta que la coqueta King´s Road hizo su aparición. Dobló a la izquierda y siguió por ella. Cualquier otro turista podría haberse entretenido viendo los carísimos trajes a medida y renegar por la invasiva profusión de Starbucks y Pret-a-Manger que parecían tener intenciones de apropiarse de cualquier local que mas de 70 metros cuadrados.
Buscó por todos lados y le sorprendió no hallar ningún monumento o memorial de algo. Esa ciudad tenía memoriales para todo tipo de persona o agrupación de lo que pudiera imaginarse. No le hubiera sosprendido que existiera uno para los atuneros que combatieron braviamente en el sitio de nosequé en 1860.
Eran las edades lo que realmente le causaba algo parecido a la tristeza. Ya fuera un piloto de uno de esos Spitfires que había visto volar esa tarde, aunque caido sobre Kent a los 28 años cuya foto en blanco y negro había visto en un museo el dia anterior, o esa chica de 23 cuyo nombre estaba en el memorial al atentado de Bali en 2002, y que luego motivó la frase "Osama don´t Surf", tan cara a su propio tiempo.
No le costó imaginarse a ese piloto con el pelo más largo y una remera Quicksilver tomando cerveza en un pub 70 años después . Y esa chica simplemente tenía su edad durante esos años.
La mente tenia caminos extraños. Y el solía recorrerlos con una facilidad pasmosa.

Era una ciudad en la que la realidad y la ficción se entremezclaban de la misma manera que el presente y la Historia. Siguió caminando, viendo si podía hallar esa pequeña callecita cortada.
Había leido sobre ella y sobre uno de sus vecinos. Otro de esos guerreros de una guerra ya terminada, pero no olvidada.
No importaba que fuese solo la creación de un escritor. El viejo Cornwell tenía el don de dotar a sus personajes de carácter, sentimientos, pensamientos y de transmitir sensaciones. En sumatoria, de darles algo asi como vida.
Imaginó al buen Smiley, porque de él se trataba, caminar desde Sloane hacia Bywater Street, la pequeña cortada que había estado buscando. Pensando en Karla y en la siempre abandonica Ann. La más Puta de las Señoras, y la mas Señora de las Putas, diría un español.
Caminó por la angosta calle, entre autos medianamente caros y algún que otro Porsche. Al final de la cortada una familia celebraba un cumpleaños para uno de sus hijos.
Se acercó al numero 9, que colgaba dorado de una puerta roja, con un mapa en la mano que oportunamente lo identificaba como turista.
La mochila liviana y el mapa siempre le habían motivado un trato amable por parte de los lugareños. Incluso de los famosos policías londinenses, que en su mayoría portaban subametralladoras MP-5 con diversos aditamentos para complementar la porra que la vieja cultura popular había hecho famosa.
Cosas del tiempo en que se vivía.
Miró hacia arriba, hacia una de las dos ventanas de la planta superior del 9 de Bywater. Estaba parado en las mismas baldosas en las que George Smiley admiraba a su mujer Ann, ella siempre en la momentánea compañia de su amante de turno. Engullendo su rabia y redirigiéndola taciturnamente en hacer pedazos al Centro de Moscú, durante el invierno de esa Guerra Fría que había vivido apenas para ver el final. Sin entenderlo demasiado.
Subitamente miró sobre su hombro. Y no vio a nadie que se acercase. Ni a Peter Guillam esperando en algun deportivo de los 70´. Tampoco vio un Morris Mini, simplemente porque George ya no estaba allí.
Volvió hacia King´s Road, que bullía menos que los chicos del cumpleaños al final de la calle.
Se alegró al encontrar en la esquina, un salón de té. Milagrosamente parecía no pertenecer a ninguna enorme cadena.
Pidió un Earl Grey y se sentó en una de las mesas del fondo, mientras un grupo de españoles hablaba de la Boda Real de ese día y se quejaba de la situación de su propio país.
Recordó esa pequeña promesa que se había hecho casi un lustro atrás, una tarde gélida mirando el Atlántico con una de esas viejas novelas entre sus manos. Y sonrió para si mismo.
Era agradable cumplirlas de tanto en tanto....

lunes, 25 de octubre de 2010

Madrugada de Domingo..

Recordó la extraña y agradable sensación de esa última vez en que cometió el repetido error de beber en exceso, y había terminado allí. Sentado como un monje, meditando en el balcón del viejo edificio.
La noche estaba lejos de ser primaveral, pero el frío letal de la ultima ocasión no había hecho su aparición. De todas maneras la manta y los cinco vasos de White Russian, ingeridos hacía horas, inhibían en gran parte el viento gélido que el mar traía del sur.
Dos pisos mas abajo, la noche continuaba sin El ni quienes lo acompañaban. Los demás durmiendo pesadamente puertas adentro.
Durante unos minutos la atmósfera se sintió atemporal. Podía haber sido esa misma noche o hace 10, 20 o 30 años. Solo los detalles lo regresaban a su época.
Miró hacia su izquierda y de la esquina vio salir una pareja, a paso raudo, del hotel alojamiento en la vereda opuesta. De lejos pudo distinguir la sonrisa picara y callejera del joven de campera, pantalones deportivos y corte al cero que llevaba de la mano a su probable ocasional pareja. Ella intentaba apurar el paso mirando hacia el piso, luchando en sus botas caras y su aire de doctora culpable.
A fin de cuentas...ella era tan humana como el.
Una nausea, producto del vodka barato con el que había perpetrado los tragos, se hizo sentir justo cuando la Pareja dobló la otra esquina y desapareció.
Sentía que mil agujas se le clavaban en la cabeza. Miró hacia el cielo y notó que estaba cada vez mas claro. Una gélida ráfaga del sur lo hizo arrebujarse en la manta.
De pronto la letra y melodía de una vieja canción de The Smiths comenzo a repetirse una y otra vez en su mente. La ligera y británicamente llorosa voz de Chris Martin cantando un pegadizo cover de Stop Me If You Think you Heard This One Before lo retrotraían a hace unos cuantos años en su propio pasado.
No por nada, concluyó, las mañanas de domingo son tan inspiradoras para los músicos como los sábados que las preceden.
Morrissey merecía una catarata de insultos por su vil genialidad.
De a ratos se sentía un espectador de la noche que iba desapareciendo. Miró hacia la derecha y encontró a una platinada Mujer de la Calle. Esperando parada algún ocasional cliente abajo del alero de otro edificio.
Los personajes se potenciaban con la noche. Solo dos minutos después apareció el Gordo, vestido de azul y miles de rulos en la cabeza, caminando rápido hacia la Mujer de la Calle.
Se detuvo a unos cautelosos cinco metros y entabló un interesado díalogo.
Quizás la Mujer se tuviera en alta estima y reclamara una suma exorbitante por disfrutar de sus servicios..o fuera algo así como un espectro nocturno, porque a los pocos segundos el timorato Gordo dio media vuelta y desapareció hacia la costa, irremediablemente solo.
Lo mismo sucedió con los Dos Amigos y el Taxista. Quizás hubo mas personajes, pero otra escena capturó su alcoholizada atención, alejandolo un poco de la sordidez universitaria que inundaba toda la escena.
Justo enfrente de su balcón se hallaba un monolítico bloque de departamentos que empequeñecía el setentoso edificio desde el cual observaba todo. El remise frenó justo delante de la marmórea entrada.
Bajó sola. Cruzó rápido la vereda y se detuvo en el umbral mientras hurgaba en la cartera negra, hasta que encontró el llavero.
Desde el balcón la vió. Su mente abotagada viajó por el tiempo y la distancia. Tiempos y distancias que quizá no eran tales. Que podían resumirse en una esperanza y porqué no en un "Longshot", o la palabra que mejor se adaptara en castellano a esos intentos con mucho de desesperación y contra todas las probabilidades.
No sería la primera vez en su vida que un "Longshot" alcanzara su blanco.
Se asomó al balcón y gritó un nombre de mujer, el primero que le vino. Uno lo suficientemente común y a la vez lo suficientemente raro como para captar la atención de la Chica.
Ella se volvió y lo miró unos segundos. Desde lejos el podía captar cierta curiosidad y la duda.
En esos momentos cobró consciencia de la realidad. Sentado en una silla, en ropa interior y enfundado de una manta, se convirtió en otro de los personajes que circulaban en esa noche que ya se extinguía...

sábado, 25 de septiembre de 2010

Trinchera

Los momentos de descanso eran preciados. Y su tiempo en ese sector del frente le había enseñado a aprovechar cada instante en el que su atención no se centraba en mirar y apuntar hacia el Este. A esperar, ya sea los pasos que provenían de aquellos que querían su pequeño, barroso y miserable pedazo de Occidente, o los gritos de los oficiales que ordenaban a el y a los suyos saltar hacia lo Inevitable.
Había llegado a la conclusión de que la veteranía ya le era propia. Y no se basaba en las barras que había cosido toscamente hacia unas semanas en la manga de su húmeda chaqueta del uniforme.
Basaba esa veteranía en algo parecido a un proceso de avejentamiento. A fin de cuentas, Veterano y Viejo, eran dos palabras que provenían de la misma raiz.
Con el correr de los meses, ciertas actitudes y comportamientos se habían hecho carne en el. Y en eso, consideraba, se basaba su supervivencia, o como algunos dilentantes solían llamarle, permanencia. Al menos había tenido una educación lo suficientemente esmerada como para haber llegado a darse cuenta de la raiz de esas dos palabras. Muchos de los que lo rodeaban jamás habían tenido esa suerte, y era ya poco probable que pudieran llegar a tenerla. Los estampidos y los zumbidos que afortunadamente ese día se escuchaban en la relativa lejanía, solían encargarse de eso.
Se sentó en el piso de la ancha trinchera, una chapa acanalada crujió ligeramente al sentir el peso de su espalda, desalojando un poco de tierra a los costados apuntalados por una de las miles de tablas de madera que formaban ese extraño y sinuoso camino.
Bebió un sorbo de agua de la cantimpora y se quedó observando el cielo. En ese día era límpido y soplaba una ligera brisa, que como de costumbre traía el olor acre de la cordita, desde el sur.
Aunque siempre era mejor que viniera desde allá, que tener que olerlo como tantas veces, en las cercanías.
Cambió su visión hacia la derecha. Dos de los hombres a su cargo, casi unos niños, se divertían con un par de dados. Hacía solo un par de años, podía imaginarlos, probablemente estaban haciendo lo mismo en alguna calle ruinosa de un pueblo industrial, solo cruzando el buen Canal que mantenía a su viejo Imperio casi a salvo.
¿O no eran ellos los que lo mantenian en pié, en su laberintico y mugriento reducto?.
Un insulto chistoso que vino detrás suyo tuvo el buen tino de hacerlo olvidar sus cavilaciones sociopoliticas.
No se consideraba desdichado. Había decidido estar en ese lugar voluntariamente hacia años. Aunque ahora el porqué de su decisión se había difuminado mientras las experiencias se acumulaban y todo transcurría, monótono y salpicado de instantes violentos.
Con el tiempo había aprendido a disfrutar esos pequeños momentos de tranquilidad, como el té caliente en el hornillo mientras los otros charlaban, o como esa tarde, el relativo silencio de las armas a lo lejos .
Había sido un individuo relativamente conversador, en tiempo pasado. Ahora se dedicaba a escuchar y observar, de vez en cuando a comentar algo haciendo uso de un filoso humor que se hacía mas punzante con el tiempo y la barrosa experiencia.
Sintió unos pasos rápidos que chapoteaban sobre uno de los escasos charcos que habían quedado de una tormenta pasajera. Por acto reflejo tomó su Enfield, se lanzó contra la pared opuesta del pasaje y apuntó hacia el Oeste.
Segundos después los dos chicos de los dados hicieron lo mismo.
Por unos interminables momentos pensó que había visto incursores, y el sonido de los pasos se desdibujó en su mente como si fuesen cientos de ellos.
Su rifle se quedó fijo hacia el frente, mientras sus ojos vigilaban despacio cada crater, cada continuación de sendero, cada árbol destrozado.
Los pasos que se acercaban resultaron ser de uno de los mensajeros, que recibió una catarata de insultos cuando saltó hacia la relativa seguridad de la trinchera.
Bajó el Enfield, inmaculado pese a todo y volvió a su rincón del laberint, e intentó dormir.
Horas después se recompuso al oir a un oficial reuniendo a un grupo para intentar una incursión. El acento altisonante de clase alta lo predipuso mal para la acción.
Se paró y caminó hacia el Oeste, como desentendiéndose de la falta de criterio.
Minutos después la artillería comenzó a arreciar cerca de su porción de sector y mientras la tierra temblaba y el aire rugía, pensó en el oficial y sus incursores.
El y su rifle, a esa altura del partido, estaban mejor dentro de la trinchera.

miércoles, 21 de julio de 2010

Llamada Perdida

Por décima vez en el día se fijó en los datos de la llamada. La pantalla gastada del I-phone volvía a repetir lo que su mente ya sabía de memoria. 9:44 de la mañana, y el nombre de Ella.
El horrendo ruido del tono de llamada, una fiel imitación de un teléfono de campanilla de los años 50´, había cumplido con su objetivo de disuadirlo de contestar...junto con el haber dejado tirado el aparato en la alfombra del pequeño living.
Semanas atrás, presa de un ataque de independencia, había quitado el segmento de Crazy de Aerosmith que personalizaba cada llamada de Ella y lo había reemplazado por uno de los tonos por defecto del teléfono. Una de tantas pequeñas maneras de intentar asignar cierta igualdad a la situación.
Inútiles en el fondo, pero que al menos daban la impresión de querer dejar algo atrás. O alguien.
La enorme mochila verde esperaba en el sofá como un oso dormido. No recordaba haber olvidado nada de lo esencial. Su mente luchaba por creer la falsa idea de que era solo otro de los tantos viajes que había a esos lugares olvidados de la mano de Dios.
Lo irónico era que allí todo el mundo decía creer en El. Y era una de las razones básicas de todo el problema.
Pero su atención, libre casi de toda preocupación por los preparativos, se centraba en la llamada. Y en como una persona puede estar tan presente a pesar de todo lo que se había hecho y dicho. De todas las discusiones y planteos. Ella seguía estando allí.
Era un cumulo de recuerdos y sensaciones. Y ultimamente el tendía a olvidar los momentos finales de la relación. Como si la ausencia de gritos y amenazas sobreactuadas esa noche de la ruptura fuese solo una imagen periférica de lo que representaba su pareja.
Ella era temible cuando no alzaba la voz. Los dos lo eran. Y cuando los argumentos eran tranquilos y bien comunicados, solo cabía esperar un resultado duradero.
Lo extraño fue que el sentimiento de liberación que ahora experimentaba, no lo generó esa noche en la que hicieron el amor y se despidieron, sino el pasaje que tenia arriba de la pesada mochila. Las dos cosas formaban una imagen que de alguna manera contribuía a aliviarlo.
Y por raro que pudiera parecer, la llamada también, en parte.
Ató los cordones de sus botas y recorrió la pequeña casa, cerciorándose minuciosamente de que todo estuviera en orden para una larga ausencia. De todas maneras sus hermanos se encargarían de que eso se desmoronara en semanas.
Cada cuarto tenía un recuerdo de ellos como Pareja. Y se esforzó en evitarlos de su mente mientras caminaba.
Terminó y se sentó en el respaldo del sofá, el taxi estaba por llegar, calculó.
Miró como estaba vestido y cierta pena inevitable lo recorrió. Tanto allí como en su destino se veía como un extraterrestre con esos pantalones anchos y el moderno patrón de colores de su ropa. Pero era una buena estratagema de un hombre experimentado..para apelar al sentimiento patriótico de los empleados del aeropuerto y ganar su preferencia. Años de conflicto y las colas seguían siendo interminables.
En ese frente el y los suyos habían fallado, pensó..y nuevamente no volvió a importarle nada.
Escuchó la bocina del taxi sobre la calle y con una afirmada decisión tomó la mochila para dirigirse a la puerta. Puso el pasaje en uno de los interminables bolsillos de su casaca y salió al exterior. Raro como se sentía con el uniforme en su barrio, dedicó una mirada a toda la calle. Los hijos de sus vecinos jugaban en el patio con un numero interminable de autos y muñecos. Como el había hecho alguna vez, hacia miles de años. En otro mundo.
Cerró la puerta con dos llaves mientras su mente iba y venía pero sus pensamientos tenían un solo destino.
Estaba a solo dos pasos del taxi cuando escuchó, apenas perceptible entre el motor del taxi y los gritos de los niños de al lado, ese ruido de campanilla de teléfono de los 50´. Una y otra vez, desde el interior de la casa.
La experiencia no podía evitar que uno olvidara ciertas cosas.
Durante unos instantes pensó en correr y tirar la puerta abajo si la llave osaba no funcionar. No sería la primera vez. En su interior todo era un revoltijo de recuerdos, música, sensaciones y sentimientos. Y en sobre todos ellos, omnipresente, se hallaba Ella.
Haciendo uso de una enorme fuerza de voluntad de la que incluso se asombró de tener, miró al taxista y abrió la puerta trasera del auto.
Mientras el coche se alejaba, dejó que la duda de la nueva llamada permaneciera en la mesa del living, con el teléfono sonando al lado de ese portarretrato que nunca tuvo el valor de reemplazar
A diferencia de Ella, había aprendido a convivir con el principio de incertidumbre. Las palabras por decirse podían cambiar su mundo.
Pero mas adelante, quizás.