Portaba mi primo una caja verde de pequeñas tablitas clavadas que seguramente habìa sido acreedora a un 4 como màximo en las clases de taller del Industrial, como si fuera el mas grande de los tesoros. Uno que nos permitirìa pasar algunas de las frìas tardes de las vacaciones de invierno madariaguense, encerrados con algo que consideràbamos como mìnimo, "novedoso."
El y yo habìamos agotado muchas de las ideas del usual vandalismo que todavìa los chicos de 8 a 11 o 12 años podiamos expresar en la calle en esas épocas.
Se habían doblado llantas de bicicletas y maltratado sus cuadros, roto vidrios de vecinos, y usado el barrio como campo de batalla urbano con otros chicos del lugar gastando los sobrantes de petardos de la navidad Ya solo nos quedaba repetir las tropelìas, hasta que, en algún momento, la edad y la pèrdida de la inocencia relegasen todo a un buen recuerdo.
Tenìa ese "ordenador", como extrañamente le dicen los españoles, desde hacìa un par de años. En cierta manera se lo debìa a Claudio Paul Caniggia y al gol que le habìa hecho a Brasil previo pase del Diego una tarde de 1990. Mi padre me habìa prometido que si Argentina sacaba a su "pais hermano" del Mundial de Italia, mi hermana y yo ibamos a recibir un obsequio.
No creo que le importara saber que ya habìamos descubierto la voluminosa caja de cartón negra debajo de su cama y que ni siquiera el infame cuadrúpedo de Codesal iba a impedir la entrega del mismo, dìas despues de ese domingo gris de catàstrofe mundialista.
Habíamos desalojado a mi abuela de su habitaciòn por varios dìas en un vil intento de poder armar nuestro dispositivo de divertimento invernal: de la caja negra con las palabras CZ Spectrum que habìa traido desde Gesell luego de un epico viaje en el Montemar, saquè un grueso teclado negro con unas llamativas teclas de plástico blando celeste, decorado con un no menos llamativo arcoiris en uno de sus ángulos, unidos a un enorme transformador que parecìa querer absorber toda la electricidad de la casa. Un grabador de cassette Hitachi y un viejo televisor Philco B&W, resabios de la època del "deme dos", completaban la trìada destinada a intentar quitarnos el aburrimiento de las tardes por venir en el ya demasiado tranquilo General Madariaga.
Todo eso, sin contar el cablerìo: conectando el grabador al teclado y este al televisor, y otros tantos cables a la red electrica, un pobre enchufe de dos patas sostenìa un triple fabricado hacia 40 años del cual salìa toda la madeja.
Pero nada de eso nos importaba demasiado, determinados a meternos de lleno en esa pantalla vieja, ahorràndonos el precio de las máquinas de los salones arcade que habìan empezado a brotar de todos lados como venìan haciendolo los lavaderos, videoclubes y las ya extintas canchas de paddle.
Abrì el barato candado chino que guardaba el cerrojo de la cajita verde y me encontré con un par de decenas de viejos cassettes, prestados por un amigo de mi primo, el cual ya les habìa sacado el jugo durante años. Los primeros no nos convencieron, versiones del Pac-man y Tetris, juegos a los que nunca les habìamos prestado mucha atenciòn desde nuestra mas tierna infancia, cuando por unos australes podìamos comprar la ficha para empezarlos y jamàs terminarlos, aunque ahora sin que se convirtiera en un presupuesto.
Probè con otro que parecìa ser un simil Wonderboy, a juzgar por el dibujo mal fotocopiado de la caràtula del cassette. Apretè play en el grabador y LOAD desde el teclado, y, oh sorpresa, no se dignó a correr.
La buena Spectrum ya tenìa sus años, pero el "Sinclair 1982" que surgìa en letras negras sobre fondo blanco como anuncio al encenderla no nos desmoralizaba. Querìamos descubrir sus secretos, o al menos pasar un buen rato sin tener a un vecino corriendonos después de haber roto algo en esas tardes de siestas eternas.
Uno tras otro pasaban los candidatos, sin resultado, y asi tambièn pasaba la tarde. Load, play, un par de chirridos...y el juego no se dignaba a aparecer en la triste pantalla del televisor. Empezabamos a creer que nuestra frustración de gamers de la edad de piedra tenia mucho que ver con las fotos de la querida Margaret Thatcher regalando Spectrums a dignatarios extranjeros como prueba triunfal de la tecnologia britànica para el pueblo, cuando mi primo tomò otro de los cassettes.
La caja tenìa uno de sus costados rotos y la caràtula parecía haber sido dibujada por el amigo benefactor, aburrido en su pupitre una mañana de escuela: Las palabras Enduro Racer escritas con fibrón sobre un recorte de hoja milimetrada, muy probablemente destinadas a las horas de matemàtica, y lo que parecía ser una moto con un monigote simil piloto de carreras sentado en ella.
Acto seguido conecté un joystick negro con enormes teclas amarillas, Made in Argentina alfonsinista, que habíamos comprado en previsión de los juegos, mas allá de que el proposito original de la vetusta máquina hubiera sido lo "educativo".
Mientras el sol de julio desaparecía rapidamente por la ventana del patio, empezamos con la letanìa del Play, Load, cuatro padrenuestros y 5 avemarías a ver si ese puto juego se dignaba a correr.
Fueron un par de minutos de chirridos en el grabador y gráficos extraños en la pantalla del batallado Philco hasta que nuestra perseverancia se vio coronada con los cuadrados sprites de una moto con el titulo del juego y una horrible melodìa midi, pero que para nosotros nos sonaba tal cual una sinfonìa de Roxette.
Un par de teclas y en pocos segundos estaba al mando de una moto de enduro que simulaba ser una pieza de alta ingeniería del año 1987, corriendo por una ruta de tierra que exudaba todo el realismo que un televisor blanco y negro y un procesador de 64kb podían dar en ese entonces.
Fueron momentos gloriosos. Las tardes restantes del invierno estaban salvadas: horas y horas de alienación electrónica iban a ser el fruto de otras tantas horas y horas de lucha contra esa maraña de cables y tecnología setentosa. Era la novedad, oculta para nosotros desde hacía años. Era la diversión que tantos otros tenían y ahora podíamos disfrutar. Era esa motito y tantos otros maravillosos sprites mas que habian estado por años aprisionados en esas jaulas de plástico y cinta magnética, ahora liberados por nuestra estoica búsqueda de vicio.
Pero de repente la imagen se achicó a la nada y la pantalla del Philco quedó muerta. El horror nos invadió luego de esos segundos de extasis y asombro.
Algo estaba mal, algo iba fuera del cuadro. Y ese algo era nuestra abuela, entrando a su habitación para ver que había sido de sus nietos: habia abierto la puerta y esta habia enganchado el triple, que había salido despedido y junto con el el grabador y la pesada fuenta de alimentación de la Spectrum.
Durante dos segundos reinó el silencio, y luego dos niños estupefactos se convirtieron en un par de energúmenos capaz de aprender lituano para poder insultar en otro idioma más a su propia abuela.
Esta huyò espantada, aúnque las consecuencias vendrían despues. Y eso ambos lo sabíamos. Los manuales de crianza progresistas no tenían lugar en esas bibliotecas.
Mientras tanto, mi primo y yo contemplanos los cables, el grabador debajo de la cama y la fuente desarmada...y volvimos a empezar.
La moto tenía que seguir su camino.
jueves, 27 de febrero de 2014
domingo, 12 de enero de 2014
Dibujo
Arrojó la bola de papel desganadamente al suelo de tierra, esperando se perdiese entre la maleza que crecía al costado del sendero, seguro de que la lluvia del jueves en poco tiempo harìa bastante ilegibles los finos y alargados trazos de Helen. El barro bajo sus botas parecía secarse lentamente luego de uno de los repentinos aguaceros del día.
Súbitamente sintió esa conocida incomodidad interna, al posarse los densos rayos de sol de la tarde sobre su rostro. Se quedó quieto y por un momento miró fijo hacia la luz que lo cegaba, atraído casi sádicamente por ellos.
Mantuvo la vista al cielo hasta que el ardor en sus ojos se calmó al poner su mano derecha sobre la frente y mirar hacia el piso. Las heridas sanaban de a poco: ya podía moverla sin que le molestara demasiado.
En ese momento miró a su alrededor, con súbita verguenza por su propia imagen congelada.
Dos coolies parecían discutir por dinero, o por lo que fuera que los chinos solían discutir usualmente. Otros tantos operarios subidos a una escalera cambiaban las roídas chapas de uno de los hangares, todo lo presurosamente que el sol del atardecer se los permitía.
A lo lejos un camión hizo su aparición circulando pesadamente por la custodiada entrada, con su remolque a la rastra. Uno de los P-40 del escuadrón descansaba sobre el, con ramas sobresaliendo de las punteras de las alas y las palas de la hélice dobladas como si unas manos poderosas la hubiesen martillado. Gotas de agua barrosa todavía salian de la cabina y de los escapes del motor bajando por la boca de tiburón pintada. Su piloto lo había precedido hacia dos días, con un esguince en una pierna y la nariz rota por el impacto, gracias a la buena predisposición de un campesino y sus bueyes que lo habían acercado hasta el aérodromo, comodamente sentado en una carreta que no pertenecía a ese siglo.
Se acercó despacio al hangar, con ese paso tímido y cansino que denota a la legua a un convaleciente. O al menos eso era lo que el creía que los demás pensaban de el.
Dos mecánicos pugnaban por reemplazar el motor de uno de los cansados Tomahawk. El acento del sur de Boulanger rebotó por los techos junto con el seco ruido de una llave al caer contra el cemento.
El enorme técnico de New Orleans se dió vuelta para recogerla y lo saludó tocandosé la visera de la gorra. Como siempre mascaba un cigarro apagado, que solía encender al terminar el turno.
- ¡Se enteró señor?. Volvemos al servicio público - le dijo, con una triste sonrisa.
- Ya estabamos volviendonos demasiado codiciosos, Greg. -
-Nunca está de más tener una moneda sobrante, aunque sea para gastarla en este chiquero- siguió el mecánico, mientras se volvía para seguir insultando a las fijaciones del desvencijado motor Allison.
- Señor, el suyo está alla al fondo.- le dijo el otro mecánico.
Saludó y siguió su camino adentrandose en el recinto. Varios aparatos esperaban ser parchados para volver a pelear: la escena le recordaba al valiente patetismo esos boxeadores viejos que solían seguir golpeando las bolsas en busca de otra oportunidad y que había visto en alguna ocasión en sus viajes a New York.
No obstante sabía en su interior que la realidad no era del todo así: esos vetustos Curtiss todavía podían dar algo de sí, y si todavía les quedaba algo de jugo, ese heterogéneo grupo de pilotos y mecánicos a sueldo podía exprimirselo un poco más.
El dinero de Chiang ayudaba. Y no era malo tenerlo. Pero en sus pensamientos se hallaban clavadas las líneas de Helen.
"El mundo está loco y no tienes mejor idea que hacer dinero de eso."
Hacia un par de horas que había leido su carta y no sabía como digerir esa idea. Como tampoco podía descifrar esa imagen que no parecía irse nunca, de ese inmenso buitre verde que salía desde el sol escupiendo llamas. Ese que lo había dejado hecho jirones y encerrado por semanas en un humedo hospital birmano.
Intentaba pensar en nada mientras se iba acercando al que había sido su propio aparato: El Curtiss Tomahawk se hallaba un poco alejado de los otros, como de un leproso se tratase.
Observó su cabina y cayó en la cuenta de que no recordaba casi nada de su ultimo vuelo: solo una nebulosa roja y gris entre sus instrumentos y el torpe rebote de las ruedas contra la tierra del aerodromo.
La carlinga y el parabrisas habían desaparecido, dandole al pobre P-40 un aspecto parecido al de la calvicie. Muchos paneles parecían reemplazados o recientemente pintados y sin duda le quedaban varias horas de trabajo antes de volver a escena.
Se preguntó si podría decirse lo mismo de el. Todavía intentaba acallar los ruidos del hospital y los gritos de los bombardeos. La mezcla de voces alzadas en chino e inglés le causaba un nerviosismo particular aún en ese mismo momento. Las preferencia entre los cenagosos recuerdos de su cabina y el sentimiento de desprotecciòn vividos en el nosocomio todavìa no tenìa una decisiòn final.
Se quedó parado, observando y repentinamente reparó en el caricaturesco oso panda cuyos trazos Bert Christman no habìa alcanzado a terminar de dibujar.
La imagen del fuselaje se expresaba por si misma: algo inacabado, sin final, un interrogante. El porqué de la muerte de Bert y el no haber estado allí para hacer algo.
Pensò en si mismo, en las palabras de su novia y en los 1000 dòlares que China aún no le había pagado por los ùltimos dos Abdul. Derribados dos dìas antes de que otro de ellos saliera del sol escupiendole fuego, como si de una venganza se tratase.
Mirò a su alrededor y arrumbados en un estante encontrò lo que buscaba: una lata de pintura negra y un pincel que habìa visto mejores dìas, como todo en ese pobre país.
Las piernas y detalles del panda que fumaba en pipa nunca tendrìan la prolijidad y el arte que Bert podrìa haberles terminado de dar. Algunas personas tenìan varios dones, y Bert Christman habìa tenido mas suerte como historietista que como piloto de caza.
Los trazos sobre el aluminio eran mas gruesos y desprolijos que los originales, pero con el correr de los minutos acabò no importándole. El Panda fumador ya tenia piernas: grandes, toscas, un poco mal formadas, pero ahì estaban.
Con las manos pegajosas por la pintura y la camisa khaki manchada irremediablemente, sonriò para sus adentros.
El Panda tenìa piernas, y eso era importante.
martes, 12 de marzo de 2013
Desde el Norte
A los ojos de todos los que lo rodeaban, se veía algo así
como desubicado, con su roja campera liviana arriba de la remera verde y los
pantalones de jogging. Su unica concesión a la moda veraniega eran unas
gastadas ojotas que parecían tener miles de kilómetros de arena bajo sus
limadas suelas.
Evitó una mueca de fastidio al bajar del médano. Era época
de la Invasión nuevamente. Decenas de sombrillas, carpas y demás dispositivos
para aplacar al caluroso viento norte le semejaban una abigarrada conjunción de
verrugas multicolores atacando la piel marrón de la playa.
Su vista se centró, lejana, bien al sur sobre la costa. En
su fuero interno esperaba lo inevitable casi con regocijo: el calor del
ambiente había comenzado a molestarle debajo de toda su indumentaria...
Podía o no haber gastado unos minutos en la pantalla de la
computadora observando lo que un servidor a miles de kilometros dictaba sobre
esa tarde en esa playa. Pero solo le bastaban los años para darse cuenta: la
masa gris oscuro de tormenta se acercaba implacablemente.
El caluroso viento norte dio paso repentinamente a unas
intempestivas ráfagas heladas del sur. Toda la playa comenzó a evacuarse de
manera súbita mientras las sombrillas asesinas volaban, arrancadas de la arena
mientras algunos padres de familia jóvenes pugnaban por desarmar las carpas con
la nerviosa rapidez que daba ese sentimiento parecido al miedo.
Con los años había aprendido a disfrutar del espectáculo. De
esa inexplicable y ácida sensación de soledad que le generaba ver ese desalojo.
Pronto la playa quedó desierta. Solo las huellas del éxodo
se mantenían, para ser borradas de a poco por la arena que volaba desde el
sur...
Y el ahí, vestido para la ocasión.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Lyrics..
Private Investigations:
It's a mystery to me - the game commences
For the usual fee - plus expenses
Confidential information - is a diary
This is my investigation - it's not a public inquiry
I go checking out the reports - digging up the dirt
You get to meet all sorts in this line of work
Treachery and treason - there's always an excuse for it
And when I find the reason I still can't get used to it
And what have you got at the end of the day?
What have you got to take away?
A bottle of whisky and a new set of lies
Blinds on the windows and a pain behind the eyes
Scarred for life - nocompensation
Private investigations
(Mark Knopfler)
Dire Straits
Love Over Gold
1982
It's a mystery to me - the game commences
For the usual fee - plus expenses
Confidential information - is a diary
This is my investigation - it's not a public inquiry
I go checking out the reports - digging up the dirt
You get to meet all sorts in this line of work
Treachery and treason - there's always an excuse for it
And when I find the reason I still can't get used to it
And what have you got at the end of the day?
What have you got to take away?
A bottle of whisky and a new set of lies
Blinds on the windows and a pain behind the eyes
Scarred for life - nocompensation
Private investigations
(Mark Knopfler)
Dire Straits
Love Over Gold
1982
lunes, 5 de noviembre de 2012
Final
Las campanas del reloj anunciaron las Cinco. Casi en el mismo momento en que me senté debajo de un árbol, mientras nuestro beagle iba y venía, como ignorando la correa que lo mantenía bajo mi custodia.
En ese momento vino a mi mente el recuerdo de una tarde hacía varios años ya. Si mi memoria no me engañaba, era probable que se tratase de ese mismo árbol. No tenía perro y mi vida era distinta.
Hacía mucho que no me había puesto a recapitular el Camino que me había traído a esta ciudad. Y cada vez que lo he hecho, ha sido de una manera cinematográfica, como si se tratara de un guión similar a los miles que he visto en la pantalla. Hollywood tiene muchas historias de caminos emprendidos en busca de algo, y en los que al llegar al final del metraje, el protagonista encuentra algo que no era para lo cual había iniciado la marcha.
Su sola búsqueda había hallado otro significado y por ende, otro resultado. Tanto mejor o peor que el original.
Pero era mi vida, la vida real y como era mía, plagada de ironías. Porque en el final de este cuento, luego de giros y vueltas, yo había encontrado eso que había ido a buscar.
En ese momento vino a mi mente el recuerdo de una tarde hacía varios años ya. Si mi memoria no me engañaba, era probable que se tratase de ese mismo árbol. No tenía perro y mi vida era distinta.
Hacía mucho que no me había puesto a recapitular el Camino que me había traído a esta ciudad. Y cada vez que lo he hecho, ha sido de una manera cinematográfica, como si se tratara de un guión similar a los miles que he visto en la pantalla. Hollywood tiene muchas historias de caminos emprendidos en busca de algo, y en los que al llegar al final del metraje, el protagonista encuentra algo que no era para lo cual había iniciado la marcha.
Su sola búsqueda había hallado otro significado y por ende, otro resultado. Tanto mejor o peor que el original.
Pero era mi vida, la vida real y como era mía, plagada de ironías. Porque en el final de este cuento, luego de giros y vueltas, yo había encontrado eso que había ido a buscar.
lunes, 4 de junio de 2012
Lectora
Como tantas otras veces, su amigo parecía perdido en una interminable
lucha con su computadora portatil, lo que en ocasiones hacían esas
reuniones fuera del trabajo una continuación forzada del mismo.
El también la habría notado, porque compartían cierta capacidad de percepción, de no haber mediado las vicisitudes de la tecnología. Y para su eterno enojo, ella solía decirle que era su parte mas femenina.
Había comenzado a observarla luego de que la notara mover sus brazos en el aire, sus ademanes algo exagerados mientras hablaba por el teléfono celular le recordaron a una mala actriz de telenovelas.
Deslizó elegantemente un dedo por la pantalla y cortó la comunicación. Una pequeña taza de espresso le servía de compañía al gastado volumen que parecía leer con suma atencion antes de recibir la llamada.
En los minutos anteriores a que ese teléfono sonara con la vieja versión de The Passenger de Siouxsie and The Banshees, ella se habia entretenido mirando los gestos de la joven que, ligeramente encorvada, paseaba sus ojos por las líneas de texto amarillentas. En poco tiempo pasaba de la seriedad al desagrado, a veces sus cejas se elevaban con asombro o una pequeña mueca de gracia se dibujaba en sus labios.
En un momento sus ojos se detuvieron y instantaneamente cerró el libro. Se reclinó sobre la silla de metal y se quedó mirando el cuidado cesped de la plaza contigua detrás de los ventanales del bar. El sol comenzaba a caer cada vez mas rápido y la joven había captado su atención al punto de no prestar atención a los insultos en dos idiomas que el joven que tenía enfrente dirigía a su máquina, mientras por un motivo u otro la cerveza que ambos bebían perdía su efervescencia.
Minutos después, una pareja de la misma edad entró rapidamente al bar y se sentaron frente a la joven que leía, saludandola afectuosamente. Sorbiendo lo poco que le quedaba de la pinta de Stella Artois, notó que sus modos cambiaban y su sonrisa y gestos se tornaban calidamente protocolares. Antes sinceros y ligeramente deshinibidos, se volvían calmados y socialmente convencionales.
Su amigo cerró la computadora con un dejo de hastío y le dijo que mejor volvía a la oficina a intentar algún tipo de back up. Ella pagó lo de los dos, se levantó y se acercó a la puerta de vidrio mirando a la joven con un sentimiento parecido a la pena.
En un momento la chica reparó en la mujer que la observaba y sus miradas se cruzaron por unos segundos, como creyendo reconocerse de alguna manera.
Cuando salió al atardecer, el la esperaba, computadora en mano.
- Siempre me pregunté cuanto dejamos atrás cuando nos subimos a la historia de otros. Eso es lo bueno de ser un cerdo egoísta...- le dijo.
Ella sonrió. Con los años, el solía tener razón.
El también la habría notado, porque compartían cierta capacidad de percepción, de no haber mediado las vicisitudes de la tecnología. Y para su eterno enojo, ella solía decirle que era su parte mas femenina.
Había comenzado a observarla luego de que la notara mover sus brazos en el aire, sus ademanes algo exagerados mientras hablaba por el teléfono celular le recordaron a una mala actriz de telenovelas.
Deslizó elegantemente un dedo por la pantalla y cortó la comunicación. Una pequeña taza de espresso le servía de compañía al gastado volumen que parecía leer con suma atencion antes de recibir la llamada.
En los minutos anteriores a que ese teléfono sonara con la vieja versión de The Passenger de Siouxsie and The Banshees, ella se habia entretenido mirando los gestos de la joven que, ligeramente encorvada, paseaba sus ojos por las líneas de texto amarillentas. En poco tiempo pasaba de la seriedad al desagrado, a veces sus cejas se elevaban con asombro o una pequeña mueca de gracia se dibujaba en sus labios.
En un momento sus ojos se detuvieron y instantaneamente cerró el libro. Se reclinó sobre la silla de metal y se quedó mirando el cuidado cesped de la plaza contigua detrás de los ventanales del bar. El sol comenzaba a caer cada vez mas rápido y la joven había captado su atención al punto de no prestar atención a los insultos en dos idiomas que el joven que tenía enfrente dirigía a su máquina, mientras por un motivo u otro la cerveza que ambos bebían perdía su efervescencia.
Minutos después, una pareja de la misma edad entró rapidamente al bar y se sentaron frente a la joven que leía, saludandola afectuosamente. Sorbiendo lo poco que le quedaba de la pinta de Stella Artois, notó que sus modos cambiaban y su sonrisa y gestos se tornaban calidamente protocolares. Antes sinceros y ligeramente deshinibidos, se volvían calmados y socialmente convencionales.
Su amigo cerró la computadora con un dejo de hastío y le dijo que mejor volvía a la oficina a intentar algún tipo de back up. Ella pagó lo de los dos, se levantó y se acercó a la puerta de vidrio mirando a la joven con un sentimiento parecido a la pena.
En un momento la chica reparó en la mujer que la observaba y sus miradas se cruzaron por unos segundos, como creyendo reconocerse de alguna manera.
Cuando salió al atardecer, el la esperaba, computadora en mano.
- Siempre me pregunté cuanto dejamos atrás cuando nos subimos a la historia de otros. Eso es lo bueno de ser un cerdo egoísta...- le dijo.
Ella sonrió. Con los años, el solía tener razón.
miércoles, 22 de febrero de 2012
La dama del Millenium Bridge
Liam miró la pantalla de su celular por décima vez en solo unos minutos. La agujas del reloj virtual marcaban que solo faltaban 7 minutos para el encuentro.
Se había entretenido mirando los nombres escritos en el bronce engrisecido del monumento. Recordó la historia de su madre sobre un pariente suyo, muerto durante el Blitz y cuyo nombre se hallaba escrito en el. Otro de los "Heroes de caras sucias", según rezaba la placa.
Pero no podía recordar su nombre.
Comenzó a caminar hacia el puente, mirando lo más disimuladamente que podía hacia cada lado mientras intentaba no pensar en el pequeño pendrive negro que tenía en uno de los bolsillos internos de su saco negro.
Se centró en alcanzar el extremo de la mole de acero que cruzaba el Thames y fue en ese momento que se dió cuenta que no habia prestado atención al cuarto piso de uno de los edificios a la izquierda de la calle de daba acceso al puente.
Mejor así, pensó. Había momentos en los que algunas naves debían ser quemadas. Con seguridad Ella estaría allí, sola en la oficina siempre un rato más con el enorme monitor frente a sus cansados ojos, aunque la economía se cayera a pedazos. Como tantas cosas, sus ambiciones se asemejaban, pero al final corrían por caminos paralelos.
Supo que estaba derrotado cuando vió a los dos policías en el extremo de Bankside, que iban y venían hablandole a sus intercomunicadores. Se volvió y encontró a otros dos oficiales flanqueando a un enorme pelirrojo de impermeable gris que subían al puente caminando lentamente.
Siguió moviéndose, casi flotando, pues el futurista puente era capaz de generarle esa sensación, hasta casi sobre el centro mismo del Thames.
Se había entretenido mirando los nombres escritos en el bronce engrisecido del monumento. Recordó la historia de su madre sobre un pariente suyo, muerto durante el Blitz y cuyo nombre se hallaba escrito en el. Otro de los "Heroes de caras sucias", según rezaba la placa.
Pero no podía recordar su nombre.
Comenzó a caminar hacia el puente, mirando lo más disimuladamente que podía hacia cada lado mientras intentaba no pensar en el pequeño pendrive negro que tenía en uno de los bolsillos internos de su saco negro.
Se centró en alcanzar el extremo de la mole de acero que cruzaba el Thames y fue en ese momento que se dió cuenta que no habia prestado atención al cuarto piso de uno de los edificios a la izquierda de la calle de daba acceso al puente.
Mejor así, pensó. Había momentos en los que algunas naves debían ser quemadas. Con seguridad Ella estaría allí, sola en la oficina siempre un rato más con el enorme monitor frente a sus cansados ojos, aunque la economía se cayera a pedazos. Como tantas cosas, sus ambiciones se asemejaban, pero al final corrían por caminos paralelos.
Supo que estaba derrotado cuando vió a los dos policías en el extremo de Bankside, que iban y venían hablandole a sus intercomunicadores. Se volvió y encontró a otros dos oficiales flanqueando a un enorme pelirrojo de impermeable gris que subían al puente caminando lentamente.
Siguió moviéndose, casi flotando, pues el futurista puente era capaz de generarle esa sensación, hasta casi sobre el centro mismo del Thames.
Allí la vió: el aire tranquilo de quien disfrutaba su lugar en el mundo, los ojos marrones detrás de los antejos de sol y el pelo castaño agitándose por la brisa fresca que apenas marcaba su delgada figura, entallada en un vestido floreado.
Se detuvo a unos metros de ella. Apoyándose en la baranda observó en sus manos una de las miles de guías sobre la ciudad que se daban gratuitamente en los hoteles y un folleto de la Tate Gallery. La misma galería que parecía hallarse a miles de kilómetros de distancia, aún a pesar de estar a la vista, al otro lado del río.
Se quedó viendola hasta que sus ojos hicieron contacto. Apenas ella lo miró, el la saludó asintiendo con la cabeza y haciendo un rápido y calculado ademán hacia los papeles en sus delicadas manos.
Había visitado la Galería y el Globe Theatre, lo cual le había demandado casi todo el día, le dijo, dando inicio a una casual charla mientras abajo una barcaza con carteles graciosos cruzaba el Thames
Durante un pequeño instante los uniformados de Scotland Yard en los extremos del puente parecieron no existir y ellos fueron lo que parecían ser: un cansado oficinista que huía de la City en busca de un pub y una turista que recorría Londres con aire solitario, perdida en sus propios pensamientos.
La mujer puso los folletos en su cartera, sacó un paquete de cigarrillos de una marca que el no pudo reconocer y siguió buscando en ella algo que no podía encontrar. Le pidió fuego con una amplia sonrisa y Liam se llevó la mano al bolsillo del saco. No fumaba pero siempre tenía consigo el viejo Zippo que había ganado en una apuesta.
Sus dedos rozaron ese pendrive cargado miles y miles de datos de información que escapaba a su entendimiento, y se devolvió a la realidad.
La mujer puso los folletos en su cartera, sacó un paquete de cigarrillos de una marca que el no pudo reconocer y siguió buscando en ella algo que no podía encontrar. Le pidió fuego con una amplia sonrisa y Liam se llevó la mano al bolsillo del saco. No fumaba pero siempre tenía consigo el viejo Zippo que había ganado en una apuesta.
Sus dedos rozaron ese pendrive cargado miles y miles de datos de información que escapaba a su entendimiento, y se devolvió a la realidad.
Una brisa fría apareció repentinamente y la mujer se acomodó la pashmina blanca que rodeaba su cuello. Sin pensarlo demasiado, el se quitó la gabardina azul oscuro y sin pedir permiso la dejó caer sobre sus delgados hombros. Ella no tuvo tiempo de negarse, solo se limitó a decir "Gracias", casi sin acento, en ese inglés perfecto que algunos extranjeros todavía hablaban y ellos parecían haber perdido.
Liam miró a su derecha, hacia la cúpula de St. Paul´s y le dijo que era un lugar magnífico para conocer. Por unos segundos se recordó junto con Ella almorzando sandwiches en los escalones de la catedral.
Sin mediar más palabras dio dos pasos hacia el centro del puente, se despidió y caminó hacia Bankside.
La brisa sin la gabardina se hizo molesta. Los dos bobbies del lado de la Tate estaban ahora mas cerca, pero aún así evitó mirarlos directamente.
Durante unos segundos casi alzó las manos como un criminal que acepta su derrota. "Ok muchachos, lo intenté pero al final ustedes ganaron" con una sonrisa sarcástica. "Ahora pueden enviarme al infierno, pero mi adelanto ya me lo gasté"..
Sin embargo permaneció callado mientras el atisbo de una idea aparecía en su mente y se hacía mas y más tangible conforme sus zapatos pisaban el acero hacia el fin del puente, esa hoja de acero sobre el Thames que esa tarde le semejaba a la planchada de una corbeta. Y el, el condenado.
Los dos policías pasaron al lado suyo, parecieron no notarlo; así Liam llegó a Bankside y caminó hacia la entrada de la Galería.
Recordó lo que transportaba y se llevó la mano al bolsillo del saco: solo encontró al Zippo.
Y en ese momento sintió al peso del mundo desapareciendo de su espalda.
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